lunes, 4 de enero de 2010

CUENTO: Semillas de calabaza

Por: Max Villareal


A: la fauna de la colonia Obregón: el perro, el perico, el toto, el pozoles, el gardi, el galletas, Fabila y tantos más, todos mis inolvidables amigos de la infancia.



La vía del ferrocarril corría de la estación San Lázaro con rumbo al sur, cruzando los antiguos campos de Balbuena internándose por el populoso barrio de Jamaica, sí, donde se encontraba el mercado de legumbres y el principal zoco de las flores. Después, continuaba por el límite del pueblo de la Magdalena Mixhuca cruzando un viejo puente de vigas similar al de Tlalnepantla; pero mas pequeño, construido por el ferrocarril para librar uno de los ramales del gran canal de La Viga, por donde circulaban gran cantidad de trajineras que cargaban todas las verduras y flores transportadas desde Xochimilco, Iztapalapa o Iztacalco, para expenderlas en estos grandes tianguis que se formaban para cada uno de dichos productos, formando el enorme mercado de Jamaica que abastecía en aquellos tiempos a la ciudad de México, con una población de un millón de habitantes.
Eran los años cuarenta del siglo pasado. El ferrocarril continuaba su recorrido por una zona llamada La Coyuya cruzando el Rancho de La Cruz, rancho lechero con una gran producción de lácteos de alta calidad, hasta llegar a una zona industrial de la cual, la vía formaba un escape para dar servicio de carga, creo y si no mal recuerdo, a una fábrica de sombreros La Anáhuac, de reconocido nombre mundial.
Por aquel entonces, siendo aún un niño, vivía en una colonia proletaria que colindaba por el poniente con la vía, por la cual diariamente el ferrocarril pasaba hacia las fábricas al mediodía y regresaba pasando por la colonia a las 15.45 hrs. Siempre, cosa rara, puntualmente.
La única área de diversión que teníamos los niños era el parque deportivo Venustiano Carranza, en los terrenos actuales que ocupa el magno Palacio Legislativo. Una gran instalación construida a fines de los años veintes del siglo anterior, que contaba con todas las disciplinas deportivas de primer nivel: campos de futbol y beisbol con tribunas, canchas de tenis y de basquetbol, zona de aparatos para gimnasia al aire libre, estadio de atletismo con su pista olímpica, frontones, alberca, gimnasio, pista de patinaje y una gran explanada para un juego que era verdaderamente una romería: la pelota mixteca. En el acceso principal, por la avenida Balbuena, avenida nombrada en honor del poeta español Bernardo de Balbuena, cuya permanencia en la capital de la Nueva España fue para escribir sobre la grandeza del país y versificar con referencia a la nobleza de su gente. La avenida posteriormente cambió de nombre por el de Francisco Morazán, paladín del federalismo centroamericano; para finalmente llevar ahora el no tan honorable nombre de Congreso de la Unión. En este acceso, formando una plaza cívica se encontrada por el lado derecho el gimnasio cubierto con su cancha de básquet bol entarimada y en la zona de aparatos los sábados por la tarde, había función de lucha libre con la participación del ídolo máximo del pueblo: el Gran Mar-alá; un luchador mexicano con gran cantidad de pelo que le hacía parecer de raza árabe. Al centro una gran fuente y a la izquierda lo mejor para nosotros: el cine teatro.

Esta instalación era la más visitada por la chiquillada: el cine; era algo increíble ver las aventuras de Flash Gordon el primer astronauta conocido; del zorro Califoniano, héroe de los mexicanos que se quedaron allá; una serie mexicana llamada Las Calaveras del Terror formada por una pandilla de charros enmascarados siempre en busca de la justicia; series de quince capítulos de diez minutos de duración cada uno y uno por semana, que por la módica cantidad de 15 centavos podíamos ver desde la gayola del cine. ¿Películas? Las tragicomedias de Pardavé y Sara García. Las de charros con Tito Guizar, Jorge Negrete y el inicio del ídolo Pedro Infante.

Todos mis amigos de la calle donde vivíamos, esperábamos que pasara el tren de las 15.45 el cual transitaba muy lento y nos permitía, arriesgando nuestras vidas por la irresponsabilidad de los diez a doce años que teníamos, palomear el viaje y llegar antes de las cuatro de la tarde, a tiempo para entrar al cine.

Unos metros antes de subir varios escalones para llegar a la taquilla, tras una pequeña mesa, portátil, que cuando la levantaban se podían doblar sus patas para transportarla fácilmente; se encontraba una mujer vendiendo semillas de calabaza, garbanzos, habas tostadas, cacahuates salados y unos trozos de carne seca llamados “chitos”, que nunca supe de que animal eran, una mujer que a mi me parecía muy bonita, simpática, aunque tras su rostro tempranamente envejecido escondía una sonrisa amarga que cambiaba cuando nos acercábamos a comprarle la ración suficiente de semillas que consumíamos durante toda la función. Y ya cargados de todo tipo de semillas, muy contentos entrábamos al espectáculo vespertino y al filo de las ocho, luego de ver dos películas y los esperados episodios, radiantes salíamos para enfilar el camino a nuestras casas, regreso que lo hacíamos caminando. Siempre, a la salida del deportivo, en un gran cazo hirviente, vendían los deliciosos elotes cocidos en ese tiempo sólo aderezados con limón y sal, no como ahora que los embarran con muchas grasas y quesos de todo tipo.
Si llevábamos dinero, comprábamos un elote por cabeza; pero, las más de las veces, uno para todos pidiéndole al vendedor que lo partiera en tres o cuatro partes, según fuéramos los concurrentes.
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Por la noche en una gran mansión de las Lomas de Chapultepec, había una gran algaraza; pero ésta no era de alegría. El mayordomo y los sirvientes corrían por todos los rincones de la casa. La señora estaba desmayada y cargándola la habían recostado en la cama de su habitación. Esperaban al médico familiar y al señor de la casa que regresara de su trabajo; a ambos se les había llamado en cuanto se enteraron del suceso.
Al llegar casi juntos, el mayordomo les informó lo sucedido: La niña Jazmín había desaparecido, no sabían si había sido secuestrada o asaltada o sufrido un accidente, esperando al señor que dictara lo conducente a seguir.
El médico reanimó a la señora y entre lágrimas le contó a su esposo que su hija, desde que salió por la mañana rumbo a la Universidad, no había regresado ni se había comunicado. Y lo más de cuidado: Su coche estaba abandonado en una calle de la colonia Bondojito, colonia de la cual se desconocía si su hija la frecuentaba porque tenía alguna amiga o por algún asunto que ella no se lo había comunicado. No había rastro de ella. Al policía auxiliar que vigilaba el comercio frente al cual estaba el auto, le extrañó verlo mucho tiempo en el sitio sobre todo porque estaba abierto y preguntando a los empleados si habían notado desde a qué horas se encontraba en ese lugar, nadie le dio una respuesta congruente. Algunos desde la mañana, otros al mediodía y los más, que acababa de llegar. El vigilante abrió el coche, sacó los documentos que se encontraban en la guantera y en una tarjeta de visita vio un número telefónico al cual marcó y notificó al que le contestó, supuestamente el propietario, la posición del auto.
-Y ya mandé al chofer a recogerlo.
-¿No has avisado a la policía?
-No, esperaba tu llegada para consultar que hacíamos...
-¿No han llamado pidiendo rescate? - Sin pensar en esa posible situación, la señora exclamó: --¡Dios mío! ¡Ojala y no la hayan secuestrado!... ¡Hija mía!...-Y soltó nuevamente el llanto la atribulada madre.

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Hizo muy mal en ir por el auto. Le hubiéramos puesto vigilancia para ver quien llegaba a recogerlo y ponerle cola. Era muy buena pista. Quizá nos hubiera llevado a donde tienen a su hija... ni hablar... faltó comunicación con nosotros. Le notifico que lo llevaremos al laboratorio de criminalística para ver que le encontramos. Ahora al grano:

¿No han recibido alguna llamada pidiendo rescate? -Enseñando el ceño fruncido sin ocultar su manifiesto enojo, el Comandante encargado del caso, le reclamó y preguntó al padre de la joven desaparecida, contestando éste mirando fijamente al mayordomo:
Hubo una extraña llamada, la recibió el mayordomo, fue muy breve y no pidió que nos pasara el teléfono a alguno de nosotros. Escuetamente dijo: “La señorita Jazmín esta bien, esperen después otras llamadas”... y colgaron.
¿Voz de hombre o mujer?
Nooo, no lo sé.-Nerviosamente respondió el señor.
A ver, preséntenme al mayordomo. ¿Alguien ya lo interrogó? Dirigiéndose a sus agentes que lo rodeaban.
No jefe, como dijo que no se tocara nada hasta que usted llegara, no lo hemos hecho.
Bueno señor Aristegui, es necesario que me proporcione los datos de toda la servidumbre, me refiero tanto a los actuales como los que haya contratado en años anteriores así como los que hayan venido a reparar la casa o de los que se acuerde y que se hayan dado cuenta del movimiento interno de la casa o de su familia, ¿me entendió?
Ahora le preguntaré sobre ustedes, principalmente sobre su hija, ¿La señorita Jazmín tiene novio? Porque lo más probable es que haya huido con él... -El padre se quedó impávido, no había pensado en la posibilidad de que su hija estuviera ya en edad de tener novio. La madre titubeante respondió:
No, no lo sé... no me ha dicho nada y en mí confía, me cuenta todas sus cosas íntimas y sobre novio nunca me ha hablado.
Pues vaya buscando entre sus pertenencias o en su diario, si es que lo tiene, si tiene novio y quien es... esto es muy importante. -Dejó el comandante pasar unos momentos sin decir nada sólo observando la reacción que tenían los padres y escuchando lo que entre dientes se decían, notando que el padre recriminaba a su esposa por el supuesto novio o que quizá la estuviera solapando.
El comandante hizo su trabajo. En el auto únicamente estaban las huellas de la joven. El mayordomo, sirvientas, chofer, cocinera, trabajadores anteriores y la búsqueda con los datos aportados de los empleados en los trabajos de mantenimiento, todos estaban limpios. Amigos de la señorita, compañeros de escuela, presuntos pretendientes, familiares cercanos, no sabían de su paradero y el día de la desaparición, nadie la había visto. Todo había sido infructuoso.
Cuatro meses después, se volvió a recibir un llamado telefónico informando que Jazmín se encontraba bien y que pronto estaría en la casa. El mayordomo tomó el recado no permitiéndole trasmitir el informe directamente a sus patrones. Habían colgado inmediatamente de la misma manera que la primera llamada y lo que sí reconocía el mayordomo que la voz era de la misma mujer que había llamado antes.
La policía dejó de investigar mandando el expediente abierto al archivo en espera de que surgieran nuevas pistas. La segunda llamada les había dado esperanzas que la chica se encontrara todavía con vida; pero al paso del tiempo rechazaron esta idea. El comandante les dio las indicaciones sobre que hacer en caso de llamaran pidiendo rescate. Allí paro toda la investigación. La familia poco a poco se fue resignando a su desaparición considerando ya que los secuestradores, al no poder hacer contacto para pedir rescate, la habían asesinado.
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Me enteré, sin querer, algo sobre su vida, cuando mi padre le platicaba a mi abuelo lo que había pasado en la familia de Cástulo, un compañero de trabajo, chofer como él, que manejaba un camión en la misma línea de autobuses urbanos en los que trabajaba mi padre. Yo escuchaba sin saber de qué o de quién hablaba; sólo oía mientras efectuaba mis tareas escolares.
Recordaba que mi padre le decía que Cástulo se había casado con una muchacha recién llegada de un pueblo de Guanajuato, para vivir al lado de una amiga que un año atrás había efectuado el mismo viaje y, al no conseguir trabajo se enroló en la prostitución. Esta amiga que la hospedó, vivía sola en un cuartucho en una colonia perdida de la gran ciudad. Y Cástulo, cuya ruta de autobuses llegaba hasta esta lejana colonia, a los pocos días de conocerla le propuso que se juntaran, aceptando ella ya que viviendo en la miseria, sin trabajo ni como conseguirlo y al no conocer a nadie ni conocer la ciudad y no queriendo prostituirse como su amiga, prefirió aceptar la propuesta yéndose a vivir con él. Hasta aquí lo que sabía más o menos por voz de mi padre, aunque él conoció toda su trágica vida por la propia palabra de su compañero.
Cástulo la llevó a su lado para iniciar su unión en unos pequeños cuartos ubicados por Tlalpan, en una zona aún agrícola muy alejada de la zona urbana, cuartos que Cástulo heredó de sus padres al fallecer ambos y que Felisa aceptó de muy buena manera ya que estaban en mejores condiciones que los jacales en que vivía en su pueblo natal. De esta forma iniciaron su vida conyugal, vida que en dos años rindió con dos hijas, y si bien, por no faltarle el trabajo a Cástulo, aún viviendo en la pobreza no faltaban los alimentos ni la ropa más indispensable a la familia, consideraba Felisa que había hecho una buena elección... Pero, siempre sucede lo inesperado... Conduciendo el autobús descuidadamente, éste se pasó una señal de alto provocando que un vehículo del cuerpo de bomberos circulando con la sirena abierta, al cruzar la esquina, Cástulo proyectara su camión contra el transporte de bomberos ocasionando su volcadura y un accidente de graves consecuencias. El peritaje dictaminó que el chofer del autobús era el responsable de la colisión y por tanto fue recluido en la penitenciaría a purgar una merecida condena.
Tiempo después, ya entrada la noche, la niña menor enfermó gravemente. La madre la cargó y con la otra hija tomándola de la mano salió hasta la lejana carretera para pedir ayuda para trasladarse a la zona de hospitales dentro del ya perímetro urbano de Tlalpan. Al ya no circular autobuses a esa hora, desesperada, luego de muchos intentos de detener a un auto de los muchos que transitaban a alta velocidad ignorando su presencia, decidió empezar a caminar. Luego de avanzar unos minutos de lenta y muy dolorosa marcha, volteaba hacia el camino de donde provenían los autos haciéndoles la señal que se detuvieran pidiendo auxilio. Rezó, invocando ayuda celestial y milagrosamente un auto se detuvo metros adelante. Ella, corriendo sin soltar a la menor, lo alcanzó y suplicó que la llevaran. La portezuela se abrió y rápidamente abordó el auto.




