lunes, 4 de enero de 2010

CUENTO: " La Tierra de los Duendes"

Por: Max Villareal

A: Rudygar, el único engendro extraterrestre que he contactado.


Interesado en la arqueología y en las manifestaciones artísticas arcaicas, como las pinturas rupestres existentes en la región, entré en el pequeño museo de la población hermosa y colonial de Huichapan, enclavada al occidente del Estado de Hidalgo. Al notar mi interés, sumado a las preguntas que al encargado del local le cuestionaba; fui atendido por el Director del establecimiento. Conversé mucho con él. Recuerdo que discutimos sobre la etimología del nombre de la población, sin ponernos de acuerdo. Al retirarme, pidió mi domicilio para remitirme la invitación oficial para el próximo periodo de conferencias que se celebrarían en la Casa de la Cultura del Municipio.

En mi casa, edificada sobre la ladera del cerro de Cuthedhé, unos kilómetros al sur de Huichapan, formando parte del pueblo de Maravillas; recibieron la invitación. Teniendo mi empleo en la ciudad de México, sólo los fines de semana y los periodos vacacionales, disfrutaba a plenitud de mi hogar, del pueblo, del campo y el de convivir con la hospitalidad de sus habitantes. El sirviente de mi casa me lo notificó: La conferencia se celebraría el próximo viernes en horario vespertino; por tanto, no esperé al sábado para trasladarme a mi pueblo. El mismo viernes al salir del trabajo, pasé por mi esposa y viajé directamente de la ciudad a la población sede del evento cultural.

La conferencia trataba sobre los primeros asentamientos humanos de la región y los vestigios de su civilización. En la puerta de la sala, me recibió el Director. A su lado se encontraba una persona que de inmediato me presentó y lo observé detenidamente, pues me llamó mucho la atención: De estatura mediana, blanco, de ojos azules vivaces, pelo entrecano, unos cincuenta años de edad, un carácter que revelaba una clara inteligencia y en su hablar, una amplia cultura. Estreché su mano y pasamos al interior de la sala de conferencias de la casa de la Cultura, la plática se iniciaba. Nos sentamos juntos y recibí de mi nuevo conocido, orientación sobre lo que el relator exponía. Al término de la disertación e iniciarse el diálogo, Don Anatolio, mi acompañante, le dirigió la palabra al ponente con amplio conocimientos sobre el tema tratado. Se apreció que esta persona, sabía más que el propio conferencista.

A1 salir nos dirigimos a un pequeño bar donde tomamos una copa y en la plática supe que Don Anatolio, estaba al frente de una pedrera en la que explotaban un banco de mármol. Su trabajo consistía en extraer grandes bloques de la roca metamórfica que eran trasladados a una población cercana, donde en un taller, lo cortaban laminándolo en placas que se utilizaban para pisos y recubrimientos y en trozos grandes, para labrarse. El desperdicio y pedacería -llamada lastra­-, se utilizaba para material de relleno colocado entre los durmientes de las vías de ferrocarril.

Por las tardes después de las faenas diarias en la pedrera y los fines de semana completos, los dedicaba a buscar e investigar en lugares nunca explorados e inaccesibles de la sierra, los vestigios


arqueológicos y las pinturas rupestres dentro de las cuevas que hubieran servido de habitación a los prehistóricos asentamientos otomíes y de culturas aún más anteriores, que ocuparon esta región.

Al despedirnos, me pidió que lo visitara cuando volviera a la población, ya que tendría mucho gusto en platicarme sobre sus descubrimientos y mostrarme los objetos que recolectaba; y si de tiempo disponía, visitar la zona que exploraba. Saboreando su amena y culta charla, retorné a casa, tomando el rumbo hacia Maravillas. La velada había sido de enorme provecho y me sentía feliz por los conocimientos adquiridos.

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La zona, árida y montañosa, perteneciente al Valle del Mezquital, cuya vegetación consiste sólo en cactáceas, nopaleras, espinos, biznagas, matorrales chaparros y algunos huisaches que en forma aislada, brindan pequeñas islas de sombra, bajo el recalcitrante sol que con sus fortísimos rayos queman desde los guijarros, hasta la propia tierra. Únicamente, en la breve temporada de lluvia, brotan mechones aislados de pasto, que la fauna doméstica, principalmente de la raza caprina, no demoraban en desaparecer. La sierra es habitada por depredadores: los caninos, en su mayor cantidad integrada por coyotes; un felino pequeño que llaman onza; roedores de todo tipo: ratas, tuzas, topos y ya muy pocas liebres y conejos; muchos reptiles, víboras, camaleones, algunas iguanas sobrevivientes a la depredación del hombre y muchos lagartijos. La orografía, nos muestra cerros pelones con altitudes de 2,500 metros sobre el nivel del mar, aislados o alternándose con barrancos y cañadas cuyos fondos bajan hasta 300 metros, muy escarpados, con cantiles de difícil descenso y escalada, con matorrales ocultando oquedades y cuevas, con caminos formados en los fondos secos de los ríos y el terreno de material pétreo, suelto, de difícil tránsito. Por todos estos lugares, caminaba como pez en el agua, mi reciente amigo: el arqueólogo llamado Don Anatolio.

La zona la conocía yo bien en su naturaleza, más no en forma específica, localmente, como Don Anatolio, muy versado de la región. En una primera plática, transcurrido un mes de habernos conocido; después de aceptar la invitación a disfrutar la comida preparada por mi esposa, nos reunimos en mi casa. Tranquilos en la sala, por la tarde, aproveché su tiempo para que me contara sus andanzas y aprender mucho de lo que la experiencia de sus años vividos en la zona, conocía. Y así empezó su relato:

---Mi ánimo de investigación absorbe mi tiempo. Salgo normalmente a explorar después de la comida y regreso ya entrada la noche.

Apasionado por mis descubrimientos, aumenté mi equipo con cuerdas para poder librar los accidentes topográficos que me impedían avanzar. Me hice acompañar primero de una persona, luego dos, luego alquilé un burro para que cargara el equipo de excavación y de regreso, los objetos encontrados que en mi oficina limpiaba y a veces restauraba.

---He localizado pinturas rupestres de alta calidad, cuentas, puntas de flecha y lanzas, tanto de pedernal u obsidiana; algunas figuras antropomorfas en hueso o barro muy rudimentarias, que registro y clasifico meticulosamente y entrego al museo para su exhibición. He descubierto viviendas de antiguos pobladores, determinando la edad cronológica de su hábitat y de sus costumbres.

---En una de mis caminatas acompañado de dos ayudantes, un sábado ya entrado el crepúsculo, llegué a una cañada profunda, muy atrás del cerro Cosdhá, en el origen del arroyo Medhó. Mis auxiliares se negaron seguir adelante indicándome que a esa zona la llaman "La Cañada de los Duendes" y por ningún motivo deseaban encontrarse con esos seres. Yo seguí caminando; pero ellos no dieron un paso más y asustados iniciaron el regreso. No tuve más remedio que volver con mis acompañantes; aunque fijándome la idea de retornar al sitio, lo más pronto posible y lo mejor preparado.

---A la semana siguiente regresé solo, directamente a la zona en que no quisieron cruzar mis ayudantes. Recorrí algunas decenas de metros y no hallé nada ni se me aparecieron ningún tipo de duendes. En un recoveco formado por rocas, oculté el equipo que llevaba y regresé. Determiné acarrear poco a poco todo mi equipo: las palas, el pico, espátulas, cepillos y escobetas para limpiar los objetos, las cuerdas y las abrazaderas, una hornilla, combustible y unos cacharros para preparar los alimentos. Estos, nutrientes enlatados, sería lo único que cargaría en los viajes de ida.

