Por: Max Villareal
A: Chucho “El furris”, un amigo de mi padre, vecino de la colonia donde me crié, que fue un verdadero “Don Nadie”.
Con el enorme gusto de reunirme con un grupo de condiscípulos de la secundaria, todos pertenecientes a
Al salir de clases me gustaba recorrer todos los viejos edificios coloniales, que con gran curiosidad lo hacía, sobre todo recuerdo cuando ascendía a la azotea de
También, me puse a estudiar las pinturas de Diego Rivera en los folletines que editaba el INBA, de esta manera, ante la ausencia de guías en el Palacio Nacional, les explicaba a los turistas americanos los murales de la escalinata y de los pasillos del patio principal, ganándome unos buenos pesos, que me permitían comer opíparamente, tal como eran las necesidades que el organismo nuestro, en crecimiento, requería. Y tantas anécdotas y reminiscencias surgían de cada calle, rincón, fondas y tiendas, sin faltar los siempre visitados billares Argentina y los ubicados en la calle de Donceles.
Al término del desayuno, fui a recorrer el inolvidable barrio universitario. Transité por todas las calles y penetré a las escuelas a las que había asistido: Mi secundaria en la calle de Lic. Verdad; la Preparatoria en la calle de San Ildefonso; mi facultad en la calle de Academia y por todos lados brotaban los recuerdos vividos con mis adolescentes y luego jóvenes compañeros –hoy ya viejos- pero con el corazón pubescente latiendo con el mismo ímpetu que cuando nos conocimos –aún unos niños- y todos teníamos un futuro promisorio.
Junto con muchos de ellos abrimos los ojos a la vida, formamos nuestro mundo continuando la profesión escogida, plasmamos nuestro carácter, participamos en las diversiones y en el desarrollo del trabajo desempeñado, llegaron algunos a unirse en familia y más… Que mi juventud estaba allí retratada y personificada en cada uno de los muchachos que con sus libros bajo el brazo, pasaban acelerados frente a mí.
Conteniendo mis lágrimas, me recargué en la pared de un edificio. Desde allí veía pasar el mundo en el cual tantos años atrás, yo era uno de los personajes que transitaban por el barrio universitario, zona céntrica tan hermosa y visitada. Mi vista tropezó con un aparador de una sucursal del Monte de Piedad que se ubica en la esquina en que me encontraba, sobre las calles del Carmen. Me llamó la atención un instrumento musical, tanto, que entré a la filial del Monte y pedí que me lo mostraran. Al tenerlo en mis manos lo revisé muy bien y ¡Sí era! Se trataba de un saxofón con una inscripción grabada inconfundible que decía “Alberto Venegas”. Lo compré y cuando lo tuve en posesión, evoqué de cómo conocí a su dueño y ejecutante. Miré mi reloj, aún no daba el mediodía y tenía tiempo para ir a visitar al artista dueño del saxofón. Se lo entregaría como pago por los momentos que en su compañía disfruté y sobre todo, poder verlo nuevamente y tener la satisfacción de escuchar su música, la cual ejecutaba con tanta vehemencia y maestría en el instrumento que le llevaba.
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Lo conocí en una cervecería, “
Al terminar, se acercó a los parroquianos pidiendo una cooperación. Desde lejos lo observé: Su físico estaba muy traqueteado, sin poder calcular su edad. Vestía un traje muy usado, raído y sucio, muy arrugado como si durmiera con él, puesto. Camisa igual, muy percudida y apulgarada, sin usar calcetines y calzando unos zapatos hambrientos, enseñando los dedos de los pies por las punteras. Su aliento alcoholizado; pero el saxofón se veía impecable.
Al acercarse a mí, le dije claramente: ---Te doy cooperación, sólo si sabes que tocaste y quién es el compositor. –Sin dudar, muy pausado me contestó:
---Ópera Rigoleto, de Guiseppe Verdi, estrenada en 1851 en Venecia con un libreto de Piavé.
---Muy bien mi filarmónico, sí conoces de música.