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Jazmín era una joven muy centrada, tranquila, muy estudiosa. Inteligente, pensaba que su destino sería el de una mujer liberada que viviría en forma independiente de la tutela de padres. Por eso, cuando terminara sus estudios de relaciones internacionales y aprovechando los contactos familiares, de seguro entraría al mundo de la diplomacia, quizá sirviendo al país o a alguna empresa privada. No era amante de las fiestas y bailes que se organizaban dentro del núcleo familiar ni en la alta sociedad en que se movía y mucho menos con sus compañeros de estudios. De físico muy agradable y rostro agraciado, aparte de su excelente posición económica, era un botín muy perseguido por todos los galanes que la pretendían, a los que de ninguna manera daba pie para que alguien se propasara ni pensara siquiera en tener algún tipo de relación. Jazmín no tuvo ni tenía novio; no estaba en sus planes tenerlo, lo consideraba que la distraería de los planes que se había formado para su futuro.
Pero el futuro nadie lo predice, muy pronto ella trastocaría su vida de forma inesperada sin que pensara en los posibles resultados finales que le ocasionaría, su libre pensamiento y actitud hacia la vida en que se conducía.
A Jazmín le gustaba pasar los fines de semana en Cuernavaca, hospedándose en un hotel renombrado de la ciudad; algunas veces lo hacía en compañía de sus padres, pero las más veces los hacía sola. En cierta ocasión estando tumbada cerca de la orilla de la alberca del hotel, entabló conversación con un joven extranjero que había llegado para estudiar un curso de verano en la Universidad local. De inmediato congeniaron y se inició una franca amistad al interesarse ambos en la política internacional. De la amistad pasaron a las caricias que, sin sentir algo especial o un posible amor Jazmín las toleró. Sobre todo por que pensaba que para ser independiente debería ser ya una mujer y dejó que los besos y manoseos pasaran a mayores, aceptando tener relaciones sexuales con él sin tener protección alguna y, las consecuencias fueron lógicas: se embarazó.
El siguiente fin de semana se lo comunicó a su pareja y éste le dijo que no se preocupara de nada, que él se responsabilizaba de la situación y estaba dispuesto a casarse con ella y dado que la próxima semana le tocaba presentar su examen final y ya estando libre del compromiso escolar, todo el tiempo se lo dedicaría a ella para arreglar su situación.
Jazmín, que de su amante sólo conocía su nombre y una supuesta nacionalidad, sin experiencia, le creyó; no obstante le pidió más datos personales por si ella a través de sus contactos y amistades en Relaciones Exteriores, podría cambiar su visa de estudiante a residente. Él, con su labia la convenció de esperar y satisfecha con las promesas del amante esperaría el corto período de tiempo que le había señalado. AI llegar a Cuernavaca el sábado siguiente buscándolo con la finalidad de iniciar los trámites para solucionar su situación, se llevó la sorpresa de que el galán había puesto pies en polvorosa. Había abandonado el país.
La muchacha no se arredró, inició su investigación sobre él en la Universidad, en el hotel, con las amistades comunes del ámbito en que se conocieron, no obteniendo resultado alguno, sólo supo que el día anterior había tomado el vuelo hacia su país de origen. Varios días le costó asimilar su problema y analizando su situación lo tomó con calma y pensó que encontraría la forma de salir de su estado sin que su familia, sus amistades y la sociedad en que se movía, supieran de su problema. Después de varios fines de semana, regresando de Cuernavaca por la noche, cavilando sobre su futuro, manejaba su auto por la carretera federal, utilizando el mismo camino cuando viajaba sola para no encontrarse con posibles amistades o personas que la conocieran, caso muy común cuando usaba la autopista de cuota, cuando vio a una mujer caminado por la cuneta de la carretera haciéndole señas de que se detuviera, quizá pidiendo que la ayudaran, observando que posiblemente cargaba una niña y otra pequeña estaba a su lado. Sin pensarlo dos veces, se detuvo.

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¿A dónde se dirige a estas horas? ¿En que puedo ayudarle?
Voy a cualquier hospital… mi hija se está muriendo… le suplico me lleve al más cercano. Sé que hay muchos bajando la carretera…
No se preocupe, la llevaré, súbase, en unos momentos llegaremos.

Felisa, ya entrada la madrugada recibió a su pequeña fuera de peligro, permaneciendo a su lado, acompañándola, la para ella milagrosa conductora del auto ofreciéndose, aún ante la negativa de ella de que así lo hiciese, llevarla de regreso a su casa. Al llegar frente a la puerta de sus cuartos, sacó unos billetes de su bolso, diciéndole:
Tome, le servirán para que compre las medicinas que después le hagan falta y, ya me voy… espero que la niña se recupere pronto. –Jazmín le extendió la mano en señal de despedida y ella tomando el dinero, le dijo:
Muchas gracias… -Tomó su mano tratando de besarla a lo que la joven rápidamente la retiró, oponiéndose a ello, a lo que disculpándose, Felisa continuó diciéndole: --Perdón… estoy muy agradecida por su ayuda, estoy a sus órdenes, dígame que debo hacer para corresponder a su valioso apoyo… Este ha sido un favor enorme, no tengo con que pagárselo; la vida de mi hija se la debe a usted, señorita.
No tiene nada que agradecerme ni pagarme nada…Bueno, quizá sí… es posible que regrese a visitarla… primero para ver como sigue la niña y segundo, tal vez habrá algo en que me pueda ayudar. Hasta luego. –La joven mujer dio vuelta de regreso a su auto y al iniciar la marcha, lentamente, fue revisando la zona a dónde había llegado… sin proponérselo. Por su mente, comenzaba a elucubrar un plan que quizá le resolvería el problema en que se encontraba.

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El auto salió de la lujosa mansión un poco más temprano que de costumbre, se detuvo hasta llegar al vetusto edificio que alberga a la Universidad privada. Jazmín con una maleta baja del auto, entra en la escuela y se dirige a los baños. Se cambia de ropa, deja sus ostentosos atuendos y se enfunda unos pantalones muy usados y una camisola de lana a cuadros. Guarda lo retirado en la maleta, sale de la escuela, deja lo que va cargando en la cajuela de su coche, cierra, pone el seguro y caminando se dirige hacia la avenida principal para abordar un autobús con rumbo a Tlalpan. Al llegar a su terminal pregunta como llegar hacia el sitio al cual se dirige y le informan que sólo tomando un camión con rumbo a Cuernavaca que vaya por la carretera federal, debiendo bajarse en tal paraje y de allí, tendría que continuar a pie ya que no hay transporte local.
Una hora después se encuentra frente a la rudimentaria puerta de madera que protege el acceso a unos míseros cuartos. Toca y espera que salga alguien. Al aparecer bajo el dintel de la puerta una mujer, con mucha familiaridad Jazmín la saluda:
iHola mujer...! ¿Te acuerdas de mí? -Felisa, asombrada, secándose las manos en su delantal, le contesta:
¡Señorita! ¿Qué anda haciendo por aquí?
Vengo a visitarte para ver como sigue tu hija, ¿Ya se alivió o necesita mayor atención médica? -La mujer aún sin salir de su asombro la invita a pasar al interior del primero de sus cuartos ofreciéndole la única silla de su mobiliario acomodándose ella en la orilla de su camastro. Estando sentadas ambas, Felisa tapándose la cara con sus manos para impedir que sus lágrimas brotaran, inicia entre sollozos a contarle sus tribulaciones: —Sí, la niña está bien, ya se alivió gracias a usted, pero está muy delgada, tanto ella como su hermana pasan hambre; mi esposo al salir de la cárcel bajo la fianza que pagaron sus hermanas por un accidente que tuvo, ya no le dieron trabajo y se acaba de ir en busca de fortuna al norte como bracero y aún no tengo noticias de él; no obstante, durante las mañanas, mientras mis hijas van a la escuela, me gano algo de dinero lavando ropa, que es lo que estoy haciendo ahora, o desarrollando lo que me piden algunas vecinas en sus casas… así la llevo...--Jazmín tomándole ambas manos con las suyas, le dice:
Bueno, considero que es el momento de decirte el segundo motivo por el que vine; quizá recuerdes cuando me fui te dije que tal vez me podrías ayudar tú a mí y con lo que te propondré es posible que se acaben todas tus penurias. Quiero venir a vivir aquí, contigo, una corta temporada, réntame un cuarto para mí, el que sea, lo necesito. Te pagaré la renta y te daré suficiente gasto para que hagas de comer para mí, para ti y para las niñas, ¿Qué opinas?
¿Pero, porqué yo? Si soy tan pobre, porqué aquí dentro de esta miseria, si usted puede pagar un hotel u otro lugar, no creo que sea... - Interrumpiéndola le explica:
Es aquí donde quiero, donde nadie me encuentre ni sepa de mí. Estaré encerrada en el cuarto sin darte molestias; bueno quizá al final sí, pero espero que no sea de muchas consecuencias.
Pero, aquí no tendrá comodidades ni... -La réplica de Felisa queda sin terminar al escuchar la voz entrecortada y acongojada de Jazmín: —Es aquí donde quiero estar, aquí quiero aliviarme, nadie lo sabe, sólo tú... Estoy embarazada.

