A: mi parientica Roxana, una mujer que irradia arte.
Son inolvidables las tardes, lo recuerdo, cuando disfrutaba las puestas del sol en el puerto donde nací. Cierro los ojos y me transporto a los años de mi infancia y adolescencia vividos en aquel lugar, surgiendo en mi memoria la remembranza de un viejo almendro, cuya grata imagen influenció mucho en mi vida. Un almendro inclinado que se encontraba en la playa, a la salida del pueblo.
No olvido la brisa que acariciaba mi piel y la refrescaba del intenso calor canicular que a plomo caía sobre la arena. El olor a mar y el viento que lo arrastraba, me hizo comprender el sentido cabal de las palabras del poeta: “Huele a marisma la boca y sabe a sal la palabra” Y con este sabor recuerdo hoy que regreso a mi tierra, los sucesos de una leyenda o de una historia verdadera; no sé aun la realidad, que viví hace mucho tiempo.
Cada año en vacaciones, regresábamos mi madre y yo a visitar a la familia. La casona que me vio nacer, sigue en pie. Yo la veía enorme, amplia, con olor antiguo, con muchos cuartos llenos de hamacas y el hermoso patio de baldosas rojas. Recuerdo que me encantaba un grandísimo espejo de marco dorado que casi tocaba el cielo raso del techo, así como las antiguas mecedoras de mimbre que no utilizaba para descanso; sino como juego. Paladeo y se me hace agua la boca, con el sabor del espumoso chocolate que mi tía, la hermana de mi madre, nos batía con el molinillo de madera y degustábamos todas las noches acompañándolo con deliciosas galletas con figuras de animalitos, que en el horno panadero de la cocina, nos preparaba.
Al llegar y tomar posesión de la recamara de siempre, después de saludar a toda la familia, en vez de jugar en el parque cercano con mis primas y amiguitas de la misma edad; mi placer consistía en salir a caminar por las callecitas del puerto, con sus casas blancas perfectamente alineadas, sus rejas de hierro forjado protegiendo a las ventanas que, siempre abiertas permitían a las cortinillas de vistosas telas floreadas, flotar al ritmo marcado por la brisa y por las notas armónicas de un piano que ejecutaban manos educadas, la música de nuestro folklore. Los grandes portones de madera tallada, también entreabiertos, dejaban escapar el trinar de un centenar de canarios prisioneros en las jaulas colgadas de los pórticos del patio, que las amas de casa acostumbraban mantener, para alegrar el ámbito interior de las casonas.
En el pequeño puerto todo era paz y tranquilidad. Sentía que el tiempo se había detenido y que sólo me esperaba para qué con mis pasos, risas y canciones que tarareaba, se pusiera en marcha. Caminaba y caminaba por el viejo malecón. Compraba un helado de guanábana con el nevero de siempre, al que nunca veía envejecer, en el mismo lugar, al final del rompeolas. Continuaba mi paseo por la playa hasta que se terminaban las casas; unos pasos más me hacían llegar a mi rincón predilecto, a un sitio maravilloso que hice mío desde el primer momento que lo hollé: Un pequeño reducto de palmeras sobre la blanca arena que en forma extraña rodeaban a un viejo almendro, de cuyo tronco nacía un brazo muy inclinado totalmente cubierto de flores cuyos pétalos rosáceos, al caer se acumulaban —como si lo acariciasen— a un determinado sitio sobre la arena.
Cuando me situaba junto al almendro, el olor a marisma cambiaba, perfumando el aire a manera de saludo, con el más exquisito aroma de sus flores. Bajo su sombra, sentada en una roca de coral petrificado, me disponía a contemplar las maravillosas puestas del sol.