---Claro que conozco, aunque usted me vea así, estudié en el conservatorio; tengo título de concertista. –Nuevamente muy calmado me respondió. Le entregué unas monedas y le invité una cerveza, diciéndole:
---No lo dudo, se ve que sabes… ¡Ándale! Tómate una fría y tócame otra del mismo autor. -Ávidamente bebió la cerveza en dos tragos y antes de iniciar su tocada, me expresó sus conocimientos, de cómo, cuando y por quien fue estrenada:
---El Brindis, del primer acto de la ópera
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Alberto nació en la calle de Abraham Olvera, casi esquina con San Ciprián, por los rumbos de
Su padre, que no se volvió a casar, era comerciante dedicado a la venta de camarón seco en una bodega de su propiedad ubicada en la calle de Ramón Corona; pero, no obstante que el negocio le dejaba buenas utilidades, únicamente era su tapadera, pues su principal actividad era la distribución de droga, que en contubernio con una mujer muy famosa del mismo barrio de
El único familiar que tenía, era un hermano de su padre, totalmente diferente. Era guitarrista, bohemio y según él, poeta; pero sin lugar a dudas era un borrachín para todos viviendo a costillas del hermano. En sus ratos de abstinencia, visitaba la casa y contrariando las órdenes recibidas del hermano, que por ningún motivo le enseñara a tocar la guitarra a su hijo, por ser un instrumento muy alcahuete para fomentar el vicio y el ambiente de las pachangas; le enseñó primero a tocar el piano que perteneció a su madre y luego, el acompañamiento con la guitarra. Alberto demostró desde pequeño, gran disposición para la música.
Su padre, que lo adoraba, no quería que se hijo se juntara con el lumpen que imperaba en el barrio donde vivían; por tanto, cursó el kinder y la primaria con maestros particulares que le impartían las clases el propio domicilio. Así mismo, acudió a la secundaria en una escuela muy importante que ofrecía el servicio de transporte que lo llevaba y regresaba, sin permitirle tener relación con los niños y jóvenes del vecindario.
Terminado su bachillerato, le informó a su padre que deseaba continuar sus estudios como concertista y solicitaría su ingreso al Conservatorio Nacional de Música, decidiéndose a estudiar la especialidad en su instrumento preferido: el saxofón. Orgulloso de su hijo, le regaló el mejor saxofón que encontró en el mercado, con tesitura de tenor –una de las siete que conforman las tesituras de la familia de los saxofones, según me explicó Alberto, años después- y le mandó grabar su nombre “Alberto Venegas”, para que en el caso de robo o pérdida, fácilmente se localizara.
Dos años de estudios musicales llevaba cuando surgió lo impensable, según la organización que tenía el padre: La policía cayó sobre sus actividades ilícitas. Lo arrestaron, investigaron, demostraron su culpabilidad y fue encarcelado. Judicialmente, todas sus propiedades, bienes, cuentas bancarias y negocios fueron incautadas por las autoridades. El muchacho, de la noche a la mañana, se quedó sin nada. A sus diecinueve años, con un carácter retraído, poco comunicativo, influenciado por el mando paternal que todo le resolvía, con poca fortaleza de ánimo y fácil de convencer al heredar la actitud sometida de la madre y no el imperativo del padre, que mucho le afectaría en la toma de decisiones en el destino que tenía asignado.
Sólo con su ropa y su instrumento, se fue a vivir al sórdido cuartucho que su tío habitaba, en un predio que se había convertido en una ciudad perdida, muy cerca del barrio donde habían vivido. Ahora, para poder continuar con sus estudios y mantenerse, debería empezar a trabajar. De parte de su tío, era más fácil que él aportara algo para el sustento de ambos, que el bohemio y ahora teporocho familiar lo apoyara económicamente.
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Después de muchas visicitudes y demostrando buenas aptitudes para ejecutar su instrumento, consiguió trabajo en la orquesta sinfónica de la policía del Distrito Federal. El sueldo le permitió continuar sus estudios en forma muy precaria, pero suficientes para cubrir sus nuevas necesidades y empezar una nueva vida, que muy pronto se trocaría.