---Tardaba a veces, hasta dos horas de caminata para llegar al sitio y otras tantas para regresar, lo que me impedía investigar por más tiempo el área. Ante la imposibilidad de que penetrara un vehículo por lo abrupto del terreno, sin caminos, adquirí una bicicleta. En ella me trasladaba en menor tiempo y permitió llevar algo más de equipaje: un saco para dormir y una casa de campaña, pequeña, sólo para una persona. Todos los vecinos de la Ranchería, sobre todo los hombres -muchos empleados en la pedrera-, me aconsejaban que no investigar en esa área porque algún día, no regresaría. Los duendes me atraparían, como ya lo habían hecho con otros hombres que se atrevieron a pasar por el lugar y jamás regresaron.

---En las mañanas la bicicleta la dejaba en la oficina de la pedrera. Uno de los hijos de los trabajadores, Manuel, de escasos quince años, me la pedía prestada para pasearse en ella. Accedí con la condición de que la cuidara y la tuviera en buenas condiciones para utilizarse. El sábado siguiente, alistándome para salir a mi paseo, me entregó la bicicleta limpia y bien engrasada. Acercándose a mí, me preguntó:

---¿Ya se va rumbo a la Cañada de los duendes? -Le contesté que sí.

---En alguna ocasión que a mi papá se le perdieron unas chivas y tomaron camino hacia ese lugar, lo acompañé a buscarlas. Llegamos hasta unas cuevas y mi papá me dijo que eran las casas donde vivían los duendes. -Ansioso le pregunté, tratando de saber qué más conocía:

---¿Y te acuerdas por dónde era ese sitio?

---¡Claro que sí! Aunque estaba chico, aún me acuerdo bien del lugar. Sé cómo llegar.

---¿Me llevarías? Como premio te regalo la bicicleta, ¿Qué dices, te animas? -Partimos inmediatamente luego de avisarle a su padre que me acompañaría, sin decirle claro, al lugar dónde nos dirigíamos, pues de seguro le negaría el permiso. Circundamos el cerro de Medhó por el lado oriente y nos internamos en la cañada de Bomanzá. Después de dos horas de caminata por la sierra, dejé la bicicleta por ser imposible transitar con ella. El terreno pedregoso y resbaladizo nos hacía caminar despacio y con precaución. Anduvimos todavía un buen trecho y al llegar a un promontorio, Manuel me señaló un lugar al otro lado de la cañada, como a ochenta metros de distancia, gritando:

---¡Mírelas, allí están! -En un cantil casi hasta el fondo de la cañada, se notaban dos perforaciones circulares exactas en su perímetro y observándolas con mis prismáticos no parecían naturales, sino que se había empleado un equipo especial para taladrarlas. Con alegría por el descubrimiento, le dije:

---¡Vamos a ellas! ¡Cruzaremos la cañada! -Al mirarlo, en su rostro noté señales de miedo y receloso me contestó:

---¡No, yo no voy! Me da miedo acercarme. Mi papá me ha platicado que allí viven y son muy malos. Mejor aquí lo espero. Aunque creo que lo mejor es que yo me regrese.

---Está bien, espérame, pero no te vayas a ir; siéntate, desde aquí me verás llegar a esos agujeros… y lo dejé allí, viéndome partir.

---Empecé a bajar con mucho cuidado para evitar caer hasta el fondo. Cada vez que pisaba un nivel plano, colocaba una mojonera de piedras apiladas para localizar mi camino y facilitar mi regreso, volteando a ver a Manuel, al cual con la mano le saludaba. Él me contestaba con un grito que el eco repetía a la distancia. Llegué al fondo de la cañada iniciando la marcha por el lecho seco del río acercándome a los orificios; de momento brotó una densa neblina que no supe de donde salió. Miré mi reloj, marcaba las tres de la tarde y la claridad del día se enturbió. La nublazón era muy densa, no se veía a un metro de distancia. Accioné mi lámpara sorda y sin explicación alguna, no funcionó. Di la vuelta, no podía seguir hacia el frente. Comencé el ascenso y la bruma se aclaraba permitiéndome ver los señalamientos que había dejado para no perderme. Llegué al sitio donde debería estar mi guía y no lo encontré; me puse a revisar el lugar y no era el mismo del que partí. Bajé unos metros hasta la primera mojonera y estaba en el camino correcto; ascendí nuevamente y el sitio, no, no era el mismo. Grité el nombre de Manuel varias veces y raramente, no se repetía mi voz; no había eco en este lugar talvez no había sonido. Reinicié la marcha por donde pensé habíamos llegado y tampoco reconocía el sendero. Consulté el reloj y entre la bruma miré que seguía marcando las tres: ¡el reloj estaba parado! Caminé otros pasos y el cielo se obscureció totalmente, anocheció de repente y me di cuenta de la situación: ¡Estaba perdido!

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Las pláticas que sosteníamos, las más de las veces semanarias con Anatolio, cuya narración de los hechos continuaban siempre acompañadas de un buen tequila o de un aromático café, según la hora en que nos reuníamos, se suspendieron. Por cuestiones de mi trabajo viajé a una población fronteriza de Tamaulipas, por bastante tiempo. Cumplida la tarea asignada por la Compañía en que desempeñaba funciones de Gerente y responsable de dichas labores, el siguiente sábado, después de largos seis meses de ausencia, estaba nuevamente aposentado en mi casa pueblerina.

El domingo muy temprano, me lancé en la búsqueda de mi amigo. Ansiaba que siguiera contándome el final de sus andanzas de investigador y arqueólogo. En la casa donde vivía, únicamente en compañía de su hermana ya anciana; me dijo que tenía mucho tiempo de no asistir y que no sabía el motivo de su alejamiento. Esta ausencia me intrigó. Me trasladé a Huichapan y llegué directamente al museo. El Director me informó que sabía que estaba muy enfermo y que ya no trabajaba en 1a pedrera­ y que quizá lo podría encontrar en la Ranchería cercana a la pedrera o en Ninthí o en Jonacapa, donde se ubicaba e1 taller de laminado. Me platicó que su carácter se modificó, que se había vuelto taciturno, introvertido, insociable y que vivía en completa so1edad.

Lo encontré, como bien me informaron cerca de Ninthi, la población más cercana a 1a pedrera tumbado en un camastro dentro de un cuarto de adobe techado con teja de barro. Solo, muy delgado. el cabello tota1mente cano, envejecido, como si de pronto todas los años se le hubieran echado encima. Le hab1é y tratando de incorporarse, me reconoció. Sonriendo con una mueca que en vez de alegría, mostraba pesadumbre, me saludó y yo le hablé, animándolo:

---¡Ho1a Anatalio! Estoy aquí de regreso para que cump1as lo prometido: vengo a que me enseñes en vivo tu región. -Cabizbajo, se sentó y trató de levantarse trastabillando, lo detuve impidiendo que cayera, y disculpándose, volviendo a tomar asiento, me dijo con voz muy queda:

---Creo ya no va ser posible. Ya no estoy en condiciones físicas ni mentales.

---¿Pero qué te pasó? Y dime ¿Cómo te puedo ayudar? -Alarmado por su situación, lo tomé por un brazo y ayudándole a incorporarse, dio unos pasos y salimos de1 cuarto. La 1uz del sol, brillante y ref1ejándose sobre los granos de calcita que contenían los guijarros que totalmente cubrían el suelo cuya birrefringencia aumentaba la luminosidad, hirió sus ojos y los cerró. Encandilado se detuvo y perdió e1 equi1ibrio estando a punto nuevamente de caer. Le di mi mano para que pudiera subir a mi auto y sin esperar más, partí con él rumbo a Maravillas­.