En mi inocente vanidad creía que el sol pintaba para mí, de dulces colores las nubes y el cielo; en un encaje plateado que se reflejaba en la quieta superficie del mar y conforme pasaban los minutos, las tonalidades variaban del lila al azul; del amarillo al naranja y luego al rojo encendido, como si una mano invisible con un pincel mágico se deleitara en matizar los colores mas bellos; por mí, jamás vueltos a ver. Hipnotizada, quietecita, permanecía extasiada ante aquel milagro de la naturaleza que se repetía, tarde a tarde.
El parloteo de las aves que regresaban a descansar en el follaje del parasol abierto de las palmeras, me despertaba de mi ensoñación y señalaba la hora de regresar a la vieja casona familiar, donde me esperaba la merienda con el espumoso chocolate y el cariño de mi madre y de mi adorada tía.
Una de esas tardes, la última de aquel período de vacaciones, caminando como siempre por el muelle y saboreando mi helado, observaba con curiosidad juvenil los cayucos de los pescadores que se balanceaban sobre el mar; escuchando los golpes de agua contra sus añosas maderas, me parecía que con esos golpes las lanchas coqueteando con el mar, se besaban, y la espuma que brincaba hasta mis pies era la manifestación de su amor. El rumor del océano suponía yo que era el diálogo que las gaviotas, agarradas de la borda de las embarcaciones meciéndose a su mismo ritmo, sostenían con él; platicándose en secreto los sucesos del día.
Evitando pisar las redes extendidas sobre el muelle y rodeando a los cayucos desvencijados que los marineros trataban de curar sus heridas, reparándolos y aprestándolos para la faena del día siguiente, llegué a mi rincón, al sitio que llamaba: “mi paraíso”, al perfumado almendro… y me detuve:
La roca petrificada que usaba como banco estaba ocupada por un pescador, un anciano de barbas blancas que fumaba una pipa de carrizo tan vieja como él. Sentí que mi lugar estaba siendo profanado, invadido por un extraño; pero su desdentada sonrisa y cuando su cascada voz me dijo: --- ¡Hola! -levantándose y cediéndome el rocoso asiento, me inspiró con confianza. Me senté y el viejo marino se recargó en el almendro, con una mano palmoteó el brazo inclinado y con la otra tomó su cachimba, dándole una larga chupada antes de que pudiera contemplar el atardecer, me preguntó:
---Te gusta mucho este lugar, verdad? -Yo, en silencio asentí tratando de decirle con mis ojos que este sitio era mío. Que al almendro lo había adoptado y cada año, como si fuera un ritual, lo visitaba todas las tardes. Que un extraño influjo me atraía como un imán para estar a su lado. Mi alma, en paz, sin miedos, se hermana con el mar, con el cielo, y me lo manifestaban con los increíbles crepúsculos vespertinos, que sólo eran para mí…
El anciano me miraba con atención, quizá adivinando mis pensamientos, pues sonriendo y entre fumada y fumada, me dijo:
---Sí, lo sé, te he visto muchas veces… por lo mismo, hoy te esperaba para confiarte un secreto… ¿Sabes preciosa, que este almendro tiene su historia?
--- ¡No! -le dije sorprendida- pero por favor, cuéntemela. -Se sentó en la arena recargado sobre el tronco del almendro; rellenó su pipa de tabaco, chupándole muy seguido, en pausas rápidas, luego exhalando una gran bocanada de humo, tomó una vara y señalando hacia la inmensidad del mar, empezó:
---Hace muchos años; pero muchos años, y esto lo sé por boca de mi abuelo, y él por boca del suyo, y el suyo del suyo; quizá en el año 1536, en tiempos de la conquista, llegó a estas costas un barco español que partió de la isla de Santo Domingo comandado por el Capitán Lorenzo de Godoy, con la orden del Adelantado Don Francisco de Montejo, de combatir y apaciguar a los Xiues -Mayas rebeldes- que aún no se sometían al yugo español.
---En esa nave venía a bordo un joven soldado de nombre Fernando de Ávila, de escasos diecinueve años, oriundo del puerto de Palos, de donde había salido con la ilusión de hacer fortuna en las nuevas tierras allende el mar; y regresar con el suficiente capital para desposar a la mas hermosa doncella de su pueblo, de la cual estaba prendado desde su niñez.