Perteneciente a la misma orquesta, ejecutando el violín con muy buena técnica, conoció a Violeta, una mujer con un cuerpo esbelto y excelente figura, rematado con un rostro agraciado, con unos treinta años de edad a cuestas; pero, con treinta vueltas al velocímetro de la vida. Fácilmente lo atrajo e hizo que se enamorara perdidamente de ella. El día que Alberto presentó su examen profesional con la orquesta en la cual prestaba sus servicios, interpretó como solista
Vivieron juntos durante tres años. Al regresar de una gira con la sinfónica, gira a la cual Violeta no fue convocada por no requerirlo el repertorio que presentarían en los auditorios del interior del país que los contrataron; al llegar Alberto a su casa, encontró a Violeta entregada a otro hombre. Fue impactante para el músico el desengaño amoroso, no obstante, de acuerdo a su carácter, no le hizo escándalo, ni le peleó ni le recriminó su proceder. Únicamente tomó su ropa y sin decirle ni media palabra, se retiró.
Regresó a la casucha de su tío y desconsolado le platicó su pena de amor. Éste con base al refrán que marca la pauta de como conducirse al respecto y dice: “Las penas, con vino se vuelven ajenas”, inició en el escabroso vicio de adicción al alcohol a su falto de carácter, sobrino, víctima de la desilusión por la infidelidad de su pareja. Alberto, como consecuencia, dejó el trabajo en la sinfónica, no quiso volver a ver más a Violeta y se entregó al ocio y al deleite de los néctares espirituosos y báquicos, en los cuales ahora, su tío era el primer solista.
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En sus andanzas de menesteroso, el tío se enteró de que dos hermanos que vivían en el mismo barrio, estaban formando una marimba orquesta y que requerían de un primer saxofonista. Lo más rápido que sus piernas le permitieron, le informó al sobrino de la chamba. A él más que a nadie, le importaba que tuviera trabajo. Era la fuente para poder continuar con su vida inútil dedicada al vicio y la mendicidad.
Alberto se presentó y previa prueba, fue aceptado como integrante del nuevo conjunto musical. Entre el grupo, todos tenían un sobrenombre con el cual se reconocían, no forzosamente de forma despectiva, sino ya sea abreviando el nombre principal o con el cual, como apodo, era ya de antemano era conocido. Al nuevo integrante le llamaron por el nombre corto, de cariño, Beto y el apellido sufrió una apócope, de Venegas, a sólo Ven; por lo tanto, juntando los dos apelativos, todos sus compañeros lo llamaron desde el inicio: “Betoven”.
La marimba orquesta comenzó en los pequeños salones que proliferaron en las colonias proletarias, como el “Verde y Oro” en la colonia Obregón; el “San Luís” por la av. Del Taller; el “Ixtacalco” en Santa Anita; para posteriormente, dada su calidad, dar el brinco a los salones de renombre como “El Floresta”; “Fénix”; “Smyrna Club”; “
Manteniendo una tranquilidad aparente, Betoven combinó sus actividades musicales con las actividades gustativas del licor. Sus ingresos le permitieron salirse de la covacha que compartía con el tío, rentando una vivienda en una populosa vecindad ubicada en una cerrada de la calle Carretones. Esta tranquilidad, sólo fue empañada por la muerte de su padre, dentro del penal de Lecumberri, muerte ocasionada por las venganzas entre las mafias de los traficantes de la ominosa hierba. Una vez que recibió el cuerpo de su padre, tanto los integrantes de la orquesta como el tío, lo acompañaron hasta el lugar de reposo final de su padre, en el panteón de Dolores.
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En uno de los salones de baile, conoció a María, jovencita que invariablemente asistía a divertirse los sábados y domingos en el salón de su barrio, donde Betoven participaba con la marimba orquesta. Tras varias invitaciones y citas posteriores que le permitieron reunirse con ella, el músico trabó amistad, luego noviazgo y tras un periodo corto de tiempo, se casaron.
Amuebló muy bien su vivienda y allí instaló su feliz hogar. María le dio dos hijos, una mujer, Rosa María y un varón, Adalberto. Por la felicidad que disfrutaba, Betoven dejó el vicio del alcohol, viviendo la mejor época de su vida. Durante quince años llevó una vida ejemplar dentro de una familia bien armonizada, una mujer que lo cuidaba y dos hijos que lo amaban.
Rosa María, su hija, a los catorce años era una verdadera belleza, poseedora de un cuerpo perfecto sustentado por dos bien torneadas piernas que culminaban con unas caderas que vibraban cuando caminaba y, las posaderas, una tentación. El rostro de rasgos finos, unos enormes ojos y el pelo castaño ensortijado. Por esta condición física, siendo muy asediada por los varones del barrio, Betoven le exigía mucho a la madre que extralimitara sus cuidados con las posibles relaciones que llegara a tener la hija y que mantuviera una estrecha vigilancia para supiera escoger a sus amistades. Él, dado su trabajo casi siempre nocturno y su descanso por las mañanas y los ensayos por la tarde, no disponía de tiempo para vigilarla; pero, todas estas cautelas ejercidas sobre Rosa María, fueron infructuosas.