Mi esposa le preparó un caldo de pollo que apuró con avidez. En seguida tomó un baño, le conseguí ropa limpia y descansó, tirándose en una vieja poltrona que estaba en el porche. Me acerqué justo en e1 momento en que despertaba, después de varias horas de reposo, ya cerca del anochecer. Lo invité a pasar al comedor para merendar y bastante restablecido se levantó por su propio impulso, siguiéndome. Comió algo de sopa caliente y un sabroso pan de dulce paladeándolo con una taza de aromático café; y ahora sí, sonriendo, me dijo:

---Te agradezco tu visita. Me devuelve el ánimo. Comprendo que la soledad en que he vivido me está matando; además, estoy soportando una gran depresión nerviosa y la compañía de tu familia me hace entender que paso por un momento grave, que estoy cometiendo un error en estos momentos de mi vida.

---Pero, repito ¿Qué te paso? ¿A qué se debe que hayas dejado de trabajar y veo que también, de investigar? -Me quedé esperando su respuesta. Alisó con ambas manos su pelo ahora blanquecino, agachó la cabeza cubriéndola con los brazos cuyas manos entrelazó por la nuca. Se hizo un ovillo, reclinándose hasta tocar con la frente la mesa. Yo repetí la pregunta y al mantenerse callado, agregué lo siguiente:

---Si te causa malestar contestarme, o1vida mis preguntas. Descansa, ya habrá tiempo… -Terminando su café, dando un último sorbo, me interrumpió, contestando a mis preguntas:

---No dejé el trabajo. El dueño cerró la pedrera en forma transitoria por dos motivos: primero, 1a gente útil viaja hacia el norte para emplearse como braceros y escasea la mano de obra. Y segundo, el taller necesitaba mantenimiento y cambio de maquinaria por otra más moderna, con una nueva tecnología. Por tanto, no operaría durante a1gún tiempo según lo cual, me daría permiso con sueldo pagado, hasta que se reanudara la explotación; así tendría el tiempo suficiente para dedicarme a lo que él llamaba ni "hobby" y yo mi pasión: la arqueología y resolver el misterio que nos sucedió aquella noche.­

Al decir: "aquella noche" calló; levantó la cara mirando hacia el techo del comedor, fijando su vista en la lámpara, expresándose en forma pausada, como si dudara en decírmelo:

---No quisiera recordarlo… me causa un enorme desasosiego. He tratado de olvidarlo y me juré a mi mismo callar y nunca más hablar del asunto; pero comprendo que sólo hablando de ello, saldré del problema. -Me pidió un cigarro -yo no fumo y mandé comprar una cajetilla-, en la espera le ofrecí un trago y me contestó:

---¿Tienes tequila? Hace mucho tiempo que no lo pruebo y creo me caería muy bien. -Le serví un caballito acompañado del correspondiente limón y sal que le acercó mi esposa. Bebió lentamente, saboreándolo; encendió el cigarro, le dio una larga chupada, exhaló el humo y de sopetón me expresó, mirándome fijamente:

---No pensé volver a probar estos deliciosos vicios. Toda la culpa la tuvieron esos canijos "Duendes". ­

Anatolio no pudo continuar hablando. Cansado me pidió lo llevara a descansar. Se tomó otra copa de tequila, recogió los cigarros y pasó a ocupar una recámara de la casa. Al dirigirme hacia la sala para comentar con mi esposa lo narrado por mi amigo, tocaron a la puerta. Ante la insistencia del llamado, acudí personalmente y abriendo a reja, me preguntaron:

---¿Es usted el doctor que fue por Don Anatolio para curarlo?

---Bueno, yo fui por Don Anatolio y aquí lo hospedo, pero no soy doctor. -Un hombre, difícil de calcular su edad, quizá cuarenta años o más, con rasgos autóctonos de la región, piel dura, curtida y marcada por el inclemente clima de donde procedía, se disculpaba.

---Perdone usted; pero eso me dijeron en el pueblo, y discúlpeme la molestia por la hora en que me presento… es que estoy muy alarmado por mi hijo. Está muy enfermito y no hayan cura para sus dolencias.

---¿Pero que tiene que ver Anatolio con tu hijo? y yo, ¿En que puedo ayudarte? -sonriendo ante su alarma, le respondí.

---Mi hijo acompañó a Don Anatolio cuando se perdieron. Desde ese mismo momento se me enfermó de la tiricia y se me está muriendo.

-Comprendiendo lo sucedido de inmediato tomé cartas en el asunto y le dije:

---Despide el taxi en que llegaste, y espérame: ahora mismo nos vamos. -Puse en conocimiento de mi esposa la presencia del padre del muchacho y a donde iríamos. Saqué el auto y partí con rumbo a su pueblo. Llegamos a su casa, y tirado en un petate, dentro de un cuarto de piedra, mitad soterrado, que bajamos al nivel de su piso por medio de cuatro lajas que servían de escalones y agachándonos para cruzar una puerta chaparra con un dintel formado por un viejo tramo de durmiente de vía, lo observé. Me hinqué en el piso de tierra acercándome al muchacho, que con los ojos abiertos, fijos al techo, respirando dificultosamente, no reaccionaba a mis llamados. Entonces le pregunté al padre:

---¿Cuáles son sus síntomas o qué es lo que siente?

---Pues casi no duerme y cuando lo hace, despierta dando unos gritotes y se agita y se estremece todo y nos espanta. No habla, no dice nada, sólo grita. Ya ha venido varias veces el doctor que trajo Don Anatolio y le receta unas pastillas, inyecciones no, porque por aquí no hay quien se las ponga. Ya vino la curandera del pueblo y dice que esta espantado y le dio unas cucharadas de espíritus para tomar. Ya vino también un brujo, le hizo una limpia con yerbas y mi chamaco no responde, sigue igual. No come, solo bebe de vez en cuando, unos tragos de un caldito de verduras que le hace mi vieja.

---No te preocupes; arrópalo y lo llevaremos con un doctor amigo mío.

Cerca de las diez de la noche llegamos a Huichapan. Utilicé un teléfono público para comunicarme con un psiquiatra, el doctor Herrera, amigo personal desde la juventud. Estaba despierto y aún levantado. Le platiqué el caso e interesado me esperaría en su clínica para atender a Manuel. Durante el trayecto a Querétaro, recostado en el asiento posterior, el muchacho continuaba inconciente, o quizá dormía. Don Librado su padre, sentado en el asiento delantero lateral, me platicó los incidentes por los que pasó Manuel, desde el momento en que se perdió. Lo escuché, dado que yo desconocía el suceso, y al término de la plática, comprendí que era continuación de la narrativa de Anatolio, desde otro punto de vista, el de Manuel.

---Ese sábado, como mi muchacho no aparecía, empecé a buscarlo. No faltó quien me corroborara de qué lo habían visto salir por la mañana con Don Anatolio rumbo a la sierra, por donde se localiza la cañada maligna. Esperamos hasta las diez de la noche porque era lo más tarde que regresaba el patrón de sus correrías. Al no aparecer ninguno de los dos, organizamos una búsqueda con un grupo de quince hombres todos preparados y conocedores de la zona, armados con machetes y dos o tres con unas viejas escopetas que utilizan para cazar conejos.

---Sin saber cual fue el camino que tomaron para llegar a ese lugar que mi hijo tenía prohibido ir, acordamos ir hasta la barranca de Bomanzá y repartirnos en tres cuadrillas: una se iría por esta barranca; la segunda se internaría por el arroyo seco El Salto; y la tercera, en la cual me incluía, rodearíamos el cerro El Ejido para tratar de llegar a otra explotación de mármol que existe por esa zona, por si se habían refugiado allí al caerles la noche. Todos convenimos reunirnos al amanecer en un punto sobre el camino al Huizachal.