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El chofer luego de lavar el auto y calentarlo, lo deja en disposición para su uso y se retira. La joven sale de la casa con una maleta deportiva cargada en una mano y en la otra, sus libros; va vestida con ropa sport como si fuera a prácticas deportivas, aborda el auto y su madre le da el adiós desde la puerta; se abre la reja de la calle, sale el auto, el portero cierra la puerta y la madre se introduce a la casa.
El vehículo llega cerca de.la Universidad privada, se estaciona, en unos instantes baja la conductora, camina unos pasos rumbo al edificio escolar, se detiene quedándose inmóvil como si se arrepintiera del rumbo tomado; da media vuelta y regresa con pasos acelerados. Sube nuevamente al automóvil, lo arranca y toma dirección hacia el norte de la ciudad, circulando por avenidas y calles que desconoce pues nunca ha circulado por esta zona.
Ya muy al norte entre las calles de una colonia muy populosa, reduce la velocidad buscando un sitio determinado. Ve una cuadra con comercios que aún no abren sus cortinas metálicas y se estaciona. Mete sus libros en la maleta. Abre la guantera, saca todos los documentos del carro y los introduce en su bolso. De éste, toma una tarjeta con los datos de su domicilio y la deja en la guantera. La cierra, revisa el interior del auto paseando la vista por todo el espacio, quita las llaves del encendido, desciende cerrando la portezuela sin el seguro colocado; voltea hacia todos lados para ver si alguien se ha fijado en ella. La acera, aún temprano, se encuentra vacía y sin dudar inicia su caminar con rumbo a la avenida más cercana. Recorre dos cuadras y se sube a un autobús que lleva rumbo al centro de la ciudad; en esta zona aborda un tranvía cuyo final de la ruta la deja en Tlalpan y nuevamente, ahora ya conociendo el medio de transporte al cual subirse, llega al paraje ya transitado y al apearse empieza a caminar con conocimiento de la zona. Llega a una casa y después de llamar a la puerta, al acudir una mujer a sus toquidos, le dice:
Ya estoy aquí Felisa. - Sin asombrarse la mujer contesta:
Si señorita, pase, ya está todo listo, pase y vea si es de su agrado. -La joven pasa al fondo de la casa, entra a un cuarto, abre la puerta y recorre con la vista el lugar: Una cama individual, un buró, una mesita rústica de madera y sobre ella un televisor pequeño, en el muro una varilla para colgar su ropa y de instalaciones, un contacto, un apagador y el foco respectivo para la iluminación nocturna. La habitación sin ventana recibe la luz natural por un pequeño vidrio colocado en la parte superior de la puerta. De pie, sonriendo satisfecha, voltea y le responde:
Sí Felisa, es suficiente para mis necesidades. Entra, saca sus libros depositándolos sobre la mesa, cuelga la muda de ropa en la varilla, acomoda los zapatos bajo la cama, se sienta en la orilla de la cama recostándose enseguida, hablando en voz baja para sí misma:
Aquí estoy, a ver que sucede, creo que sea lo más pertinente, ¡Ojala y todo salga bien!

Por la tarde, a unas horas de su llegada y unos momentos después de su primera comida, Jazmín le pidió que la acompañara a Tlalpan; caminaron a la carretera, abordaron el transporte y bajándose en el paradero de inmediato buscó un teléfono público, marcó un número, en cuanto oyó que llamaba sacó un papel y le indicó a Felisa que leyera modificando su voz, lo que estaba escrito. Al obtener la comunicación le pasó el auricular telefónico y Felisa pronunció: -“La señorita Jazmín está bien. Esperen después otras llamadas”. -- Oprimió el contacto para interrumpir la llamada, colgó el aparato y le agradeció a Felisa el favor efectuado, dirigiéndose a una tienda de abarrotes donde compró alimentos enlatados y lo que requiriera su ahora protectora para su despensa, lo suficiente para varios días, regresando prontamente a su nuevo domicilio.

Unos días después ya por así decirlo, aclimatada en su nuevo hogar y teniendo conocimiento del poco movimiento que había entre el escaso vecindario, le dio a Felisa las respuestas por si acaso le preguntaban quien era la que estaba acompañándola. Ella tendría que decirles que era su prima que había llegado de su pueblo natal para aliviarse, al notarle que estaba embarazada y además, para ayudarle a cuidar a sus hijas mientras que ella trabajaba al tener ya más tiempo libre para ello, dado que de su esposo aún no tenía razón y no contaba con dinero suficiente para mantenerse.
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Jazmín y su compañía, bajaron a la zona de hospitales y se dirigieron al sanatorio de la zona que contaba con los servicios de obstetricia los cuales los ofrecía como asistencia social para las mujeres más necesitadas de las áreas rurales que conformaban la población que rodeaba al sanatorio. Jazmín se inscribió con otro nombre como paciente para recibir los cuidados médicos que ya necesitaba, pues se encontraba en el quinto mes de su embarazo y, cada mes, rutinariamente regresaba a su revisión, siempre acompañada de su nueva familia. Así, manteniéndose en su auto encierro, llegó la fecha del alumbramiento. Esperó el regreso de la mujer que había encargado a sus pequeñas con una vecina a la que mucha confianza le tenía, ya que trabajaba para ella y sabía hacía donde se dirigían. Ambas caminando llegaron hasta la carretera, allí tuvieron que abordar un taxi que las llevó hasta el hospital porque el momento se precipitaba. Entró, declarada su gravidez ya no la dejaron salir. Felisa regresó a casa para atender a sus niñas y fue hasta el siguiente día cuando la visitó llevándole el ajuar infantil que le encargaron comprar: había nacido una niña, el parto fue normal y ambas se encontraban en buen estado de salud.
Al ser dada de alta, Jazmín esperó en la sala del hospital la llegada de su compañera y en cuanto la vio cruzar la puerta, se levantó dirigiéndose a un teléfono público que se encontraba dentro del área de ingreso; volvió a marcar el mismo número telefónico entregándole otro papel escrito con el texto que tendría que decir al contestar la llamada, nuevamente fingiendo la voz. Al recibir el aparato dijo: -“La joven Jazmín se encuentra bien y pronto estará a su lado”. --Eso era todo. Colgó y dándole a cargar a su bebé, ambas mujeres, juntas como en la llegada, salieron con rumbo a su humilde domicilio.
Durante seis meses alimentó a su niña combinando el pecho con leche de lata y al terminársele la propia, considerando que había llegado el tiempo de continuar sus planes, le habló de esta manera a Felisa:
Mira querida amiga, mucho me has ayudado, sin tu apoyo no me hubiera sido posible realizar mi propósito. Te estoy muy agradecida y te quiero proponer lo siguiente, si aceptas por ese sólo hecho no volverás a sufrir carencias. Debes saber que quiero irme ya, pero sola. Tú te quedarás con la niña y la considerarás como hija tuya. Posteriormente la llevaremos a bautizar y yo seré su madrina con el nombre que di en el sanatorio. También debes saber que lo hago porque quiero rehacer mi vida y en esta vida no cabe mi hija. Con el tiempo... quizá regrese a mi lado pero, no como mi hija sino como ahijada o como mi protegida, no sé. Te daré el dinero suficiente para que la cuides, mantengas, la eduques a la par que con tus pequeñas; ellas serán sus hermanas, a mí me olvidaran pronto, tenlo por seguro y tú cooperarás con ello para me que borren de su memoria. Durante algún tiempo no podré regresar y luego lo haré tal como llegué, a pié, como una visita normal entre parientes... luego, ya Dios dirá. Toma, te entrego todo el dinero que me queda, creo será suficiente para unos seis meses. Ahora, si aceptas, debo preparar mi regreso y como siempre cuento con tu ayuda, ¿estás de acuerdo?
Felisa escuchó todo, primero con asombro, no creía que una madre pudiera renunciar de esta manera a una hija; en silencio, poco a poco lo fue tomando con un poco más de comprensión y luego, ya con el dinero en la mano, que le aseguraba una vida sin pobreza y sin hambre para sus hijas, sopesó el tener una hija más que cuidar, una responsabilidad mayor por la cual tendría que responder, primero estaban sus hijas, ya vería después que le diría a Cástulo cuando regresara. Aceptaría. Sin decir palabra alguna, sin levantar la vista, con la cabeza, asintió a la propuesta que le hizo Jazmín.
Aprovechó muy temprano la mañana del siguiente domingo, día que había menos gente en las calles, para su regreso. Se vistió con la misma ropa con la cual había llegado. Espero que Felisa regresara de encargar con la vecina conocida, para que cuidara a las tres niñas y las dos mujeres salieron llevando en una bolsa de ixtle lo que se necesitaba. Tomaron la ruta acostumbrada y en el paradero abordaron un camión que las llevó por Insurgentes y se bajaron en Barranca del Muerto. Aquí tomaron otro autobús con rumbo a Santa Lucía, se bajaron al final de la colonia Molino de Rosas y comenzaron a caminar calles abajo buscando una arteria que estuviera desierta. Al ver una cerrada, solitaria, rápidamente Felisa le ató bien apretadas las manos por la espalda y le colocó una venda sobre los ojos y unos segundos después desaparecía por la esquina de la calle que bajaba hacia la avenida principal. Tomó el camión que pasó enseguida y se regresó a su casa. Mientras, Jazmín pedía, unos minutos más tarde, considerando que Felisa ya había salido de la calle, desapareciendo de donde se encontraba ella, a gritos, ayuda. A sus exclamaciones acudieron rápidamente, saliendo de sus casas, varias mujeres que le prestaron auxilio, retirándole las ligaduras de las manos y la cinta de los ojos. Pidió le dijeran dónde había un teléfono y solicitando unas monedas para efectuar una llamada marcó a su casa.
El teléfono de la residencia Aristegui, timbró. El mayordomo como siempre, contestó, y sin guardar el protocolo, levantando la voz llamó a los patrones que aún se encontraban en su recámara:
¡Señor! ¡Señora! ¡La señorita Jazmín está al teléfono! -Tan rápido como se lo permitieron sus cansadas piernas, la señora tomó el auricular contestando con las palabras atorándosele en la garganta por la angustia:
¿Hija mía, eres tú? ¿Dónde estás?
Sí mami, soy yo, estoy en una calle, creo es… déjame ver... sí, es la calle Rosa Roja, colonia... Molino de Rosas, me dicen...
¿Con quién estás?
Con las personas que me quitaron la venda de mis ojos y desataron mis manos que las traía amarradas por la espalda.
No te muevas de allí, ahora mismo te mando al chofer que vaya por ti...
No mami, voy a tomar un taxi y más rápido llego a casa; avísale a mi papá que voy para casa... Estas amables personas ya detuvieron un taxi, al ratito nos vemos...- Y colgó, dejando en silencio a sus padres que sólo se miraban a los ojos, incrédulos de lo que habían escuchado.

Con una ostensible suciedad en sus ropas, las mismas que llevaba puestas el día de su desaparición, en su cuerpo y en el descuidado cabello, sin ningún maquillaje en el rostro y varios kilos de menos en su físico, bajó del auto, recibiéndola su madre en cuanto piso la banqueta frente a la casa. El padre esperó que traspusiera la puerta para recibirla y luego de muchos besos y lágrimas, los tres, abrazados, penetraron a la mansión. Las preguntas quedarían para después; lo principal era que ella estaba en casa tras más de diez meses de su desaparición.
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Le suplico me informe paso a paso como estuvo su secuestro, si recuerda en donde la recluyeron y...-Interrumpió el padre: —Ya le dije comandante que no queremos más molestias para mi hija, está sana y salva y eso es lo que nos importa.
Señor Aristegui, recurrió a nosotros, levantamos una averiguación y su expediente debe cerrarse. ¿Quiere que continuemos aquí en su casa o prefiere que cite a su hija a rendir su declaración en la jefatura frente al Ministerio Público y al presente? El padre calló y continuó escuchando las preguntas y respuestas de los interlocutores.