Un policía judicial prepotente y autoritario, tras las negativas de Rosa María para tener relaciones, la raptó, encerrándola en un hotelucho de la colonia Obrera. Alberto la buscó e interrogando a los vecinos supo de este medio quien la había secuestrado. Dio con ella en el cuarto del hotel, la rescató y regresó a su casa. Para Rosa María, salir del hotel y volver a su domicilio, fue la misma situación. La mantenían encerrada sin salir de su habitación.
El abyecto judicial al darse cuenta del rescate de la muchacha, llegó a la casa de Alberto, penetró con lujo de fuerza, golpeó al matrimonio y volvió a llevarse a la hermosa hija para regresarla días después. Cada vez que se le antojaba o cuando se encontraba en estado de embriaguez, llegaba por ella y previo escándalo la sacaba de la casa para posteriormente, traerla de regreso.
Rosa María quedó embarazada y tres meses después de cumplir sus quince años, dio a luz a un hermoso niño. Su secuestrador, al cometer un delito de soborno y sorprenderlo in fraganti, lo destituyeron del cuerpo policiaco y previo proceso judicial, fue encarcelado. Decepcionado por todos estos sucesos y recriminado por su esposa que no supo defender la integridad de su familia, aunado a su poco carácter, el músico volvió a beber, cayendo en las garras del vicio que jamás volvería a dejar. Por sus continuas borracheras y faltas al trabajo, Betoven fue despedido como integrante de la ya famosa marimba orquesta.
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Mucho tiempo se la pasó sin trabajar. Su ahora tiempo completo libre lo ocupaba al lado de su tío, bebiendo. Ante la exigencia por los gastos del hogar, Alberto formó una murga callejera con un grupo de personas semejantes a él, que deambulaban solos por el barrio tocando por su cuenta, afines tanto como músicos como borrachos. El tío se encargó de reunirlos y organizarlos. Como siempre, le interesaba que Alberto ganara dinero, dinero que le hacía falta para sus vicios.
El conjunto lo integró con una trompeta, un contrabajo, tarolas, tumbadora, saxofón –el suyo- y el güiro, cuyo ejecutante era también el encargado de pedir y recoger las monedas que al público o a los comercios frente a los cuales tocaban, solicitaban como cooperación por la melodías que ejecutaban con un marcado ritmo afro cubano.
Mientras, en su hogar la situación empeoraba. El cuerpo de la hija con la maternidad se volvió más voluptuoso, motivando que el músico ordenara a su mujer que prácticamente la enclaustrara, no permitiéndole que asomara ni las narices, a la calle. Talvez pensaba que así podía impedir que Rosa María diera otro mal paso o quizá como una rememoración de su juventud, cuando su propio padre no le permitía convivir con nadie del vecindario.
Un año trascurrió de esta manera, la hija dedicada al cien por ciento a su hijo que ya comenzaba a dar sus primeros pasos. De esta manera, el nieto acercándose al abuelo comenzó a ganarse su cariño y poco a poco, Betoven fue doblando las manos con respecto a la rigidez con la cual trataba a la muchacha.
Rosa María en plena juventud, sintiendo que la forma como vivía, como una madre soltera, ella no había tenido la culpa de tal situación. Habían abusado de ella siendo una niña aún. Por eso, con ansias de diversión y heredando los gustos de la madre por el baile, le pedía permiso al padre para acudir a las fiestas familiares, reuniones de las cuales, recibía muchas invitaciones para asistir, encontrando siempre una negativa total.
Aflojó la severidad del trato hacia la hija, permitiéndole asistir a las fiestas familiares, siempre y cuando llevara a su hijo y la acompañara su madre. Luego a las fiesteritas de los vecinos de la colonia, para finalmente, engañando a Betoven, aprovechando que regresaba ahogado de borracho y caía a dormir, los sábados de siete a diez u once de la noche, acudían a los bailes de salón, que eran el deleite y la pasión de ambas. Bailes a los cuales asistían, aún cargando al niño, cuando no tenían alguna vecina a quien se lo encargaran.