---Amanecía, al iniciar nuestro regreso sin encontrar rastro alguno, tres campesinos nos divisaron. Con señales, gritos y chiflidos, nos indicaban que nos detuviéramos. Venían del rumbo de Xithá, con un burro en cuyo lomo cargaba a una persona amarrada en forma atravesada, como cuando se carga a un difunto. Al acercarse, lo reconocí: ¡Traían a mi hijo! Pero no venia muerto, sino desmayado. Lo habían encontrado acurrucado entre unos matorrales, temblando de frío. Luego de darles las gracias me siguieron platicando: ---Lo creímos muerto; pero vimos que se meneó, abrió sus ojos y le preguntamos de dónde era y nos dijo: “Ninthi" y se desmayó. Fuimos por el burro y llevábamos al muchacho tapado con un sarape rumbo a dónde nos dijo que era, cuando los vimos a ustedes; que a lo mejor, pensamos, lo andaban buscando. Lo que no imaginamos es que andaba haciendo por estos rumbos tan lejanos de su casa. -Al despedirnos; terminamos nuestra reunión diciéndome;

---Llévense al burro, lo dejan suelto tras el cerro y el solo, por la querencia, regresa. No es necesario que lo traigan hasta acá.

---Al llegar al Huizachal, ya nos estaban esperando otros compañeros; entre ellos; Don Anatolio muy preocupado. Éste; al vernos llegar con mi hijo, lo bajó del burro, lo tendió en el suelo y le habló; mi hijo abrió los ojos gritando: ¡Don Anatolio! Incorporándose lo abrazó y luego nuevamente, se desmayó. Desde ese ­día, así ha estado mi hijo, no recobra la razón. -De la misma forma, me contó que hicieron los otros grupos de búsqueda los cuales se habían repartido por la sierra: ­

---La primera cuadrilla que entró por Bomanzá, ya muy internados por la barranca, encontraron 1a bicicleta alegrándose por la buena pista hallada. Caminando un tiempo más ascendieron a la cima del cerro y con unas teas que encendieron, gritaban, llamando a la pareja extra­viada. Por fin, tuvieron una respuesta muy lejana: Unos tenues gritos se escuchaban muy al norte de dónde se hallaban. Dos horas después, localizándolo, se reunieron con el patrón, solo, muy extenuado; pero del muchacho, mi hijo, ¡Nada sabia! Y con él, se trasladaron al sitio acordado para reunirmos. Allí, esperamos que llegara la cuadrilla que se internó por el arroyo seco, la cual llegó con los brazos vacíos, no habían dado con ninguno de ellos, sólo nos contaron que encontraron una densa neblina que los hizo regresar, ya que no podían dar un paso hacia el frente. Luego ya todos reunidos, subimos nuevamente sobre el burro a mi hijo y regresamos al pueblo. Arribando, Don Anatolio fue por el doctor para que atendiera a Manuel; aunque, como le he dicho, de nada ha servido toda atención médica que le han dado.

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El psiquiatra, mi amigo, lo recibió, lo acostó sobre una mesa de exploraciones y después de examinarlo, dio su diagnóstico: Se trataba de un caso típico de trauma psicológico, producido por un hecho de terror o miedo súbito. Le aplicó las medicinas necesarias y notificó a su padre que tendría que hospitalizarse por varios días para ver sus reacciones neurológicas. Don Librado estuvo de acuerdo y concertando con el médico el día de su visita, nos despedimos y emprendimos el regreso. Al l1egar a Huichapan, le cubrí el importe del taxi para que lo llevara a su pueblo y cerca de las cinco de la mañana, entré a mi casa. Me recosté a descansar por breve tiempo, ya que Anatolio al filo de las seis, ya daba pasos por el patio. Cuando me levanté, busqué por la casa a mi madrugador amigo encontrándolo en el huerto, revisando unas plantas de limón. Me dijo que él en su jardín tiene una planta muy prehistórica, un G1inko Bilova, de reconocida calidad para curar ciertos males. Escuché su disertación sobre la planta encaminándonos hacia el comedor. Pasamos y ya mi esposa nos había servido el desayuno y tomando un sabroso cafecito, platicamos. No le comenté nada sobre los sucesos ocurridos en el transcurso de la noche; pues pensé que quizá afectaría a su estado psíquico. Por la tarde, reunidos en los pórticos del patio de la casa, por su propia voluntad, reinició la charla sobre sus incidentes, desde donde se suspendieron, meses atrás.

---¡Sí estaba perdido! Porque del estuche que portaba en el cinturón saqué mi brúju1a. Para regresar debería caminar con rumbo suroeste, según el sitio en que creía me encontraba. Como la lámpara no funcionaba, encendí un cerillo y con desaliento noté que la aguja de la brújula giraba sin parar, locamente, como si un campo magnético la afectara. La niebla me impedía orientarme por las estrellas y atendiendo sólo a mis instintos, inicié la marcha marcando el punto de partida con una mojonera de guijarros. Traté de no subir ni bajar, conservar la misma curva de nivel y cada cien pasos colocaba otra señal de pedruscos. Cansado, tras horas de caminata, llegué al mismo lugar: había caminado en círculo. Me senté y de momento resonaron los aullidos de los coyotes y percibí los sonidos naturales de la zona. El silencio inexplicable se había terminado. Junté lo más que pude de varas y ramas de arbustos secos para encender una fogata que ahuyentara a las fieras y calentara mi cuerpo del severo frío que empezaba a sentirse. A la luz de las llamas revisé la brújula, la lámpara y mi reloj, misteriosamente, todos funcionaban; éste último caminaba a partir de las tres horas, justo cuando detuvo su marcha; por lo tanto, desconocía qué horas eran en ese momento.

---Ya no caminé, opté por quedarme en ese lugar esperando el amanecer. Confundido, analizaba mi situación y buscaba explicaciones, cuando escuché unos gritos cuyo sonido me trasmitía el eco de la región. Caminé unos pasos y vi las luminarias en el cerro. Apagué la hoguera y me dirigí hacia los resplandores que producían talvez unas teas y contestaba sus llamados con mis gritos. Casi dos horas después, nos reunimos. Verifiqué el lugar donde me encontraba y reconocí mi posición anterior: estaba retirado dos kilómetros del punto donde desapareció Manuel. Luego, en el sitio que habían convenido reunirse las cuadrillas de búsqueda, llegó el segundo grupo trayendo a mi joven acompañante. Lo reanimé, me abrazó y luego se desmayó. Me informaron que lo encontraron a cinco kilómetros rumbo al oriente y no les creí. ¡Era imposible que caminara en la oscuridad, sin poder ver, hasta ese lugar!

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El viernes subsiguiente me habló el psiquiatra a mi oficina, le urgía reunirse conmigo porque tenía mucho que contarme sobre el joven paciente que le llevé. Mi viaje semanal por ende, se adelantó. Terminada mi jornada laboral, me trasladé directamente a Querétaro para saber que sucedía. Al llegar a la clínica, se encontraba presente Librado. Mi amigo me pasó al cubículo donde descansaba Manuel. Lo vi en su cama, consiente y muy restablecido; el muchacho, claro no me conocía, no sabía quien era yo. Mientras su padre le explicaba cual era nuestra relación, el doctor con una seña me indicó que lo acompañara. Pasé al privado del médico y me puso al tanto de la terapia a la cual lo había sometido. Tras varias sesiones del tipo hipnótico para descubrir en su subconsciente el trauma que lo había afectado, en la última, el muchacho le narró los hechos que motivaron su postración.