Jazmín dijo, fue interceptada en la calle lateral a la avenida Revolución, antes de llegar a la Universidad para asistir a su primera clase, serian, recuerda, como un cuarto para la siete de la mañana, por un auto de color blanco de reciente modelo, del cual bajaron tres encapuchados portando armas muy grandes. Amagándola y por el susto recibido, no pudo identificar a ninguno de ellos. Le ordenaron a señas que se bajara y abordara el otro auto por la portezuela trasera notando que no tenía placa de circulación. Dentro del auto le taparon los ojos con un trapo negro, le taparon la boca y le ordenaron tirarse al piso del auto; la taparon con un tapete y se subieron dos de los maleantes sentándose y colocando sus pies sobre su cuerpo. Otro tipo permaneció al volante y a la voz del que fungía como jefe, escuchó que le ordenaba a un tercero que manejara el auto de su propiedad y que iniciara la marcha el que estaba al volante en el carro en que ella se encontraba. Se percató que la trajeron circulando como dos horas hasta que considera llegaron a un pueblo porque luego de transitar por caminos pavimentados, posiblemente carretera ya que no se detuvieron en ningún alto ni semáforo, se oyó que el auto rodaba por terracería, para finalmente, detenerse. La bajaron y encerraron en un cuarto con piso de tierra, le retiraron la mordaza ordenándole que no se quitara la venda hasta que ellos salieran del cuarto. Al cerrar la puerta, escuchó que la obstruían colocando un candado.
Al retirar el trapo negro de sus ojos, revisó donde se encontraba: Un cuarto muy pequeño sin ventanas, con una colchoneta en un rincón y un cojín para almohada y una cobija muy sucia; una mesita de madera, un foco para iluminación y una bacinilla para sus necesidades corporales.
Continuó diciendo que le llevaban una comida al día, suficiente, con un posillo lleno de agua. Nada más. ¿Baño? Tres o cuatro veces a lo más durante todo el encierro, no recordándolo bien, acercándole dos botes alcoholeros uno con agua tibia. Llevó la cuenta de los días de encierro rayando con la cuchara de plástico que utilizaba para comer, en el muro junto a su colchoneta, considerando un día porcada vez que le llevaban los alimentos y así en su rudimentaria cuenta, tenía la noción que llevaba un poco más de diez meses de encierro.
Por la madrugada de este día cuando la soltaron, explicó que habían entrado iluminando el cuarto con una linterna sorda, la despertaron y encandilaron con la luz, ordenándole que se levantara. Luego contó: Me ataron las manos por la espalda y me vendaron los ojos; escuché cuchicheos fuera del cuarto que decían que era preferible matarme y tirarme en cualquier barranca, ya que no habían podido contactar con mis familiares para obtener alguna recompensa, que hacer lo que ordenaba el jefe. No estaban de acuerdo con él, ya que consideraban que durante el tiempo de reclusión, no los había reconocido, nunca se habían dejado de ver por mí, si tal vez reconocería sus voces; pero sus caras no me las mostraron nunca.
Aún vendada, percibí que continuaba la noche sin aparecer el crepúsculo matinal por el frío que se sentía; luego me sacaron de la pieza que fue mi prisión, cruce varios cuartos, salí a la calle, me subieron a un auto, que quizá eras el mismo en que me llevaron por que el motor sonaba igual, repitiéndose lo de la vez anterior: me tiraron al piso trasero cubriéndome con una cobija o tapete subiéndose dos tipos y colocando sus pies encima de mí.
Luego de circular por dos horas nuevamente, imagino, el auto se detuvo, me bajaron y ordenaron me mantuviera callada mientras se alejaban, si no me dispararían y de seguro me matarían, abandonándome en una solitaria calle. Allí, unas personas, a mis gritos, me auxiliaron, me desataron y quitaron la venda de mis ojos, me prestaron unas monedas y de una caseta telefónica me comuniqué a casa, tomé un taxi y aquí estoy, comandante.
El agente encargado del caso habló: --Hay que ir a esa calle señorita, ver si podemos localizar a alguna persona que haya visto el auto, sería una buena pista; mientras recorreremos en su compañía la carretera federal desde Tlalpan hasta Huizilac, para ver si recuerda algún sitio por el que la hayan trasladado. –El comandante permaneció callado, hilando sus pensamientos, luego se puso de pie y comentó: --Bien señorita, si recuerda algún detalle que nos sirva como pista, hábleme directo a mi oficina. Aquí tiene mi tarjeta. Descanse y conforme investiguemos con los datos que nos dio, vendremos nuevamente a platicar con usted y a efectuar los recorridos que sugiere mi agente. –Volteando hacia el señor de la casa le dijo:
Hasta luego y estaremos en contacto señor Aristegui. –Abandonando la casa en compañía de sus policías.
Jazmín observando a través del cancel de la sala la retirada de los agentes, meditó que hasta el momento todo estaba saliendo conforme a lo planeado… el engaño estaba bien sustentado y tal vez, creído. El tiempo lo diría.
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Pasados los momentos críticos de su regreso, sobre todo la presencia de la policía y después de la declaración de los sucesos a su manera, Jazmín se dirigió a su recámara, se desvistió y se introdujo al sanitario; se daría un baño, un muy buen baño después de muchos meses de no dárselo. Al recibir el agua de la regadera sobre su rostro, recordó los jicarazos de agua tibia que se dio durante los meses de su obligado y premeditado secuestro; luego, se metió a la tina y el agua caliente la hizo dormitar, aprovechando el relajamiento para pensar los pasos siguientes que debería seguir con los cuales reordenaría su vida. Unas dos horas después ya bien descansada, bajó a reunirse con sus padres. Éstos, nuevamente le abrazaron y escuchó de su padre las palabras que le obviaron seguir contando embustes, los cuales le podrían poner en situación de contradecirse si cometía algún error en los tiempos y en los sucesos inventados.
Hija, nos imaginamos por las que pasaste y no queremos que recuerdes más esos momentos. Para nosotros es cosa del pasado. Estás a nuestro lado sana y salva y eso es lo que importa. Así que no te mortificaremos pidiéndote nos cuentes más de ése ominoso suceso. Lo olvidaremos y sólo nos preocupa ahora tu futuro... ¿Has pensado que vas a hacer?
Si papá; primero les agradezco su posición. - Abrazando a su madre que se encontraba sentada en su sillón personal. —Yo también lo quiero olvidar y su cariño y comprensión me ayudarán a realizarlo. Segundo, voy a regresar a estudiar; pero no a la Universidad que asisto, no; allí no, todo sería estarles contando de mi secuestro a mis compañeros, y sería muy traumatizante para mí estar recordando todo el tiempo lo sucedido. Mañana mismo voy a la UNAM; quiero estudiar la carrera diplomática y pronto se iniciaran los cursos, voy a ir a los servicios escolares con la documentación que tengo y la que recoja de la Universidad para ver cuantas materias me revalidan y a que grado me inscribo y para eso, necesito tu recomendación dirigida al director de la facultad, el doctor Hersog, el cual es gran amigo tuyo, ¿no es así?
La voz del mayordomo interrumpió la plática al decirles que podían pasar al comedor, los alimentos estaban listos para ser servidos y, antes de sentarse Jazmín se dirigió a la cocina para decirle a la recamarera: —Matilde, la ropa sucia con la que llegué, no la vayas a tirar, al contrario, la lavas y la planchas muy bien y la guardas en mi closet, quiero mantenerla como un único y mal recuerdo de mi ausencia de esta casa. -Después, la familia reunida, paladeando los platillos especiales que se prepararon para festejar el regreso de la señorita de la casa, volvió la felicidad y la armonía de que gozaban meses antes.
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Seis meses después, días antes de que la niña cumpliera un año, dejando su auto en el estacionamiento de la facultad a la salida de sus clases matutinas, cambiándose de ropa en el sanitario, Jazmín fue a recorrer el camino ya bien conocido; ahora, estando muy cerca el paradero de los autobuses de la Ciudad Universitaria. Al llegar a la casa donde vivió recluida, Felisa la recibió con alegría aunque con cara de preocupación:
Señorita, que bueno que vino... La niña ha estado malita, la he llevado al hospital y no se ha aliviado, la medicina que le han dado no le ha surtido efecto...
Dámela... -Fue !o único que dijo Jazmín, la cargó y salió rápido hacia la carretera. Allí esperó el paso de un taxi y la llevó con un médico pediatra de reconocido prestigio conocido de su familia, presentando a la niña como su ahijada. El médico, al abrir el expediente le preguntó sus datos: el nombre de la hiña primeramente, cosa que Jazmín no esperaba... ¿Cómo se llamaba? No lo había pensado... quizá Felisa ya le había dado algún nombre... Sólo le llegó el recuerdo del nombre de su abuela ya fallecida y así le llamó dando después los apellidos de Felisa.
Una vez que fue revisada, diagnosticada, recetada y explicada la forma de dar los medicamentos, Jazmín le suplicó al doctor que, si en caso de la niña fuera llevada de emergencia por su madre y no tuviera para cubrir sus honorarios, en el entendido de que provenía de una familia de escasos recursos, de todos modos le pedía que la atendiera y ella vendría después a pagarle. Resuelto este problema para futuras, aunque no deseadas, enfermedades, salió del consultorio y una hora mas tarde estaba frente a Felisa, que azorada, recibió a la niña diciéndole:
iAy señorita, qué bueno que vino! Le rogaba a Dios que usted apareciera y mire: me hizo el milagro...
La niña ya se encuentra bien, sigue lo indicado en la receta hasta que se termine la medicina. Si algo grave le sucede posteriormente, en la receta está el domicilio del consultorio del doctor, llévala allí, ya tiene expediente como paciente y la atenderán sin que...-impidiendo que continuara, Felisa le dijo:
 No señorita, déjeme dónde puedo localizarla por alguna emergencia, algún número de teléfono, por si la niña se pone muy grave, que hago...
No, no debes saber nada de mí, la única comunicación que tendremos sólo será cuando te visite. Si es de gravedad, ya te dije, llévala con el doctor de la receta o al hospital, no hay de otra forma. Y ahora a otra cosa que había olvidado, ¿Tienes ya algún nombre para la niña?
No señorita, la llamo como usted se llama; pero usted dirá como llamarla… Debemos ya bautizarla y registrarla en el registro civil, tal como lo hice con mis hijas.
Tienes razón, vengo el día que cumplirá un año, ese día la registraremos y la bautizaremos... Se llamará como mi abuela: Adelina.
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Mientras la niña crecía, en forma regular Jazmín acudía a visitaría cada seis meses, el día de su cumpleaños y el día más cercano a la llegada de los Santos Reyes; llevándole ropa, juguetes y dinero a Felisa. Así, hasta que la joven madre terminó su carrera y el doctorado después. Por las recomendaciones del padre, no tuvo ningún obstáculo en ser admitida en el servicio exterior del Gobierno Federal y como cónsul debería trasladarse a un pequeño país europeo, San Marino, en la costa mediterránea.
Días antes de su partida llegó a los pequeños cuartos para decirle a Felisa que ahora sí, se iba a ausentar por un largo período de tiempo. Le dio indicaciones de cómo asistir a una sucursal de correos para cobrar mensualmente una cantidad de dinero, suficiente para cubrir los gastos de la niña y una cantidad extra en caso de emergencias, recordándole que si de médico se tratara, acudiera al pediatra sin temor de no tener dinero para pagarle, ya que ella como siempre le había dicho, se haría cargo de los honorarios desde el lugar donde se encontrara.
Cargó y besó como despedida a la pequeña Adelina, ya para entonces una hermosa niña con un gran parecido a la madre biológica, a una fecha muy próxima para que cumpliera los seis años de edad. La bajó al piso y con un simple abrazo, dando un rápido giro, salió rápidamente, antes de que Felisa la viera llorar y no le creyera que sus lágrimas fueran producto de un arrepentimiento tardío por el abandono en que tenía a la niña y por el remordimiento que le acosaba por los hechos que había tramado para alejarla de su lado y no se descubriera el embarazo no deseado que gestó. Ya después, quizá casada, regresaría por ella para darle el hogar que por ahora no podía darle, tal vez fingiendo una adopción por cualquier motivo, ante su probable y futura pareja.
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Adelina decía que había nacido en buena cuna porque por mucho tiempo uso primero y guardó después, un cobertor muy fino de seda y lana con el que sabía que desde era una bebita, la habían tapado. El cobertor ya deshilachado fue entregado al comprador de ropa vieja que con su carretón empujado por el mismo, recorría muchas zonas populares de la ciudad.
La cobija era guardada en la parte baja de un viejo ropero, ya desvencijado, y antes de acostarse abría la puerta la cual tenía como todos, una luna; pero ésta ya muy oxidada con áreas en las que ya no se reflejaba la imagen del que se asomara frente a ella. Con sus deditos lo tocaba y parecía que tuviera un imán con el cual le trasmitía efluvios especiales para dormir y, a pierna suelta tendida en el suelo sobre una raída colcha, dormía junto al catre donde descansaban sus dos hermanas mayores.
Recordaba también que fue la primera vez que lloró porque su madre, sin avisarle lo había vendido; así, llorando, le preguntó el porqué y caso raro, dado que nunca recibía palabras dulces y caricias, sino regaños y órdenes con gritos por tardarse en los mandados o en las labores domésticas que le encargaban. Esta vez escuchó que le decía acercándola hacia donde estaba sentada y subiéndola en sus piernas, unas palabras que todavía no olvidaba:
No hija, no Io hice por molestarte... es que ya está muy viejo y muy usado, ya no se puede usar. El ropavejero me dio unas monedas por él... toma, cómprate algo para ti. Le dio un beso en la mejilla, le acarició su carita aun mojada por sus lágrimas secándosela con la punta de su delantal y al tiempo de recibir la moneda le dijo:
Te quiero hija, te quiero mucho, debes saberlo; aunque por esta vida tan pobre que llevamos y por lo enfermizas y respondonas que son tus hermanas que me ponen de mal humor, no te lo demuestre. ¡Ándale! Vete a comprar alguna golosina, toda para ti.
Resbalándose de sus piernas, Adelina, al tocar el piso de tierra del cuarto donde estaban, corrió hacia la calle dirigiéndose al puesto de dulces que se encontraba en la esquina de la calle; puesto tan pobre como toda la colonia en que habitaban, ya que consistía en una tabla sobre unos huacales en la que habían colocado bien acomodados muchos dulces, y para espantar a las moscas, evitando que se posaran sobre ellos, utilizaban un plumero confeccionado con tiras de papel periódico pegadas a un pedazo de palo de escoba que lo mismo servía para quitar el polvo que caía sobre las golosinas como para retirar a los insectos. Tras la tabla se encontraba una anciana atendiéndolo y despertando cada vez que llegaba un cliente, niño casi siempre. Hasta allí llego Adelina y satisfizo sus deseos ampliamente escogiendo los dulces que casi nunca tenía la oportunidad de probarlos.
Recordaba también que dos veces, cuando cumplió cuatro y luego cinco años, la había visitado una señorita muy guapa y que a ella la bañaban muy temprano el lavadero del patio y la vestían con vestido nuevo de tela floreada que ella le parecía muy bonito. Su madre le peinaba su cabello fino, ondulado; no como el de sus hermanas, lacio e hirsuto, colocándondole finalmente como diadema, un pedazo de tela y luego un moño. Corría a verse en el espejo del ropero y se gustaba como se veía. Era bonita. Su madre le había dicho que la señorita era su madrina y que por eso venía a visitarla. Recordaba que la última vez le llevó una muñeca que casi no disfrutó, pues sus hermanas se la habían quitado. El año siguiente con ansias la esperó; pero no vino. Tampoco el siguiente. Aun así, no comprendía porque el día de su cumpleaños siendo tan pobres, su madre tenía dinero para comprarle algo de ropa y zapatos y en algunas ocasiones hasta un pastel de chocolate y sólo a ella, ya que para sus hermanas no tenían regalos ni vestidos ni fiesta. Sus santos pasaban desapercibidos. También no comprendía por que ese día su madre estrenaba ropa nueva y hasta su delantal era nuevo y porqué ese día no la regañaban como todos los demás del año.
Al paso de los años olvidó a la señorita y sólo volvieron sus recuerdos cuando al terminar el sexto año con muy buenas calificaciones, su madre le dijo que probablemente su madrina podría venir a su fiesta; Adelina se esmeró en su arreglo, le compraron su vestido largo, vaporoso, y se sentía muy contenta de verse así; decía que parecía niña rica, que ella no era de ese barrio y procuraría estudiar para ser rica como imaginaba a su madrina. La fiesta terminó y la madrina no se presentó. Entonces sí, la echó al olvido y nunca volvió a pensar en ella. Su madre, también guardo silencio.
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Días después del festival, tras una ausencia de más de trece años, al regresar del mercado en compañía de sus tres hijas, se encontró con una sorpresa: Cástulo había regresado. De pie, ante la puerta de entrada, la estaba esperando. Su físico revelaba tal vez, que padeció una grave enfermedad o quizá, durante su alejamiento vivió miserablemente. Flaco, envejecido, mal vestido y con tan sólo una vieja maleta deportiva a su lado, le dijo lacónicamente que había regresado. Ni a Felisa ni a sus tres hijas, que no lo reconocieron, mucho menos Adelina que nació tiempo después de su partida, les causó buena impresión. Secamente, tal como él las había saludado, al decirles a las niñas que el hombre que estaba frente a ellas era su padre, le extendieron la mano y sin mediar palabras, pasaron al interior de la casa. Cástulo, en silencio, recorrió los cuartos notando las mejorías que Felisa había realizado. Vio el baño y preguntó:
¿Hay agua caliente? Me quiero dar un baño, me caería bien dado el estado en que me encuentro... nada más que no traigo ropa limpia... -No continuó hablando dado que mientras Felisa abría una puerta de su desvencijado ropero, lo interrumpió diciéndole:
Aquí tengo algo de lo que dejaste cuando te fuiste, aún están en condiciones de usarse. Anda, entra a bañarte, ahora prendo al boiler y rápidamente se calentará. Al salir de asearse, Felisa le tenía preparado y colocado sobre la mesita de la cocina, un plato con los sobrantes de la comida del día anterior y un montón de tortillas recalentadas. Casi ordenándole, lo invitó a que comiera y éste, en silencio, devoró los alimentos. Terminando, agradeció y volteando hacia la mujer, sin mediar comentario alguno, le espetó:
¿De quién es la niña más pequeña? -Sin contestar, Felisa les indicó a sus hijas que salieran de la casa; que si querían podían ir a visitar a sus amigas, que quería hablar a solas con su padre. Una vez que salieron, regresó y se sentó frente a él, mirándolo duramente le contestó:
Pues de quien ha de ser, si no es que tuya; quedé embarazada cuando te largaste, no te lo pude decir ya que contigo era imposible hablar y menos que me escucharas, dada la situación en que vivíamos.
Es que no se parece en nada a mí.
Ni ella ni tus otras dos hijas se parecen a ti, fíjate, salieron ganando al parecerse a mí.-Por unos momentos calló y recorriendo la vista por las paredes, olvidando la respuesta recibida, nuevamente preguntó:
Has mejorado, ¿cómo le has hecho?
¿Cómo que cómo? Pues trabajando, sobándome el lomo todos los días, no hay de otra, ya sea lavando y planchando ajeno, sirviendo en casas ricas de Tlalpan, pasando muchas miserias y carencias gracias a tu ayuda que nunca llegó. Nos abandonaste totalmente, casi trece años de no saber nada de ti, y ahora ¿a qué has venido?
La mera verdad, no sé... Quizá por pura curiosidad... Sé muy bien que no tengo cara para presentarme ante ti... Quizá al contarte todo lo que me pasó y todo lo que sufrí por allá, pensé, o tal vez pasó por mi mente que fuera posible que me perdonarías y poder vivir contigo lo que me resta de vida... Pues has de saber que estoy muy enfermo, estoy podrido por dentro, dicen que tengo cáncer o algo así de grave... --Cástulo, bajó la cabeza hasta tocar su frente la mesa y entrelazó sus manos tras la nuca y comenzó a sollozar. Impávida, Felisa observó al hombre con el cual inició su vida en la ciudad, al hombre que aceptó para no caer en la vida fácil que llevaba su amiga y paisana, ¿pero acaso ella no había llevado una mala vida por causa del abandono? ¿Qué hubiera sido de ella y sus dos hijas sin la ayuda de Jazmín; sí, tuvo que hacerse cargo de otra niña, de la cual se sentía muy orgullosa, pero el apoyo económico que recibió, fue y seguía siendo vital para ellas.
Al verlo así abatido, no le despertaba ningún sentimiento hacia él; quizá ahora sólo lástima. Reinaba más en su corazón el rencor por el abandono en que las tuvo, que aquel lejano agradecimiento y respeto, más no amor, que sintió por aquel hombre, por el padre de sus hijas, el hombre que se fue de su lado y que ya sentía que había sido para siempre. Se mantuvo callada respetando el dolor que mostraba el recién llegado, hasta que luego de un largo silencio, Cástulo levantó la cabeza y en voz muy baja preguntó:
¿Qué dices Felisa, es posible que me aceptes?
No, en definitiva, no. - Tajante fue la respuesta de la mujer.
Recuerda que esta casa es mía... -Sin dejar que continuara, Felisa le increpó:
Sí claro, ahora impones tus derechos de propiedad y ¿las obligaciones que tenías de mantener a tus hijas y cuidar por este hogar y por tu propiedad? Te las pasaste por el arco del triunfo; es tu casa, sí, y deberías ser bienvenido, pero, si estás tan enfermo y buscas morir bajo este techo, que es tuyo según dices, ¿Acaso traes dinero para mantenerte, comprar las medicinas que requieres y finalmente pagar tu entierro? ¿O es otra carga para esta mujer a la que suplicas tu perdón? Porque según veo, estás imposibilitado para trabajar.
Tienes razón en todo, estoy muy jodido, no tengo dinero ni trabajo ni a donde ir, he buscado a un antiguo compañero de la línea de camiones, le he platicado mi situación y sabe que estoy imposibilitado para volver a manejar, sólo me ha ayudado con algunos centavos. Por eso sólo busco tu compasión, que me dejes un rincón donde pueda dormir, de mis alimentos y lo que necesite, saldré a la calle a buscarlos, pediré limosna como ya lo he hecho anteriormente.