---Al partir, su madre llena de lágrimas, le obsequió un rosario de perlas con una cruz de plata, con la recomendación que procurara llevarlo junto a su pecho para protegerlo de todo peligro. Una vez que recibió todas sus bendiciones, salió para reunirse con su amada. La doncella muy enamorada y triste por la partida del joven español, pensando en la incertidumbre de su regreso, entre sollozos, suspiros y besos, le entregó una carta de amor pidiéndole la leyera todos los atardeceres, estuviera donde estuviera. Le dio también una cajita de marfil en cuya tapa, por el interior, mostraba una pintura de su rostro, en miniatura, dibujada por un pintor italiano; y lo más importante, en el cofrecito guardaba unas semillas de almendro, del mismo almendro sembrado en el huerto de su casa, bajo cuya sombra cobijaban sus entrevistas vespertinas, en las cuales reiteraban sus palabras de cariño y sus ansias de pasión.
---Le hizo prometer que al pisar tierra firme de la llamada Nueva España, sembrara las semillas como una forma de agradecer a Dios por la exitosa travesía y para que cuando el almendro creciera, cubriera con su sombra a nuevas parejas de enamorados.
---Fernando lo prometió, guardó los obsequios junto al presente que entregó su madre, en una bolsita de cuero que colgó de su cuello. Después de mil adioses, mil besos y mil lágrimas, embarcó alistándose como soldado, en un galeón rumbo a las islas caribeñas. En Santo Domingo se incorporó, formando parte del contingente de ciento cincuenta soldados, a la tropa del Capitán de Godoy.
---Al desembarcar fueron atacados ferozmente por los Xiues. La contienda tomó tintes terribles. Fernando que había luchado valientemente, fue herido en un muslo por una flecha; cayó al agua y perdió el conocimiento. Por el fragor de la lucha, lo dieron por muerto. La marea lo alejó de la bahía, hasta que el mismo oleaje lo arrojó a la costa; herido. Desangrándose, logró arrastrarse hasta unas palmeras donde quedó desfallecido. Nunca supo cuanto tiempo transcurrió. La pierna, al recobrar el conocimiento ya no la sentía, por la infección de que había sido objeto, se encontraba hinchada y supurando constantemente. Prolongó su vida alimentándose de las pulpas de los cocos que allí abundaban; pero sabía que iba a morir, porque su pierna gangrenada, empeoraba cada día más. Todas las tardes cuando se encontraba conciente, leía la carta de la amada, contemplando los mágicos ocasos en esta playa virginal aún no hollada por el pie del conquistador. Imposibilitado de caminar, cavó con sus manos un agujero donde colocó las semillas del almendro que guardara con tanto celo en la cajita de marfil; siendo su sangre y sus lágrimas las que regaron las semillas enterradas. En sus momentos de agonía, encomendó su alma rezando con el rosario de perlas y con el pensamiento muy lejos de la playa donde yacía. Cuando vio brotar la primera ramita del almendro, protegiendo con su cuerpo la bolsita de cuero con las pertenencias y clamando por su amada, exhaló su último suspiro.
---La historia nos cuenta que un anciano maya, ya bautizado, nativo de Sihachac, pueblo muy cercano a las playas de Potomcham, -lugar donde se efectuó la batalla- hoy conocido como el puerto de Champotón, acostumbraba recoger conchas por las playas de esos rumbos; encontró y enterró los despojos del joven soldado junto al incipiente almendro que él había sembrado. Y este almendro que ves hoy y has adoptado como tuyo, es el mismo de la historia.