---Tengo toda la sesión gravada, no sé si deseas escucharla. –Con mucho interés y sobre todo con más curiosidad, le dije que a la hora que quisiera estaba listo para escucharla; pero, antes de operar la reproductora, le escuché decir como introducción algo inesperado:

---Mira hermano, a mí me han apasionado siempre este tipo de hechos esotéricos. Soy un fanático de toda la literatura que se edita sobre el tema y he logrado realizar algunas investigaciones, acá, por la sierra Gorda. Por eso, a ver que piensas de lo grabado:

---“Don Anatolio, volteó saludándome por última vez, porque de una de las cuevas empezó a salir un humo espeso que oscureció todo. Ya no lo vi. Entre la neblina, conforme ascendía hasta donde yo me encontraba, se veían caminando unos hombrecitos chaparritos como a la altura de mi hombro, casi encuerados, pues los vi con una piel muy lisa de color gris. Yo muy espantado, no me podía mover, no podía pegar la carrera. Mi papá me había dicho que él ya los había visto y eran muy malos, que no me acercara a ellos cuando me los encontrara. Así, al llegar a mi lado y rodearme, pude ver a los que venían más atrás moviendo le lugar los tánganos de piedra que dejó Don Anatolio, como señales. Los que estaban frente a mí, tenían como ojos unos lentes negros y no tenían ni nariz ni orejas; sólo una abertura como boca, la cual movían y decían unas palabras raras que no entendía. Hablaban entre ellos y al moverse de di cuenta que no caminaban, parecía que flotaban a ras del suelo. Uno me tomó del brazo y me dijo o entendí, que me llevaban a su casa. No caminé, sentí que me deslizaba igual que ellos. Antes de penetrar en la cueva, se acercó otro chaparrito y con uno de sus dedos me tocó la frente y vi mucha luz y ya no supe más que pasó, hasta que desperté entre unos matorrales, con mucho frío. Alcancé a verlos alejándose y el último de ellos me cerró los ojos. Al rato llegaron unos señores que me subieron a un burro y no me acuerdo qué más haya pasado.

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Manuel le preguntaba a su padre porqué estaba encamado, ya que él no recordaba nada, mucho menos del relato que narró en estado hipnótico. Don Librado le explicó que tanto él como Don Anatolio regresaron enfermos de su excursión a la sierra y para curarlo, se hospitalizó en esta clínica, gracias a mi ayuda como también le había ayudado a su patrón.

E] doctor Herrera lo dio de alta con las reservas que el caso ameritaba e indicó que se lo llevaran cada semana a revisión. Nos despedimos del médico y salimos con rumbo al pueblo de mis acompañantes. Ya cerca de media noche l1egué a Maravillas; Anatolio no se encontraba, la sirvienta me informó que fue a visitar a unas amistades y regresaría al día siguiente. Levantada mi esposa, me dio de cenar y dispuso mi habitación para dormir. Estaba cansado y necesitaba el reposo; pero con dificultad concilié el sueño, mi mente daba de vueltas sobre el mismo tema de los duendes.

Por la tarde del día siguiente, sábado; ya reunido con mi esposa, llegó Anatolio. Lo noté muy repuesto y con el mismo carácter que mostraba cuando lo conocí. No quiso cenar, él se levantó y se sirvió café y sentándose sobre el sofá individual, iba a reanudar su charla en el mismo momento que tocaron el timbre de la calle. Salí a la puerta y para mi sorpresa me visitaba el doctor Herrera. Estaba intrigado con la historia del muchacho y deseaba conocer al actor principal: Don Anatolio.

---Está aquí conmigo, pero no le he contado nada sobre tu participación en el caso ni sabe nada sobre la curación de Manuel. Te pongo en conocimiento que guardé en secreto lo que me platicó Don Librado y hasta del relato hipnótico grabado. No le dicho nada, por una posible recaída que retrasara su recuperación. El médico me contestó:

---No te preocupes hermano, no revelaré nada. Lo que sí me urge es conocerlo, quiero estrechar la mano de un individuo que ha sido partícipe de un posible contacto del tercer tipo.

---Pasó al interior de la sala saludado a mi esposa y luego procedió la presentación con Anatolio. Después de la pausa y diálogos protocolarios, mi arqueólogo amigo empezó su charla donde la suspendió, dos semanas antes.

---No obstante los acontecimientos, no me arredré. Tenía que saber qué había pasado y cómo fue posible que Manuel apareciera tan lejos de la zona. Me preparé para partir tan solo, unos días después. Llené mi mochila con alimentos enlatados, cargué una pequeña lámpara de gas butano; hecho esto y avisándoles a varios hombres pertenecientes a las cuadrillas que me rescataron hacia qué zona me dirigía, recomendándoles que si en diez días no regresaba, por favor, fueran a buscarme. Monté en la bicicleta y partí solo; nadie quiso ni ofreciéndoles buena paga, acompañarme.

Cambié mi campamento, insta1ándo1o en un promontorio desde el cual, se veían las aberturas. Peiné, piedra por piedra, guijarro por guijarro, en una extensión de una hectárea de la zona. Retiré la maleza de los alrededores y no encontré huella alguna, diferente o extraña. Revisé las aberturas que simulaban la entrada a las cuevas, donde no se notaban ni entrada, ni salida; sólo la roca, cortada en un círculo perfecto como de ciento treinta centímetros de diámetro Y veinte de profundidad, perforados con maquinaria especial; como la huella de un sacabocados en la piedra. Sin ningún resultado abandoné esta tarea y me dediqué a lo mío, a buscar huellas y restos arqueológicos por otro sitio, después de haber perdido cuatro días enteros en la búsqueda de algo que desconocía.

A media noche del sexto día, me despertaron unos ruidos extraños que escuché alrededor de la lámpara de gas que siempre dejaba encendida. Me levanté y al asomarme por la puerta de lona de la casa de campaña, vi un par de coyotes merodeando entre los restos de mis alimentos. Salí, tomé una pala y los ahuyenté; pero en lugar de irse, me atacaron. Sin notar de donde procedía, un rayo de luz, como de laser, tocó al primer coyote y luego al segundo, los cuales aullando lastimosamente se alejaron. Busqué la procedencia de la emisión del rayo, miré hacia el cielo y éste estaba completamente despejado; di vuelta total al promontorio y al regresar a la casa, frente a la lámpara, se encontraban cinco extrañas personas de forma humana; pero bajitos de estatura de escasos uno veinte de altura, aunque sus pies no tocaban el suelo. Controlé mi miedo y me planté ante ellos, preguntándoles:

---¿Quiénes son ustedes? -Mientras intercambiaban vocablos con sonidos extraños ininteligibles, se me agolpaban muchas preguntas sobre su presencia; pero de momento, lentamente en forma casi silábica, uno de ellos, que portaba un tubo cromado en una mano, me habló:

---"No temas, nosotros no le hacemos daño a nadie. ¿Qué estas haciendo aquí? Nadie habita esta zona, debes alejarte".