Cástulo ocupó el pequeño cuarto con el mismo catre que utilizó Jazmín durante su reclusión, sacando el humilde mobiliario que Adelina usaba, colocándolo en el mismo cuarto que compartiría ahora con su madre. Si al principio Felisa se preocupaba por la ausencia de varios días de Cástulo pensando que tal vez hubiera fallecido, se fue acostumbrando al dicho de él que, cuando no reunía suficiente dinero para trasladarse hasta la casa, o se quedaba en la calle en compañía de otros pordioseros, colegas como el les decía, o se quedaba en un albergue que el gobierno proporcionaba a los indigentes por el mercado Abelardo Rodríguez, muy cerca de Mixcalco..
De esta manera pasó cerca de un año durante el cual, Felisa le lavaba su ropa, le compraba lo que más necesitara, lo atendía y trataba de hacerle su vida más aplacible y que pudiera en cierta forma mitigar los dolores que sufría por la enfermedad que lo devoraba. Hasta que cierta noche, Cástulo le pidió que necesitaba hablar con ella, que por favor le escuchara, que ahora más que nunca quería que recibiera de ella su perdón por los actos que había hecho antes de llegar a su lado, ahora que veía llegar el final de su existencia:
Felisa, mientras permanecí en la frontera, después de varios regresos que me hizo la migra y enterarme de la enfermedad que me invadió, recurrí a mis hermanas, creo que sólo una vez las viste cuando fui a presentarte ante ellas como mi esposa; pues bien, ellas me remitieron lo que les pedí a cambio de pagarles cuando tuviera dinero y si así no fuera, que les pagara con el terreno que había heredado de nuestros padres. Cuando regresé, lo primero que hice fue presentarme ante ellas y lo primero que hicieron ellas antes de preguntarme cómo estaba, fue presentarme la cuenta de lo que les debía, aunado al préstamo que me hicieron para pagar la fianza para obtener mí libertad. Yo no me imaginé cuanto recibí, ya que parte lo gasté en medicinas y la otra parte en mis borracheras y me obligaron a pagarles firmando la cesión de esta casa. No te lo dije al presentarme ante tí porque primero quise cerciorarme de cómo vivías después de tantos años, quizá te habrías casado o arrejuntado con otra persona y al constatar tu vida honorable y responsable y permanecer al frente de mis hijas, traté de persuadirlas, no lográndolo. Sólo conseguí que mientras yo viva no harán ningún trámite legal para desalojarte de la casa. No se si puedas defenderte y pagar algún abogado para evitar que te quiten la casa. Yo no estoy en condiciones de ayudarte ni puedo hacer nada. Mañana, muy temprano me voy. No me despido de mis hijas, sólo de tí esperando tu perdón. Si muero, ellas se harán cargo de mi cuerpo. Llevo en mi ropa una tarjeta con su domicilio. A ti no te molestarán con los gastos, sólo prepárate para cuando se presenten ante ti pidiéndote que salgas de la casa. Muy lentamente se resbaló de la silla que ocupaba, arrodillándose frente a la mujer. Levantó la vista mirando a los ojos de Felisa y bajo la cabeza diciendo quedamente:
—Perdón nuevamente. -Felisa no pronunció palabra alguna, lo vio levantarse cansinamente y encaminarse hacia su cuarto, permaneciendo sentada mucho tiempo sin pensar ni entender que le estaba sucediendo... ¿Perder su casa? ¿Por qué? Nunca había pasado por su mente que tal cosa sucediera. La casa era de sus hijas, a ellas les debería haber heredado la propiedad. ¿Abogado? ¿Con qué pagarlo? Ahora es cuando le hacía falta la presencia de la señorita Jazmín. Ella no la dejaría sola; pero, ¿Dónde localizarla? Era un imposible. Lentamente, después de mucho tiempo, se fue a recostar a su cama sin poder dormir. Escuchó muy temprano, antes que amaneciera, la salida de Cástulo; abrazó a su hija y sin poder controlarse, se soltó en un llanto interminable hasta que sus ojos secos, se cerraron para dar paso a un sueño intranquilo.
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Desde que ocupó la vivienda localizada por su amiga y paisana que habitaba un departamento pequeño cerca de allí, mediando dos cuadras de distancia, en una paupérrima vecindad ubicada junto a un escape de las vías del ferrocarril en los límites de la colonia Moctezuma, los ingresos por lavar y planchar y servir en casas acomodadas había sufrido gran merma por ser una zona bastante proletaria, no siendo suficientes para sostener a su familia, en las condiciones actuales.
Poco tiempo después de vivir en los dos pequeños cuartos que rentaba, su segunda hija había huido con el novio sin tener noticias de ella hasta la fecha, y dos años mas tarde, la primera contrajo matrimonio por todas las de la ley; por lo tanto, sólo vivía con su tercera hija y aunque con dos bocas menos, ella se sentía ya muy cansada para trabajar en lo que siempre había hecho. Varias veces suspendió el pesado ejercicio del lavadero al dormírsele el hombro y brazo izquierdo y sin embargo, debía continuar, le hacía falta dinero para mantenerse, ya que los ingresos que seguía recibiendo producto de la mesada otorgada por Jazmín, los empleaba totalmente en la educación de hija. Sabía que necesitaba otro ingreso para sufragar todos sus gastos, otro ingreso diferente al que realizaba; pero, ¿De qué? En esa zona proletaria no conseguiría nada para ella.
La propuesta llegó de una anciana mujer vecina suya. Sola, abandonada por sus hijos, impedida por sus múltiples achaques a trabajar e imposibilitada para caminar el recorrido que efectuada diariamente, le pidió a Felisa que se hiciera cargo del negocito de venta de semillas que tenía frente al cine Venustiano, para no perder su derecho de piso que tenía ganado desde muchos años atrás. Ella, sólo le pedía a cambio o como compensación, que si le faltaba algo de comer entre semana, le ayudara con un taco o sea, que no le hiciera falta de comer cuando lo necesitara, como único derecho por el traspaso del changarro; trabajándolo únicamente de lunes a sábado, ya que los domingos ella se ocuparía de atenderlo desde la matinée hasta la función de la tarde y con las ganancias producto de todo el día, le alcanzaba para cubrir sus humildes necesidades durante el resto de la semana. Así, aun siendo poco lo que ganaría, necesitaba el trabajo y lo aceptó. No desarrollaría un esfuerzo mayúsculo como lo hacía cuando lavaba y planchaba y, teniendo las mañanas libres, lo que cayera de ese tipo de trabajo lo aceptaría también gustosamente.