Fascinada con el relato, no me di cuenta que empezaba a obscurecer. Me despedí del viejo marino y pronta a emprender una carrera, me detuvo el adiós que con una carismática sonrisa, me murmuro el pescador:
--- ¡Hasta siempre… Roxana! -Sin comprender en ese momento como supo mí nombre, si no se lo había mencionado durante toda la charla, seguí mi carrera meditando sobre la historia escuchada. Todavía impresionada, llegué a la casona. Mi madre me esperaba para preparar nuestras maletas ya que al día siguiente retornábamos a la gran ciudad. No le comenté nada, esa narración era mi secreto, era la culminación de mi vivencia en mi paraíso, era sólo mío.
Desde entonces pasaron muchos sucesos en mi vida, tantos que me parece un sueño. Un largo sueño que me alejó muchos años del puerto, de la casona, de mi paraíso, de mi almendro.
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La alegría que irradié cuando percibí en mi rostro la fresca brisa con el inconfundible olor salobre, fue notada por mi madre. Regresábamos tras mucho tiempo de ausencia.
No perdí tiempo, lo mismo que muchos ayeres, salí rumbo a mi paraíso. En cada paso que daba, un recuerdo llegaba a mi mente. Compré la nieve en el mismo lugar pero con otro nevero, posiblemente el hijo del antiguo vendedor. Caminé por donde siempre lo había hecho, el malecón, los pescadores, sus lanchas y sus redes y sobre todo el gran océano con el rumor de sus olas Al llegar frente al terreno donde estaba mi lugar predilecto recibí una sorpresa: Estaba construida una elegante residencia muy extraña, totalmente diferente al tipo de casas del pueblo. La calle continuaba, se habían erigido muchas casas, el pueblo creció en esta dirección también, pero esta casa no se parecía a ninguna de las existentes. De pie frente al acceso, no me atreví a tocar la puerta para que me recibieran y pudiera comprobar si aún existía mi almendro. Un instante después, sin que llamara, abrió la puerta un alto y apuesto señor de pelo cano, quien con una amplia sonrisa y marcado acento español al hablar, enseguida de preguntarme que deseaba, me franqueó el acceso e invitó a pasar.
Caminando por el jardín frontal de la casa, le platiqué de cómo pasaba mis vacaciones infantiles y de la visita que siempre le hacía del almendro que consideraba mi propiedad y de la ausencia por muchos años que tenía de no presentarme en mi paraíso. Sin dejar de sonreír, me escuchaba. Entró a la casa y de lo que imaginé era la cocina, salió con una jarra llena con refrescante agua de marañón. Me convidó un vaso del cual tomé un sorbo grande pues por lo misterioso que parecía la situación en que me encontraba, la boca la tenía seca y con mucha sed. Con una leve inclinación y extendiendo su brazo me invitó a pasar hacia la parte posterior de la casa. Allí estaba mi viejo almendro; el brazo más inclinado que antaño, era sostenido por una horqueta que algún jardinero colocó para que se apoyara e impidiera su caída. Adherida a su tronco, una bien cuidada hiedra de flores azules en forma de campanitas. Igual que en tiempos pasados, como acostumbrado saludo y como si me reconociera y manifestara su alegría por volver a reunirnos, el ambiente volvió a saturarse de su perfume.
El asiento de coral ya no estaba. El señor trajo dos sillas y nos sentamos a la sombra del frondoso árbol. Mientras esperaba el crepúsculo vespertino le pregunté si conocía la historia de mi almendro; a su negativa y luego a su ruego, le narré la gesta de la pareja de enamorados. Cuando terminé, los últimos tonos violáceos y de azul turquí, se retrataban en el cielo; empezaba a anochecer. Me levanté para despedirme y el señor con mucha gentileza me tomó del brazo… Hasta ese momento reparé en su vestimenta: la camisa de seda llevaba una pechera de olanes, un pantalón entallado a rayas y calzando unas zapatillas luciendo enorme hebilla; parecía un perfecto caballero español vestido a la usanza del tiempo de la colonia.