---Les expliqué quien era y a que me dedicaba, volviendo a preguntar1es sobre su procedencia y como habían llegado ante mí, pues no veía transporte alguno alrededor del campamento. No me contestaron. Me tomaron de ambos brazos y sentí deslizarme, hasta llegar a una de las aberturas en el cantil que extrañamente estaba abierta. Me tendieron en el piso y sin saber como, me inmovilizaron y así, acostado, me introdujeron a la cueva. El conducto era largo y de dimensiones que permitían a los hombrecitos circular libremente. Durante el traslado, razoné sobre lo que había leído en relación a estos posibles seres y los contactos del tercer tipo que se suponían se habían celebrado, arguyendo que se comunican entre ellos y nosotros en forma telepática, lo cual es falso y lo había comprobado; hablan y escuchan de la misma forma fisiológica que los humanos. Al término del ducto, de unos cien metros de largo –deduje-, no a nivel sino descendiendo, flotando, sin que nadie me cargara; llegamos a una galería. Ladeé ligeramente la cabeza, lo que me permitía la inmovilización, observando a muchos seres trabajando sobre unos artefactos semejantes a una planta industrial. Lo raro es que no se sentía calor y se disfrutaba de una luz tenue suficiente para iluminar todo el lugar. Me co1ocaron en un cubículo, desnudándome y paralizándome totalmente con una colcha plástica muy delgada que se adhirió completamente a mi piel; sólo podía mover los ojos y la boca. Sacaron de un estuche ovalado una cápsula que me hicieron tragar y no pude rehuir deglutida. Me levantaron y colocaron en un nicho horizontal, a1canzando a ver que había mucho más nichos como en el que me instalaban. Ya dentro, sentí mucho sueño y dormí, no sé cuanto tiempo.

---Desperté o me hicieron despertar, no lo sé. A mi lado se encontraban observándome dos de los extraños seres, hablando en su propia lengua, golpeada con un sonsonete como hablan los japoneses o más parecida creo, como conversan algunas etnias del país. Yo seguía tendido sobre una mesa igual a la de un quirófano. Sentí pánico y pregunté si me iban a operar o qué cosa me harían. Uno de ellos habló, repitiendo lo que ya me habían dicho:

---"No te haremos ninguna lesión ni te quitaremos la vida. Nosotros no alteramos el proceso vital del planeta. No interferimos para nada en la forma o modo de vivir de ustedes”. Acercó su mano para tocar mi frente observando dos cosas: primero que en su mano tenían cinco dedos igual que nosotros y que no era su piel de color gris; sino que tenían un traje como de neopreno entallado a su cuerpo. Emocionado por mi descubrimiento, pensando en voz alta, no me contuve y expresé:

---Oye no es tu piel lo que que muestras, traes un traje de hule -Y sin esperar que me contestara, escuché lo siguiente que jamás pensé me lo revelaran:

---"Necesitamos estar ocultos a la luz tan cercana de la estrella del sistema. La radiación nos afecta porque carecemos de pigmentación y quema nuestra piel. Estamos acostumbrados a un medio en que la luz se recibe sin cambios, en forma permanente, débil y fría, sin emisión de calor. El traje es de látex, producido por un árbol de este planeta, lo fabricamos aquí, nos es muy útil y nos protege muy bien. Cuando nos vemos obligados a salir a la luz, generamos una niebla especial que disminuye la intensidad y la radiación nefasta para nuestro cuerpo, emitida por la estrella; por lo que normalmente nuestras salidas son nocturnas"­.

---Si se habían prestado para revelarme algunos de sus conocimientos, lo aproveché preguntando lo que primero que se me ocurrió -dentro de la perturbación por la que pasaba-, y lo expuse:

---¿Cómo es que se está tan bien dentro de éstas cavernas?

---"Porque dentro de las galerías subterráneas no tenemos ningún problema, estamos bien protegidos y hemos adaptado un clima favorable a nuestros organismos, tan propicio que para ustedes también es bueno.--¿Y su estatura, porqué es menor que la nuestra?

---"La estatura la adaptamos al espacio en que nos movemos, la regulamos a las condiciones del medio en que nos desarrollamos. Mi estatura normal es casi un cincuenta por ciento mayor que la de ustedes, además, en nuestro mundo la gravedad es la mitad de la este planeta. Así equilibramos nuestra presión corporal: A mayor gravedad en su planeta, menor masa corporal que la de ustedes. De esta manera no necesitamos traje espacial que impida libertad de movimientos".

---¿Y cual es el motivo de su presencia o qué buscan o necesitan de nuestro planeta y en particular en este lugar tan árido?

---"Las plantas cactáceas; de ellas producimos en una síntesis química los nutrientes que necesitamos para nuestra vida en nuestro planeta. Aprovechamos la energía termo hidráulica existente en el subsuelo de estas zonas, para mover nuestras plantas procesadoras y para crear una biosfera especial en el interior que nos permite producir gran cantidad de estos maravillosos vegetales. La luz que ves es generada por una difracción de los rayos de la estrella, que aumenta la foto síntesis y propicia un rápido crecimiento. Esta región tiene una gran cantidad de cavernas comunicadas entre sí, que hemos adaptado para nuestros fines y nos permite trasladarnos por su interior, sin problemas, a todo el valle árido donde emerge la vegetación que necesitamos; ya sean semillas o almácigos".

---¿De dónde proceden y desde cuando están aquí?

---De este mismo sistema. Nuestras naves tardan un periodo de treinta meses de tu tiempo en llegar, cargar y regresar a nuestro mundo. Y lo estamos realizando desde hace mucho tiempo; muchas generaciones de nuestras entidades han permanecido en este sitio. Y ya no te hablaré más. Te trataremos psíquicamente para provocarte una ligera paralización mental y un retroceso temporal, en forma lenta, sin colapsarte. Olvidarás todo el contacto y comunicación sostenida. Hemos estudiado tu organismo lo suficiente y te dejaremos en el exterior en un lugar donde te encuentren. Consideramos que no eres un peligro para nuestra presencia. Digerirás una dosis de nuestro alimento que te mantendrá vivo por mucho tiempo, hasta que olvides nuestra presencia".

---Introdujeron en mi boca un comprimido que tenía un sabor a hierba y chocolate y al momento de tocarme la frente con un dedo, antes de sumergirme en un profundo sueño o pérdida del conocimiento, escuché una palabra que quizá significaba su despedida: “AUKS".

---Creo recordar todo lo que les platico, porque fui despertado mucho antes del tiempo de la privación total de mi memoria. Un campesino del pueblo de los Algibes, a casi quince kilómetros en línea recta de Ninthí, me encontró. Creyéndome muerto dio aviso a las autoridades. El médico que llegó en una ambulancia, al notar que aún tenía restos de vida, me dio a oler sales de amoniaco, me aplicó oxígeno y unas inyecciones de no sé qué, hasta que recobré el conocimiento y salí del letargo causado por los extraños seres.

En la misma ambulancia pedí me trajeron hasta mi casa, claro, pagándole al chofer una propina para los gastos, llegando a mi domicilio después de noventa días de mi partida; pero para mí lo sentí pasar el tiempo que estuve en la sierra. ¿Qué hice o qué me hicieron durante todo ese tiempo? No lo sé. El alimento o lo que me hayan hecho al estudiarme, me postró en la depresión nerviosa de la que salí, después que fuiste a buscarme aunado al apoyo que recibí de tu parte. Esta es la narración de mi vida, de lo sucedido por causa de mis investigaciones en estos últimos meses. ¿Qué les parece o qué piensan de esto?