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Doblaba las patas de la mesita de madera para que ocupara un menor espacio, la acomodaba sobre un carrito con ruedas de balero automotriz, colocaba sobre la mesa el anafre, el comal metálico, el costalito de carbón y, en una bolsa de ixtle las semillas crudas y en otra las ya tostadas y sobrantes de la venta del día anterior. En una caja redonda de envase de avena la carne seca llamada chito; en una cubeta el volteador, una cucharita medidora y un rollo de papel de estraza blanco el cual le servía para hacer cucuruchos donde colocaba el producto que vendía y listo, jalando el carrito con un mecate, arrancaba encaminándose hacia la plazoleta del deportivo en cuya parte lateral izquierda se encontraba la sala cinematográfica. En un lugar cerca de los escalones de acceso se acomodaba, bajaba todos sus aperos y ya depositado el carbón sobre el anafre luego de encenderlo, colocaba el comal y empezaba a tostar las semillas de calabaza principalmente. Acomodaba sobre la mesita ya restablecida en su posición original, todas las demás semillas, la carne seca y, antes de empezar la función estaba lista para ofrecerles a todos sus clientes, los asiduos a la función de cine, sus tan solicitados productos de consumo para el interior de la sala.

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Cada día que pasaba, Felisa se iba sintiendo muy mal, ocultando sus molestias; dolores y opresión del pecho, a su hija; hija radiante de felicidad pues en pocos días se recibiría como licenciada en relaciones exteriores. La facultad por medio de bolsa de trabajo la recomendó para trabajar en una oficina del gobierno central, siendo aceptada por su capacidad, inteligencia y carisma. El día de inicio de sus actividades estaba condicionado a que primero presentara su examen profesional y luego a trabajar, como ella lo deseaba, de tiempo completo.

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¡Mamá! ¡mamacita linda! Ya soy licenciada, gracias a tus esfuerzos. No te defraudé. De ahora en adelante todo será diferente, empezaré a trabajar y tú ya no lo harás. Vas a descansar y a cuidarte, has trabajado mucho para que yo terminara mi carrera y yo sabré recompensar todos tus desvelos y sacrificios. ¡Muchas gracias, mamacita linda! -Abrazando a Felisa, Adelina se dirigió a su madre al salir del examen profesional. Ambas, solas, sin ningún otro familiar, llorando de felicidad, salieron del aula. Un nuevo camino se abría en la desdichada vida de la madre postiza; madre que aún ocultaba el verdadero origen de la hija y que no sabía como decírselo ni cuando ni en que forma hacerlo. Se sentía incapaz e ignorante de llevar a cabo la develación de la identidad de la verdadera madre. Tenía miedo de la forma como reaccionara Adelina; quizá la rechazaría, quizá no le aceptaría que le hubiera ocultado su verdadero origen como lo seguía haciendo hasta la fecha, y además de que había recibido dinero de su verdadera madre para su educación. Ahora, pensaba, sería un buen momento para decírselo; pero, al ver la alegría de la muchacha, calló, no quería oscurecer la felicidad de la nueva profesional, con una revelación que tal vez le trocaría totalmente su vida; aparte de todo eso, pensaba, ¿Cuántos años hacía que Jazmín no se presentaba ante ella? Desde antes que cumpliera seis años, no sabía más de ella. No obstante que la mensualidad nunca faltaba, ¿que tal si... Jazmín, ya no vivía, si ya hubiera muerto y hubiera dado instrucciones al banco de seguir dando la mensualidad por siempre? Ya no sería necesario hablar con ella sobre su identidad; pero, si esto fuera realidad, Adelina tenía derecho a heredar lo que quizá le hubiera dejado su madre y más siendo de familia muy adinerada, no podría dejar que la vida de Adelina tuviera privaciones, sobre todo ahora que iniciaba su vida profesional.

Muchas veces trató de dar con el paradero de la madre investigando en el banco donde recibía la mesada o con el doctor que atendía a la pequeña, recibiendo a cambio respuestas de que no estaban autorizados para dar la información pedida y, desde que fue corrida de su casa en Tlalpan, no obstante de ser mal vista, también visitó a sus cuñadas para preguntar si alguien había pasado a buscarla, sin obtener resultados positivos ya que los cuartos habían sido arrendados y los inquilinos no pudieron dar razón de lo que pedía. De esta forma, consideró que si la madre nunca se volvió a acordar de la hija que renegó y ocultó, daba por un hecho que Jazmín jamás aparecería y por tanto no tendría que decirle a su hija que ella no era su verdadera madre, la madre que la había engendrado y su silencio era la mejor opción. Adelina, por lo pronto, no sabría su verdadero origen; dejaría pasar el momento y esperaría que un futuro muy próximo tomara la decisión de decírselo.
Con todos estos pensamientos encontrados revoloteándole en su mente, Felisa no dormía, veía en sueños que de pronto se aparecía Jazmín y le arrebataba a su hija y ella la injuriaba por no decirle la verdad, yéndose juntas, dejándola sola, abandonada. Toda esta inquietud aceleraba y agravaba su estado de salud minando su ya de por sí endeble estado físico. No obstante, Adelina ya ejerciendo su profesión, le pidió que dejara de trabajar, ya que si aún su sueldo era poco, alcanzaba para que se mantuvieran sin carecer de lo indispensable. Felisa no quería hacerlo, si sus sueños se volvieran realidad, ella sola, sin trabajo, ¿de qué iba a vivir? Se le cerraba el mundo, el mundo en el cual vivía y que siempre fue de pobrezas y carencias, el mundo que ahora era de un futuro muy promisorio para su hija, futuro que quizá, ya no vería realizado.