Amablemente me señaló la sala, invitándome a penetrar. Inexplicablemente al entrar, se hizo un extraño silencio; el mar no se escuchó, ni mis pasos, ni el roce de la ropa, sólo su voz ceceante. Me asusté, pero calmándome, se dirigió a una fina vitrina llena de infinidad de objetos y recuerdos de sus viajes al extranjero -según me contó. Sacó de ella un envoltorio de cuero muy percudido. De su interior extrajo varias cosas y me las enseñó: Un bello rosario de perlas auténticas con una cruz de filigrana de plata, un cofrecito de marfil, al cual le levantó la tapa y todavía se notaban algunos rasgos del retrato de una joven de largo cabello castaño, como el mío, pintada en la tapa, y una carta amarillenta por su antigüedad escrita a mano con letra muy menudita con caracteres en español muy arcaico.
¡Me quedé de una pieza! Asombrada revisaba los objetos… Esto corroboraba la historia, ¡Fue verídica la narración del viejo marinero!
---¿Có… cómo los obtuvo? -le preguntó tartamudeando, ansiosa…
---Cuando compré este terreno, estaba cubierta de arbustos y maleza; mandé podar y desyerbar para arreglar a mi manera el lugar. El jardinero encargado del trabajo, removió la arena y la tierra para abonarla; al excavar encontró junto al almendro, restos de huesos humanos que se hicieron polvo al contacto del aire y de la pala que los descubrió. Entre la osamenta, estaba el envoltorio de cuero. Muy intrigado guardé celosamente estas reliquias haciéndome muchas conjeturas sobre su origen, origen que ahora con su narración, todo queda aclarado.
--- ¡Increíble que esto sea verdad! –Metiéndolos nuevamente en la bolsita de cuero los objetos tan preciados, se la regresé; pero él tomando mis manos y cerrándolas para que no la soltara, me dijo:
--- ¡Quédate con ellas! No podrían estar en mejores manos. Espero que le encuentres el significado, si es así, sabrás muy bien lo que tienes que hacer con ellas.
---Pero, comprenda… -No me permitió hablar, me hizo la seña de callarme y suavemente me tocó la espalda para encaminarme hacia fuera de la sala. En cuanto traspuse el umbral, el silencio cesó, se volvieron a escuchar todos los sonidos exteriores. Me acompañó a la puerta de salida, en ese lugar le agradecí sus atenciones y el obsequio; pero cuando me despedí prometiéndole volver a visitarlo, me interrumpió:
---No, linda… Es posible que no nos veamos otra vez, eso estará en tus manos, dependerá sólo de ti. Voy a partir con destino a Europa por mucho tiempo y no sé cuando regrese.
---Bueno, entonces, hasta luego Don… -esperé me dijera su nombre…
---Fernando… Fernando, a tus pies… -inclinándose en una media reverencia, alargando su mano para tomar la mía y besarla suavemente, sólo rozando sus labios con mi piel. Levanté la vista y me asombré al ver su rostro fijamente cerca de mí: ¡Era muy joven!
Corriendo llegué a la casona, me encerré en mi recamara y comencé a leer la carta recibida. Estaba escrita en un español muy antiguo; pero descifrando algunas frases, la misiva destilaba un amor acendrado y deseos del pronto regreso del amado. El final estaba muy claro, descrito y firmado así:
“Con todo el amor que puedo ser capaz de entregarte: Roxana”
No regresé las siguientes tardes. No pretendía volver a entrar a la extraña residencia. Para mí el lugar ya no me pertenecía, era del caballero español.
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Pasó el tiempo. Me casé en la gran ciudad. Tuve dos hijos, una mujercita y un varón. Cuando la niña llegó a la adolescencia, les platiqué a mi esposo y a ella, la historia. Deseaba llevar a mi hija para que conociera mi paraíso, para que cuando yo faltara, quizá heredara como tradición, el ritual de visitar a mi almendro; pero no me creyeron… me tildaron de loca. Oculté mis reliquias, no se las enseñé, no tenía caso que las vieran si no le daban la credibilidad a los momentos por mí, en aquél tiempo, vividos.