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Mi amigo el psiquiatra se quedó muy pensativo. La regresión hipnótica practicada a Manuel y la narración de Anatolio, ambas coincidían, sonaban verídicas. Y no se aguanto más, mirándome, como para pedir mi autorización, la cual con mi cabeza asentí, le dirigió la palabra a Anatolio revelándole su profesión y el hecho por el que se encontraba a nuestro lado. Le informó tratamiento que le efectuó a Manuel por medio de la hipnosis una vez que se lo habíamos llevado postrado por su trauma. Le presentó el casette con la grabación realizada, preguntándole si deseaba escucharlo; con su afirmación, me pidió una reproductora para colocarlo y oírlo. Durante toda la sesión grabada, el arqueólogo se mostraba inquieto, se mesaba el cabello y fumó con cierto nerviosismo mal disimulado. Al término de la grabación, se mantuvo callado por algunos minutos, tiempo en el cual respetamos su silencio, musitando finalmente muy dolorido lo siguiente:

---¡Pobre muchacho! a lo que lo expuse. No tenía idea de la gravedad de su situación; su relato es semejante a mi experiencia vivida. -Continuó en silencio y no respetando su aflicción y sus pensamientos reflexivos, Herrera le preguntó:

---Don Anatolio, si quisiera saber que pasó durante el tiempo que duró su secuestro, ¿Dejaría usted que lo sometiera a una hipnoterapia del tipo regresivo? Quizá pudiéramos averiguar más de su retención y abducción realizada en su persona por los extraterrestres­…

---Me siento muy débil aún. Tengo interés en saber que me pasó; pero también pienso que es mejor dejarlo así.­

---Algún otro día, ¿me podría llevar a conocer el sitio?

---Cuando guste. Nos programamos un fin de semana que caiga en un puente para disfrutar de más días y organizar bien el viaje. Póngase de acuerdo con nuestro mutuo amigo, él me localiza y vamos al lugar ­¿Le parece correcto?

---Me parece perfecto. -Se apresuró a contestar el doctor Herrera. Yo permanecí en silencio. Si bien el caso se mostraba interesante, no comulgaba con el gran interés que manifestaba mi amigo el psiquiatra. Luego de contestarle, inmediatamente, volteando hacia mí me preguntó el domicilio de Don Librado; quería visitar al muchacho para saber como había reaccionado estando ya en su medio; y ahora, adelantándose a mi respuesta, Anatolio le dijo:

---Yo lo guío, vamos allá. Además de ver a Manuel, quiero traer algunas cosas que dejé en mi cuarto y las necesito; sobre todo mis libros.

---Vamos pues; pero creo que no será hoy, porque ahora es muy tarde. ­Le pediremos hospedaje a nuestro amigo y partiremos muy temprano, mañana al amanecer.

Cuando me levanté, sin despedirse, se habían ido. Pasó todo el domingo y no regresaron, por tanto ya entrada 1a noche, algo preocupado por la falta de noticias, regresé a la ciudad ya que al día siguiente debería continuar con mis labores.

No obstante que todos los fines de semana, regularmente me encontraba en la casa, ni de Manuel por conducto de Librado ni de Anatolio ni de Herrera tuve noticias y mucho menos estos últimos, trataron de comunicarse conmigo; aunque deseaba saber que les había pasado o que estaban haciendo, no moví un solo dedo para buscarlos. Si yo, ya no les interesaba para colaborar con sus investigaciones, a mi, muy molesto tampoco me importaban.

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Cierto sábado, a más de un año de los sucesos antes narrados, llegando de la capital y arribando a la casa, en la puerta me esperaba Librado bastante alarmado. En cuanto descendí del auto suplicante se acercó:

---Doctor -seguía creyendo que esa era mi profesión-, traigo un recado de Don Anatolio para el doctorcito de Querétaro y una súplica para usted, necesito que me ayude.

---A ver, con calma y por partes ¿Qué sucede?

---Anoche se avistó una gran estrella silenciosa que bajó entre la sierra y produjo un gran resplandor. Mi hijo fue a buscar a Don Anatolio y al volver a casa los dos juntos, el patrón me encargó que lo visitara a usted y pedirle de favor que se comunicara con el con el doctorcito de Querétaro y le dijera que dice Don Anatolio que había llegado el tiempo de estar allá y que sólo esperan su presencia para que en compañía de mi muchacho, vayan a la cañada de los Duendes. Yo no quiero que mi hijo regrese a ese lugar y se me enferme otra vez. Y eso es lo que le pido de apoyo: Ayúdeme a convencer a mi hijo de que no vaya, yo lo necesito mucho por acá para trabajar juntos. Por favor, écheme la mano, hable con él.

Tomé el teléfono. Después de los cumplidos y reproches, le dije:

---Oye Herrera, está aquí conmigo Librado que te trae un recado de Anatolio: Dice que allá en la sierra ha llegado el tiempo y que te reúnas con Manuel de inmediato­.

---Muchas gracias hermano, parto en este momento para allá. Hasta luego.

No dijo más palabras y colgó. -Desconcertado interrogué al recadero:

---No doctor, en verdad no sé que pasa, Don Anatolio vive en la sierra; pasa cinco días por allá y regresa al pueblo el resto de la semana. Lo malo es que mi hijo se le pegado y no se separan para nada. El doctorcito de Querétaro viene muy seguido y se interna con ellos en las cañadas, han llegado muy lejos, hasta el río grande y no sé que hagan pero regresan muy contentos. A mi hijo no le saco nada de lo que hacen. Únicamente me dice que les ayuda a excavar y a recoger objetos, que por eso le pagan; pero la mera verdad yo siento que me está ocultando lo que hacen.

---Bueno Librado, ándale, ya le avisé al doctor y va para allá. Yo no puedo ir y si pudiera no sé a que iría. A tu muchacho si no lo convences tú, mucho menos yo. Anda, avísales que yo ya cumplí lo pedido. Hasta luego. -Molesto cerré la puerta, digo molesto porque me ocultaron toda la investigación que habían realizado sin tomarme en cuenta para nada. Y sí, sí me di cuenta que sí me importaba lo que estaban haciendo.

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­Al filo de las siete de la tarde, de ese mismo sábado, encontrándome enfrascado en la lectura de mi literatura favorita, sonó el teléfono:

---Por favor hermano, ven, acompáñame. No quiero ir solo. Estoy en Huichapan; te espero frente a Palacio, en la acera del jardín. Te lo suplico. Acá te comento lo que está pasando. -A regañadientes acepté la invitación de mi amigo Herrera. Salí más por curiosidad que por gusto. Mi esposa no quiso acompañarme diciendo que sólo iba a ir a perder el tiempo de descanso que los fines de semana, disfruto. Me trasladé al sitio convenido y a escasos cuarenta minutos estaba a su lado. A señas me indicaba él, donde estacionar mi auto.

---Déjalo aquí, estará seguro. Súbete a mi camioneta y vámonos; son las ocho y habrá que apurarnos. -Tomamos la carretera hacia Tecozautla; llegando a esta población enfilamos rumbo al oriente por un camino de terracería. Pasamos los pueblos de El Salto, luego Bonzdá, terminando el sendero en La Sabina. Por una brecha seguimos kilómetros adelante hasta que el camino se terminó. Deteniéndose, bajamos del vehículo, lo cerró y continuamos a pié llegando justo al borde de la barranca en cuyo fondo corre el río Moctezuma. Allí nos detuvimos. Creo que era el final de nuestro viaje, pues noté a Herrera entre satisfecho y preocupado.

Durante el trayecto platicamos sobre asuntos familiares y en la brechas, mantuvimos el silencio. Al llegar a la orilla del cañón del río, fue al meollo del asunto por el cual estábamos presentes en ese sitio tan apartado de la región.

---Anatolio y yo nos hemos apasionado con la presencia de los extraños seres. En las investigaciones realizadas en conjunto, hemos detectado, escuchando ruidos subterráneos, más señales de acceso a las cavernas, hasta ese punto, allí abajo, casi al fondo de la barranca donde descubrimos una enorme entrada, muy bien disimulada. Como podrás ver, la zona está totalmente deshabitada y el paraje solitario.

---Después de muchas noches de espera, Anatolio ha vuelto a tener contacto con los hombrecillos. Ya lo aceptan lo mismo que a Manuel; a mí, no. Durante el día he presenciado como se comunica con ellos entre la bruma que producen; lo rodean y en su compañía penetra a las cuevas. Le han permitido ver y le han explicado todas sus instalaciones y es increíble lo que cultivan y producen, según me cuenta nuestro mutuo amigo.