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.Caminando, jalando su carrito rumbo al cine, su corazón dejó de latir, se negó a seguir funcionando en el cuerpo minado y triste de Felisa, cuerpo que en toda su vida jamás dejó de trabajar. Cayó de rodillas, desplomando su cabeza contra el anafre y vaciándose el contenido de los recipientes sobre ella, cubriendo su pelo las semillas de calabaza, dándole a su cabello un aspecto de aureola, de una corona dorada, muy bella, rejuveneciendo su rostro envejecido, desapareciendo la sonrisa amarga y floreciendo en su facciones una sonrisa de paz, de tranquilidad, de saber que había cumplido con el destino con el que fue marcada. Surgiendo la misma sonrisa que cambiaba en el momento que me acercaba a comprarle las semillas de calabaza, en mi infancia, cuando la conocí, en aquel puesto portátil ubicado antes de entrar a nuestro cine único y preferido.
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Poco tiempo permaneció viviendo en la vecindad. Los recuerdos de su madre vivían a su lado. Tantos años de dormir juntas, en la misma cama, no la dejaban descansar. La soñaba, la sentía junto a sí, la percibía, le parecía que ella no había abandonado este mundo, que estaba allí, acompañándola, cuidándola. Adelina comenzaba a hablar con su madre como si no hubiera muerto, le platicaba los sucesos del día y le pedía le aconsejara, situación que fue convirtiéndose en enfermiza, que la estaba enclaustrando en el mundo que había por siempre vivido, alejándola de su vida profesional y del futuro prometedor de éxitos que le aguardaba.
Reflexionando sobre esta situación, se dio cuenta del error en que vivía y en cuanto tuvo oportunidad de cambiarse de casa, lo hizo, yéndose a vivir a la casa de una compañera de trabajo que ocupaba una vivienda por la colonia San Rafael. Beatriz, su compañera, también soltera, vivía en compañía de su madre, tal como ella lo había hecho en compañía de Felisa, congeniando ambas por la misma situación que la vida les había deparado. Así, compartiendo gastos y por primera vez, ocupando una recámara para ella sola, Adelina se sintió tranquila y libre de atavismos que le impidieran desarrollar su vida profesional.
También, como forma hereditaria. Adelina no sentía ganas de tener relaciones de noviazgo ni amistades masculinas fuera del ámbito de su trabajo. Asediada por su hermosura y apreciada por su inteligencia y capacidad en la oficina gubernamental, no aceptaba invitaciones de ninguna especie. Para ella, todo era trabajo para salir de la pobreza en que siempre había vivido; pensaba primero desarrollarse, capacitarse, aspirando a ser una brillante profesional y ya vendría después todo lo demás. El recuerdo de la vida de su madre, de cómo luchó para sacarla adelante, le animaba, le tendría que sacar adelante. En su recámara, luego de las horas de trabajo, su distracción era estudiar, tendría que sacar una maestría primero y luego un doctorado; ni a Beatriz, su compañera, le aceptaba las invitaciones que le hacía. Sólo los domingos, en seguida de asistir al panteón a visitar a su madre y de preparar su ropa para la semana siguiente, aceptaba el ofrecimiento de ir al cine en compañía de su amiga y de su madre. Tal era su único esparcimiento. Todo lo demás era trabajo y estudio.
Sus esfuerzos poco a poco le fueron dando resultados. Ascendió varios puestos en la oficina donde prestaba sus servicios y conocida por su capacidad por un antiguo jefe con el cual trabajó bajo sus órdenes y siendo transferido éste a una delegación tramitadora de pasaportes dependiente de la secretaría de relaciones exteriores, el cual conociendo que existía una vacante como secretaria particular de una subdirectora regional, la recomendó para ocupar el puesto. Luego de cumplir con los requisitos y aprobar el examen por oposición para tomar la vacante, fue aceptada e inició sus labores dentro de la dependencia para la cual, como era su vocación, había estudiado, preparado y capacitado.
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Jazmín se había casado en Europa con un integrante de un consulado francés, matrimonio en el cual no tuvo hijos y a la muerte de este cónsul, pidió su traslado a la capital, siendo aceptada su reubicación. De esta manera inició sus actividades en México. Sus padres, aún vivos, la visitaron muchas veces en Europa y reintegrada la familia, la vieja casona de las Lomas de Chapultepec volvió a tener vida y alegría con la presencia de Jazmín. Ella se integró a una sociedad mexicana de la cual se había apartado en su juventud; pero ahora por su madurez, experiencia y soltería, su vida social fue muy activa.
Como muchísimos años atrás, en cuanto tuvo el tiempo libre, enfundada con ropa de mezclilla y una sencilla blusa, estacionó su auto y se bajó en el estacionamiento del paradero de Tlalpan. Abordó un microbús que ahora ya no la dejaba a la orilla de la carretera, ahora ya entraba a la muy populosa colonia que se había formado en lo que antes era una desolada zona habitacional.
Difícilmente reconoció donde su ubicaban los cuartuchos donde permaneció oculta, ya que éstos se trasformaron un una casa formal. No obstante, tocó a la puerta pidiendo información sobre una mujer llamada Felisa, no recibiendo ninguna seña. Los ahora ocupantes tenían cerca de diez años de vivir allí y no sabían de ninguna mujer ni de su familia. Preguntó en las casa vecinas, en la tienda, en la panadería, en la escuela y nada ni nadie le dio información. Buscó al médico que le encargó la salud de la pequeña, pero éste ya había muerto y en el banco le notificaron que cerca de dos años atrás habían dejado de presentarse al cobro de la mensualidad asignada. Contrató los servicios de un detective privado para que se hiciera cargo de la búsqueda de la mujer y la pequeña, pero sin datos ni pistas posibles, se logró su localización.
Jazmín, luego de varios meses de investigaciones, perdió las esperanzas de volver a ver a la mujer depositaría de su hija. Tal vez, algún día tendría noticias de ellas, pensamiento que le llegó como una justificación al abandono en que tuvo a su hija. De esta manera, cerraba para siempre en su vida, el capítulo del nacimiento y ocultamiento y de su hija.
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¡Hola! Tú eres Aristegui, Jazmín Aristegui, o ¿Estoy equivocada?, ¿No, verdad? -Volteando al escuchar el saludo, la hermosa dama vistiendo traje de baño, saliendo de la alberca del deportivo y enfundándose una fina bata, titubeante respondió: --Sí, lo soy; pero, acaso tu eres ¿Carmen?; Sí, -escuchó como respuesta. —Efectivamente soy Carmen Salazar, ¿Te acuerdas? Tenemos más de veinte años de no vernos, desde, creo; la Universidad, ¿No es así? -sonriendo levemente, saludándose de mano y luego un abrazo amigable, le contestó: Tal vez más de veinte; pero, ¿ya desayunaste?, si no es así, vamos a la cafetería, te invito y allí platicaremos un poco. -Caminando despaciosamente, charlando sin parar, llegaron al establecimiento y de inmediato al sentarse, comenzaron a rememorar sus tiempos de estudiantes, principalmente; luego de su vida profesional, para finalmente, dado que el tiempo no se los permitía, citarse en fecha posterior para seguir recordando tiempos pasados. Carmen y Jazmín, sino fueron amigas muy intimas como estudiantes, si congeniaron dado que se llegaron a relacionar por la amistad que tenían sus padres, ambos funcionarios del Servicio Exterior Mexicano.

Muy pronto volvieron a encontrarse en un brindis ofrecido por una embajada europea, a la presentación de las cartas credenciales del nuevo embajador designado a representar a su país, ante el gobierno mexicano. Una y otra, alternaban la plática, acordándose de muchas anécdotas y experiencias de su vida y trabajo, y ya intimando, Jazmín le comentó:
De veras, si no me llamas, yo no te hubiera reconocido, has cambiado, sino mucho, no lo suficiente para recordarte, eso sí, tu voz sigue siendo la misma, por ella me acordé de tu nombre, te escuchada en clases respondiendo siempre a las preguntas de los profesores, eso sí no lo olvidé, y de veras; me dio mucho gusto que me hubieras llamado, creo que podremos ser unas buenas amigas, ya que yo viuda y tu soltera aún, no nos liga conflicto conyugal que impida vernos cuantas veces podamos.
Yo al contrario, -comentó Carmen- tu físico no lo olvido, eres y sigues siendo muy guapa; aparte de eso, te sigo viendo casi a diario, no lo has de creer, pero mi secretaria es una muchacha muy parecida a ti, es igual considero, que tú a la misma edad que tiene ella, ¿no lo crees?.
Pues que te diré, la próxima vez que nos reunamos, llévala, así conoceré a mi doble, ¿estamos de acuerdo?

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Muy asediada por sus compañeros de trabajo y los pocos amigos que tenía relacionados todos con el propio ejercicio de su profesión, Adelina seguía permaneciendo ajena a toda insinuación de carácter emocional, no permitiendo algún comentario sobre su soltería, carencia de novio o relación íntima posible que afectara su decisión de llegar sus planes fijados: ser una triunfadora. No obstante, a ojos de su jefa, le llamaba mucho la atención la actitud que presentaba ante la sociedad, una vida totalmente de ostracismo, por lo que en cierta ocasión, al terminar las labores del día y saliendo juntas de la oficina, la invitó teniendo como pretexto algo relacionado con el trabajo:
Adelina, tengo algo de tiempo antes de reunirme con el canciller, ¿no quisieras acompañarme para discutir la propuesta que le presentaré sobre el tema que desarrollaste como proyecto de resolución sobre los inmigrantes de nuestra frontera sureste? Te quitaré un poco de tu tiempo, ¿Vamos a tomar café y lo discutimos? --La joven profesional no se pudo negar a pesar de que sus deseos eran llegar a casa y preparar el examen que presentaría el sábado siguiente, desconociendo totalmente las intenciones que tenía su jefa de investigar sobre su pasado, si efectivamente tenía un parentesco con su amiga actual y compañera de estudios en su juventud.
En seguida de terminar la discusión sobre el proyecto de trabajo, Carmen fue directamente al grano:
Adelina, ¿Tienes algún parentesco con una familia apellidada Aristegui?
No. --rotundamente contestó.
Conoces a una señora llamada Jazmín? o acaso, ¿has oído hablar de ella?. Actualmente ha aparecido en muchas notas periodísticas de la sociedad.
No, licenciada, no la conozco y poco tiempo tengo para leer periódicos; todo mi tiempo libre lo dedico a mis estudios.
¡Vaya! En realidad creo que la estoy regando, debo decirte la verdad.
¿La verdad sobre qué? ¿Y a qué se debe este interrogatorio?
Mira, tengo una amiga de la juventud, en mis tiempos de universitaria, con la cual tienes un parecido asombroso, creí que fueras familiar de ella y si lo permites, quisiera invitarte en alguna ocasión a una reunión oficial de presentación de cartas credenciales de un nuevo cónsul o embajador extranjero, ante el Presidente de la República, en la cual, aparte de que te sirve de experiencia de cómo se llevan estos protocolos, conocerías a esta señora, que ha sido siempre cónsul nuestro en Europa. De veras, acepta. No te arrepentirás, es muy guapa y de muy buena onda, como dicen ustedes los jóvenes. ¿Aceptas mi invitación? -Sin pronunciar palabra, tratando de ordenar sus pensamientos, simplemente, Adelina asintió moviendo en forma afirmativa su cabeza.
Cuando las vio entrar, cruzando el umbral de la vieja casona de la colonia Juárez, sede de la embajada de Luxemburgo, Jazmín sintió que sus piernas se debilitaban. Su padre lo notó preguntándole que le pasaba; ella, recobrando el ánimo, pero sin que la palidez de su rostro regresara a su semblante habitual, le contestó que se había sentido mareada quizá por el ambigú servido o por la bebida ligera que ingirió. No queriendo darles la cara, se trasladó hacia el tocador de damas para allí refrescarse un poco y recobrar la serenidad perdida, no dejando de pensar en un suceso acaecido ya treinta años atrás. No creía que fuese posible. Pero desde la distancia en que la vio, no pudo evitar y reconocer que el parecido de esa mujer era muy similar al suyo, tanto en fisonomía como en cuerpo. Reanimada unos minutos después, regresó y tomando del brazo a su padre, sin haber saludado a su amiga y a su compañera, partieron junto con la comitiva extranjera rumbo al Palacio Presidencial en el zócalo capitalino.
Terminada la ceremonia, Jazmín y su padre rápidamente salieron del recinto presidencial y al detenerse para saludar a un alto funcionario, aprovechó Carmen para acercarse a la pareja y presentarle a su invitada:
Mira Jazmín, esta es la licenciada de que te había hablado, es mi secretaria particular y quisiera que la conocieras, es muy diligente, trabajadora y muy preparada, actualmente está estudiando el doctorado, y como vez, si ambas trajesen el mismo peinado, no dudaría en decirlo; pero como te conozco y es totalmente imposible, diría que son madre e hija. - El padre al ver a la joven, sin ocultar su asombro, comentó:
Oye Jazmín, si yo hubiera tenido otra hija, tenlo por seguro que no hubiera habido tanto parecido como el que tiene la señorita contigo. Invítala a casa para presentársela a tu madre, no me va a creer si yo se lo digo. - Manteniendo la seguridad, Jazmín ostentó serenidad al contestar:
Tienes razón Carmen, se parece mucho a mí, pero como dice mi padre, sería mi hermana menor, no mi hija y lo primero también hay que descartarlo ya que yo fui hija única.
Perdóname Jazmín por mi comentario, sólo trataba de presentarte a mi secretaria, no perseguía ningún otro propósito turbio con ello.
No hay cuidado Carmen, así lo entiendo, por lo tanto, atendiendo a la petición de mi padre, si no tienes inconveniente, -- dirigiéndose a la joven-- y si te lo permite tu jefa, ven a verme a mi oficina, platicaremos un poco y a la salida te invito a comer a mi casa para que te conozca mi madre. --Sacando de su bolso una tarjeta de presentación, se la extendió diciéndole:
—Espero que no faltes, ¿te parece bien el próximo viernes?
La joven licenciada no había pronunciado palabra alguna durante la charla sostenida, mirando sin parpadear a Jazmín, arrobada por su personalidad y belleza, sintiendo una gran atracción hacia ella, la sentía como suya, de su familia, con el mismo sentimiento que aún sentía para su madre ausente, y turbadamente extendió la mano, recogió la tarjeta y pronunció levemente que estaba bien, que acudiría a la cita. Padre e hija dieron la vuelta y antes de salir del recinto, Jazmín volteó preguntándole:
¿Y cómo te llamas? -- Con una sonrisa, le contestó:
Adelina. --Jazmín no soportó más la tensión nerviosa y al escuchar el nombre pedido, cayó desmayada en la puerta de entrada de la antesala de los embajadores del Palacio Presidencial.