Tiempo después, mi madre que a la sazón radicaba en el puerto, me comunicó que mi tía había fallecido. Me trasladé de inmediato para acompañarla y estar junto a ella en su sepelio. Con toda la familia participé en los rosarios y a las misas en su memoria. El último día de mi estancia, no resistí la tentación. Por la tarde me dirigí a mi paraíso. No me detuve en el malecón, ni con el nevero ni observé el mar. Directamente llegué frente al sitio de siempre y no reconocí el lugar: No había residencia alguna…
No sabía que había pasado, no coordinaba mis ideas… Pensé que la extraña casa hubiera sido demolida y entonces le pregunté a los vecinos de las casas adjuntas sobre esa construcción, y se rieron de mí. Nunca existió casa ni mucho menos una residencia en ese lugar. El palmeral siempre ha estado igual, quizá con mayor vegetación y sin cuidados.
No comprendía lo sucedido. Entonces, la residencia, el caballero español, mi plática con él, ¿Fue una fantasía, o quizá una ilusión? ¿Fue imaginación mía o una ficción? Lo desconocía. Metí la mano en mi bolso y ¡Sí! tenía la prueba de que todo había sido fue verídico: Las reliquias las tenía en mí poder.
Tomé el rosario, rezando, con temor me acerqué a las palmeras; pisé la hiedra que sin cuidados se había desparramado por el terreno. Llegué a mi sitio soñado y estando frente al almendro, lo toqué, volviéndolo a sentir mío, lo mismo que mi paraíso.
Caí de rodillas, saqué la carta y traté de leerla en voz alta; pero mis lágrimas me impedían hacerlo. Lentamente, a pausas, terminé la lectura humedeciendo el papel y la arena donde goteaba mi llanto. El almendro se cimbró, no sé, lo imaginé, si por mis sollozos o quizá por el viento.
Al momento, sentí una rara sensación, como una vibración que erizó mis vellos; pero sin experimentar temor alguno, vi una forma humana, borrosa, translúcida, que abrazó mi cuerpo, y al oído, como un susurro pronunció mi nombre y algunas palabras que resonaron en mi mente: ---“Roxana, amor mío, aquí te he esperado siempre”. – La forma espiritual se separó de mí y rodeó al almendro, se elevó a lo alto del mismo y la brisa lo desvaneció transportándole mar adentro. Una ligera ráfaga de aire levantó los pétalos caídos de las flores del almendro en el sitio donde formaban un cúmulo, tomé algunos y los besé; acaricié el brazo inclinado y bajo sus ramas observó el atardecer majestuoso que me entregaba mi paraíso, volviendo la vista hacia el lugar donde se había alejado la sombra de Fernando.
Escarbé un agujero junto al tronco de mi árbol, tan hondo como mis brazos lo permitieron. Introduje las reliquias en la bolsita de cuero y las enterré. Enjugando mis lágrimas, me despedí para siempre de los obsequios y de mi almendro. Quizá en el futuro naciera otra Roxana que comprendiera la historia y se reuniera con su amado Fernando. Otra Roxana que encontrara el paraíso, otro viejo pescador que le contara la leyenda y otro caballero español que le entregara las reliquias. Yo, no supe concebir el mensaje y mi vida ya estaba formada. Yo, no fui o no quise ser o no comprendí que tal vez, yo hubiera sido la reencarnación de la doncella española.
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Levantándome, emprendí el regreso. Fui caminando lentamente, admirando el mar que a esas horas, barnizado de plata por los argentinos destellos de la luna que en plenitud se asomaba por el levante, sintiendo en mi piel la refrescante brisa que me hizo detener, llegando hasta mí, un delicado aroma de almendros en floración, que saturó el aire y con su calidez secó las últimas lagrimas que corrían por mis mejillas. El rumor del mar llenó aquel momento de magia, y a mi alma la colmó de paz…
Max Villareal.
agosto de 1998.
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