---Manuel me comunicó hace un rato que estuvimos juntos, que anoche descendió la nave que llega por los productos y se irá dentro de poco. Anatolio primero y el muchacho después, luego de acompañarlos hasta la cañada, entraron en la caverna. A los dos los han preparado fisiológica y mentalmente para partir con ellos, se van ambos en la nave. Me comunicó, además, que viniera a este lugar para ver salir y elevarse a las alturas, al transporte espacial; hoy, en el transcurso de la noche. Por eso estamos aquí y ojala lo podamos ver y me sirvas de testigo, porque si yo te lo contara, como el final de las investigaciones, no lo creerías.

El sitio que me señalaba como salida, distaba unos cien metros del punto donde nos encontrábamos. Incrédulo me senté sobre una piedra a esperar; pasaría una mala noche y no me quedaba de otra­, regresarme, no podía. Merecido me lo tenía por aceptar la invitación. Aparte de eso, Herrera no paraba de platicarme todas sus investigaciones; yo, no lo escuchaba ni le daba importancia, me parecían muy manuales sus trabajos, nada científico y sin prueba alguna. Cabeceando pensaba en los problemas de mi trabajo; le pregunté la hora y alumbrándose con una lámpara de llavero miró su reloj y dijo: ---Las doce. -Me recosté sobre las hierbas, no se sentía frío, me tapé con mi chamarra y me dormí.­

Desperté cuando me tocó el hombro y muy quedo me habló:

---Fíjate, hay movimiento allá abajo, se ve algo de luz. -Efectivamente brotaba un pequeña resplandor sobre la pared del barranco que me hizo sentir lo real del momento vivido. La piel se me erizó y sentí lo que vulgarmente dicen; me dieron náñaras. Experimenté lo que tantos otros han percibido y Anatolio personalmente sintió y nos lo comunicó: Se hizo un profundo silencio, nada se oía, todo permanecía quieto como si estuviéramos en otra atmósfera en la que el sentido del oído no existiera. Y de pronto, de la nada surgió una enorme nave de forma circular, cuyo perímetro -sólo 1a corona exterior-, giraba con un casi inaudible silbido y ligeramente iluminada. Se elevó 1entamente unos cuantos metros, casi a nuestro nivel y pude calcular aproximadamente sus dimensiones: Un diámetro de cincuenta metros; la corona perimetral de cinco metros de altura y ensanchándose hacia arriba y hacia abajo, como dos platones extendidos, uno encima del otro, corona de por medio, con una distancia cercana a los treinta metros del techo del platón superior al fondo del platón inferior. Encendió luces de múltiples colores que surgían de una especie de escotillas en la parte baja de la corona, luces que en forma intermitente, destellaban como si usara una clave o un diálogo. También, de pronto se oscureció toda la nave, el silbido aumentó de volumen y de intensidad los giros y se elevó rápidamente en forma vertical, hasta alcanzar una altura igual a la cual vuelan los grandes aviones que surcan el cielo por esta zona; se mantuvo fijo, sin moverse del punto cenit con respecto a nosotros, durante unos segundos; centelleó una luz plateada que brotó del centro del aparato y con rumbo al oriente arrancó a mucha velocidad. Tres o cuatro segundos después, al verla brillar por herirle la luz del sol crepuscular, desapareció.

No comentamos nada. Nos mantuvimos callados. El espectáculo fue impresionante y estábamos aturdidos. Herrera rompió el silencio diciendo:

---Vamos a traer el equipo especial con que contamos e iremos a investigar el fondo del barranco.

---Para qué -le dije-, sólo veríamos las perforaciones circulares en el cantil rocoso. No vale la pena descender. -No pronunciamos más palabras. Ya amanecía. Tomé mi chamarra, me la puse y nos retiramos del lugar, abordamos la camioneta y nos despedimos al llegar a Huichapan junto a mi auto.

00000

Después de este avistamiento, pocas veces nos hemos visto y las veces que lo hemos hecho nunca hablamos del asunto, se ha vuelto algo de lo que nos mantiene como cómplices de un suceso increíble. Sé que ha continuado visitando la sierra muchas veces, sin saber que resultados obtiene. A Manuel, dice su padre, cuando me ha visitado, que se lo tragaron los duendes y de Anatolio, se le ha dado por desaparecido. Sus familiares lo han buscado y cuando me preguntaron sobre su paradero, les informé que desde su salida de mi casa, no lo he vuelto a ver. No les comento nada. No me creerían.

Esto lo narro hoy mismo, a casi cinco años de la observación del despegue de la nave que observamos Herrera y yo; lo he recordado porque Librado llegó hoy por la mañana, muy temprano como lo hacía siempre que necesitaba algo de mí, avisándome que anoche se vieron muchas luces y resplandores alrededor de una gran estrella, de igual luminosidad como la que se observó en la sierra, cuando desapareció su hijo. Pedía mi ayuda, pensando que quizá lo volvería a ver si es que yo acudía al lugar donde se ocultaba la estrella, suponía que yo conocía el sitio y estando allí, podría recuperar a Manuel. Lo tranquilicé ofreciéndole mi apoyo y auxilio y con plena determinación, le dije que sí; que sí iría por la noche a la zona por mí, bien conocida. Se retiró tranquilo, mi promesa le calmó su angustia y sobre todo, al saber que le informaría sobre lo que averiguara con respecto a la aparición de la estrella. Todo se lo pondría en conocimiento. Creo que lo convencí y creo que me creyó, pues al subirse al taxi, se despidió muy calmado. Al cerrar la puerta, pensé en Herrera. No, a él no le llamaría, porque de seguro, de alguna manera, sé que estará informado.­

Mientras llegaba la hora de partir, preparé dos cámaras: una de video y otra de fotografías equipada con telefoto, adaptadas para exposiciones nocturnas. Me acompañará mi esposa para auxiliarme en el uso del equipo fotográfico y saldré para observar y obtener pruebas de la existencia de la grandiosa nave en su despegue, en su alejamiento hacia su mundo, y además, me trasladaré hacia la Ranchería de Ninthí, porque tengo 1a esperanza de que mañana aparezcan mi amigo y su joven acompañante, si es que regresan en este viaje, de lo cual estoy muy seguro que así será. Estoy listo para partir rumbo a la enigmática, por muchas razones, región poblada por los desconocidos Otomíes de cuyos orígenes nada se ha sabido; ni cuando ni por donde arribaron a poblar esta región. Los primeros Olmecas que formaron la civilización más antigua en nuestro territorio, narran en sus escritos refiriéndose a este pueblo otomí como: "los que ya estaban aquí”. Enigmática también por su idioma, notable por la rudeza de su pronunciación aspirada, con sonidos abundantes y la expresión muy parecida al habla de los asiáticos y al lenguaje pronunciado por los hombreci11os, de acuerdo a lo narrada por Anatolio. Enigmática así mismo por la tierra, tan árida, tan de distinta naturaleza, tan distinta su vegetación, no estudiada ni aplicada para uso curativo y alimenticio, tan distinta su flora, tan diferente su hábitat, y todo el entorno con una biósfera, tan de otro planeta.

Pero en sí, salgo con la ilusión de volver a ver a la grandiosa nave y con el sueño posible de ver a sus tripulantes, a los extraterrestres. Salgo, para adentrarme al escondido lugar, entre la sierra, en la barranca que forma el río, hacia la desconocida, enigmática y misteriosa: "Tierra de los duendes"­.

Max Villareal.

Noviembre de 1998.

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