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¿Ya está recuperada? ¿No fue de graves consecuencias su desmayo? ¿Quizá debí hablarle por teléfono antes de venir a cumplir con la cita que me dio?
No te preocupes, estoy bien. Fue causa de tanto estrés y no alimentarme bien a las horas debidas, ya has de saber como es este trabajo, muy esclavizado y debe una disponer todas las horas para cumplir lo que requiere el canciller; pero en fin, Carmen me envió tu currículo académico y estoy sorprendida… es muy bueno. De tu familia, dice que tus padres han fallecido, primero tu padre Cástulo y recientemente tu madre, ¿Se llamaba Felisa, si verdad?... Naciste por Tlalpan y por allí cursarte tus primeros años de estudio. Bien. Vives sola… y ahora veremos tu ejercicio profesional. Aunque sólo has estado en dos trabajos, has cumplido satisfactoriamente; estás bien recomendada. Así es que si tú quieres, puedes venir a trabajar en esta secretaría, hay una vacante y tú cumples satisfactoriamente el perfil, ¿qué resuelves o esperas tomarte tu tiempo para responder?
Mi respuesta es sí, de mil amores trabajaría con usted.
Bueno, mientras arreglo y tramito tu alta, ve con Carmen y comunícale tu decisión. Entrega tu cartera y cuando estés libre, preséntate en la oficina de recursos humanos para tu contratación. Mientras, que te parece, te invito el domingo al deportivo que asisto regularmente y luego te invito a comer en mi casa, ¿aceptas?
Adelina, al salir del edificio de relaciones exteriores sentía que caminaba por las nubes; la señora la tenía impresionada, no obstante, no sabía que sentimiento la ligaba a ella, cómo le hacía falta su madre para comunicarle la alegría que en ese momento le albergaba y sin dudarlo tomó el autobús para dirigirse al cementerio y platicar con ella para compartir su felicidad.
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El sábado por la noche, Jazmín les pidió a sus padres que si podía platicar con ellos, quería comunicarles una noticia que tal vez cambiaría su existencia. La mamá bajó de su recámara y se sentó en su poltrona de siempre, su padre salió de su despacho y dirigiéndose directamente a su hija, le dijo:
Ya me imagino lo que nos vas a decir, piensas casarte, ¿no es verdad?
No papá, esa idea no pasa por mi cabeza. Es referente a otro asunto… ¿Recuerdas a la licenciada que me presentó Carmen?
¡Ah! ¿La muchacha que se parece mucho a ti?
Efectivamente, a ella me refiero.
Pues quedaste de traerla a casa para que la conociera tu madre y observara el gran parecido que tiene contigo.
Mañana viene. Nos quedamos de ver en el deportivo y luego la traeré a casa.
¿Y para eso nos reúnes? No lo veo muy relevante. Tráela y ya.
Calma papá, se trata de algo que debo confesarles. Voy a revelarles el engaño que les urdí hace treinta años… ¿Recuerdan mi secuestro? Pues no existió, les mentí, no fue verdad. Lo fragüé para ocultarles que me había embarazado. Tuve relaciones con un condiscípulo en un curso que llevé en Cuernavaca y no tuve el valor de afrontar mi error ante ustedes y me oculté durante todo mi embarazo. De esta gestación nació una niña. Cuando regresé al lado de ustedes, la dejé con la persona que me ocultó y solamente la visitaba de vez en cuando. Después me fui al extranjero y por el egoísmo de ver mi propia vida, la abandoné, aunque no la desatendí económicamente ya que le dejé una mesada a la que fue su madre de crianza. Pensé en regresar en poco tiempo y adoptarla si es que estaba casada, pero esto no se realizó. Pasaron muchos años y cuando volví, ya no la encontré, la busqué, contraté investigadores y no dieron con ella. Ahora el destino me la devuelve. La mujer que los visitará mañana, es su nieta, se llama Adelina, la bauticé con el mismo nombre de mi abuela; es mi hija, de allí el gran parecido que tiene conmigo. No espero su perdón, sólo su comprensión por el error mío y el engaño que les hice, únicamente espero que la reciban con mucho cariño y por favor, no le digan nada, no me siento con la capacidad moral de revelarle su verdadero origen; si su madre de crianza no le dijo nada y esto lo digo por que ella no sabe nada de mí, yo no seré la persona que le quite el velo de su auténtico nacimiento. –Jazmín se quedó callada, con la cabeza baja, mirando al piso, sintiendo que la confesión de su pecado la hacía sentir mejor y esperaba lo que dijeran sus padres. Ellos, también callados, se miraban uno al otro, sin atreverse a romper el silencio. Así permanecieron unos minutos, hasta que la madre, levantándose de su poltrona, se dirigió a ella y acariciándole el cabello, le dijo con ternura:
Hija mía, con tu confesión ahora o hace treinta años, para mi y quizá también para tu padre, hubiera pasado lo mismo. Antes, te habríamos apoyado, igualmente como ahora estamos contigo. Si cometiste un error en ese tiempo, quizá sí hubiera sido un error, un pecado; pero ahora, en estos días ya es irrelevante y para nosotros, en la familia, antes, durante o ahora, nunca hubiera sido un error. Antes, embarazarse sin estar casada, se consideraba una tragedia para el hogar de la familia, manchabas el honor del padre; pero con nosotros eso no contaba, siempre serías nuestra hija con todos tus defectos y virtudes.
Nos pides perdón por el engaño si en realidad tu has vivido el engaño, tu has vivido sin saber lo que se siente ser madre, tu misma te engañaste y tu misma vives tus remordimientos. Ese engaño para nosotros, no existe, has de cuenta que no existió, que no pasó nunca. Envidia deberías de sentir que otra mujer haya educado a tu hija y la haya elevado al nivel de una profesional como tú. Arrancaste de tu vida la dicha y felicidad de sentir ser madre como yo lo siento por ti. Ahora es tiempo de que resarzas el amor y el hogar que no le diste. Apóyala. Debes lograr que esté a tu lado. Debes de vivir para ella sin ambages ni reparos de ningún tipo. Recuérdalo siempre: es tu sangre, no es cualquier cosa lo que perdiste. --Todos permanecieron callados, las palabras de la madre retumbaban en la conciencia de Jazmín y sin decir nada, sumisa, siguió escuchando los consejos maternos:
En fin, recibiremos a tu hija con el trato que se merece, es nuestra nieta y como tal la acogeremos. Si no quieres expresárselo ahora, quizá con el tiempo haya alguna forma de decírselo. Mientras, ven a mi lado y gracias por hacerme abuela, una esperanza que ya daba yo por perdida.
Madre e hija se abrazaron, corriendo las lágrimas por el rostro de Jazmín, lágrimas que nunca desde que abandonó a su hija, habían brotado. Entre tanto, el padre permanecía callado, escuchando y esperando que las dos mujeres se separaran. Al hacerlo, tomó la palabra:
Jazmín, hija, no debiste haber callado. Quizá tu vida hubiera cambiado, es posible que hubiera tomado otro sesgo. Pero ya sucedió. Nos privaste la felicidad de ser abuelos. He visto a esta muchacha y sin duda es mi nieta, es una auténtica Aristegui; y si como me contaste que tuvo muchas carencias en su vida, motivado por el abandono en que la tuviste, yo si te castigaré por tus hechos. Tu castigo por lo que hiciste será borrándote de mi testamento. Te desheredo. Toda la fortuna de esta familia pasara a mano de mi nieta, de Adelina Aristegui. Así será.
Al día siguiente, Adelina se ganó el cariño de sus abuelos, sobre todo el de la abuela. En plática confidencial, le contó sobre su vida al lado de su madre, Felisa, del cariño que le tuvo y le tenía aún, de sus tristezas y pocas alegrías, charla en que varias veces surgieron los sollozos de ambas, Adelina se sentía como si estuviera en su casa, con su familia, con su madre y con una alegría inusual en ella, que no se quería ir; pero lo recordó, era domingo, tenía que partir, explicándoles que se retiraba porque los domingos acostumbraba a ir al panteón a visitar a su madre y ya era tarde. Jazmín le dijo que no se preocupara, que ella la llevaría y si se lo permitía, la acompañaría hasta la tumba, tenía deseos de conocer donde reposaba Felisa. Internamente sentía un deseo grande de darle las gracias por la hija que había formado, de agradecer en todo lo que le había ayudado y… de pedir perdón.
Juntas, Jazmín y Adelina, listas para salir de la casona, antes de que éstas se despidieran, levantándose de su poltrona, la abuela le tomó ambas manos a su nieta y le dijo casi como una súplica:
Adelina, si vives sola acompañando a una amiga y a su madre ¿por qué no te vienes a vivir aquí con nosotros? Aquí les harías compañía a una amiga, a Jazmín, y a su madre que siempre ha estado sola. Éste sería tu hogar; serías como una hermana para Jazmín y para nosotros, estos dos viejos, serías la alegría de la casa, la alegría que nuestra hija no nos dio, serías nuestra nieta, ¿lo aceptarías?
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Crecí, cursé la secundaria y luego la prepa, me alejé de mis amigos de la infancia, tenía otros estudios, otras responsabilidades y otras diversiones, aunque nunca dejé mi espectáculo principal: el cine. Asistía ahora en compañía de un compañero de escuela, ya no de mis amigos de la colonia; sino de un entrañable amigo que también era un apasionado del arte cinematográfico. De esta manera la vida nos fue acomodando en el sitio en que nos deberíamos plantar para desarrollar las actividades para las cuales nos habíamos preparado y por lo mismo, encontrándome en este momento por cuestiones de trabajo dentro del majestuoso Palacio Legislativo, atendiendo el encargo de un diputado federal que había emparentado con una persona de mi familia, al terminar mi labor ya casi al atardecer, salgo del recinto y recorro todo el exterior de las instalaciones. De regreso hacia el sur, caminando por donde otrora se encontraba la vía del ferrocarril, llego al sitio frente al cual se ubica el viejo deportivo Venustiano Carranza. Estoy en la puerta de acceso y los recuerdos brotan del pasado: la escena me deja inmóvil. Sólo muevo mi cabeza y observo a la izquierda la añeja construcción del cine, de mi cine predilecto de la infancia que ahora permanece cerrado, quizá en ruinas; evocando aquellos domingos en los que al salir de la matinée, compraba una revista llamada “Cartones” en un tamaño tabloide que me maravillaba con las series de comics que presentaba: Tarzan; el mago Mandrake, Narda y Lotario; todas ejecutadas por unos brillantísimos dibujantes, y la mejor serie de todas: el Príncipe Valiente. Fabulosa historieta. La revista me servía de lectura y deleite toda la semana y un gran pasatiempo, pues copiaba los personajes de los comics en mi cuaderno de dibujo. Reinicio mis pasos mis pasos y veo que permanece aún el gimnasio, el área de aparatos al aire libre, la fuente de acceso y la magna asta donde ondea nuestra esplendorosa enseña patria. Salgo conteniendo los sentimientos que hacen fluir mis lágrimas, sólo enrasando mis ojos, los cuales seco con mi pañuelo, lágrimas que buscan salida por la añoranza de los tiempos en que no nos importaba nada en la vida, más que divertirnos; éramos unos niños; esos tiempos y esos hechos vividos, nunca los olvidaré.
Abandono la plaza cívica del deportivo deseando encontrarme al vendedor de los elotes. Mi marcha me hace llegar al lugar donde se encontraban las canchas de tenis, ahora ocupadas por un estacionamiento para quien sabe que oficinas. En la esquina observo que se encuentra un puesto igual al que conocí hace muchos años. Me acerco y presto atención a la misma gama de semillas. Me atiende una señora muy joven de condición bastante humilde, a cuyo lado, en un huacal, dormita un bebé. Escojo una bolsita de semillas de calabaza. Pago y empiezo a pelarlas y a saborearlas mientras me da mi cambio. Lo recibo y opto por dejárselo, diciéndole que se quede con esas monedas. Ella lo acepta y me despide con una sonrisa que le llena de alegría su rostro y mientras me alejo, la sonrisa me recuerda, detrás de su mesita, a la triste mujer que nos proveía de semillas, las que consumíamos, deleitándolas, en el interior de nuestro preferido cine: a Felisa, la vendedora de semillas de calabaza de mi infancia.


MAX VILLAREAL.
septiembre de 2006.
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