María, a sus cuarenta años corriditos, se conservaba como una mujer de buen ver y mejor tocar, ya algo jamona, pero muy bien repartidos los kilos en su cuerpo; con una figura que era de gran gusto para los jóvenes asistentes a los bailes. Ambas, madre e hija, eran muy deseadas, una por su madurez y la otra por su juventud. Y sucedió lo que se veía venir:
Una y otra, con grandes deseos de vivir y gozar el momento de sentirse libres, de alcanzar la dicha que se les tenía negada; la joven, por el potencial que encerraba su cuerpo y los deseos de exteriorizarlo; y la madre, por la carencia de relaciones sexuales por el vicio de Alberto y por lo proclive del ambiente de parejas que permitía el roce de sus cuerpos, le dieron vuelo a la hilacha, sin medir las consecuencias de sus actos. Cada una, por su lado, al permitirse tener relaciones sexuales con la pareja de su agrado, ambas, se embarazaron.
Madre e hija trataron de ocultar su situación pretendiendo engañar a Alberto, inventando que a la hija le ofrecían trabajo fuera de la capital y previa su autorización, la madre la acompañaría. Pero fue inútil, Betoven se enteró por boca de sus propios compañeros. Fue un golpe mortal para él, saber la situación por la que pasaba su familia. No sabiendo como resolver los problemas familiares por su falta de decisión para afrontarlos, abandonó al grupo de harapientos músicos para dedicarse a su desperdiciada vida de alcohólico.
Rosa María dio a luz a otro varón y quince días después la madre paría una bebita. Su parto por la edad, tuvo muchas complicaciones e igual que la madre de Alberto, por la eclampsia, unos días más tarde, falleció. De esta forma, la hija amamantó al mismo tiempo, a su hijo y a su hermana.
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El ex policía judicial salió de la cárcel, una vez que cumplió su condena y su primer acto en libertad, fue buscar a Rosa María. Al conocer su forma de vivir y el daño que le había causado, como expiación a su anterior pésimo comportamiento, aceptó la paternidad de su hijo, reconoció al segundo también como suyo y adoptó a la hermanita. Contrajo nupcias con la hermosa muchacha y partieron fuera de la capital, muy al norte, en búsqueda de una nueva vida, para empezar un matrimonio que resarciría su conducta pasada.
Adalberto, el hijo, que en forma lírica aprendió a tocar el bajo eléctrico, se enroló en un grupo de rockeros y sin tener el control familiar, abandonó el desvinculado hogar y no se supo más de él, desapareciendo del mapa familiar.
Betoven al abandonar a la murga callejera para convertirse en un teporocho consuetudinario, sin trabajo y sin dinero, no pudo pagar la renta de la vivienda que ocupó por tantos años y lo corrieron de la misma. No quedándole de otra, regresó nuevamente con el tío, pariente que a la fecha, convertido en un anciano decrépito impedido por su minado organismo de levantarse del catre que ocupaba en su humilde pocilga, ya que no se podía decir que era un cuarto, para hacerle compañía tanto personalmente como en sus vicios.
Tocando de vez en cuando como solista, en las puertas de las cantinas, bares o comercios; en los mercados, plazas, tianguis o a media acera, recibiendo, alguna moneda que le servía para prolongar su estado alcohólico o algunos mendrugos que como limosna recibía de las fondas frente a las cuales tocaba. Fue en esta época, cuando lo conocí, cuando ejecutó la música de Verdi y las demás melodías que siguieron a petición mía.
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Cuando llegaba por el barrio para saludar a algunos amigos, normalmente acudíamos a la cervecería, si era medio día y hacía mucho calor; si no, nos reuníamos en el bar “Agustín”, donde comíamos con fruición y degustábamos algunos vinillos. En cuanto entrábamos le preguntaba al mesero por Betoven y éste, diligentemente lo mandaba buscar. Ni tardo ni perezoso aparecía en el lugar donde nos congregábamos y empezaba a tocar como un verdadero virtuoso, con técnica e inspiración, la música culta que le solicitábamos.
Alberto, entre copa y copa y entre melodía y sonata, me platicó su vida; aparte, me hablaba sobre los conocimientos musicales que poseía por los estudios que había hecho en el conservatorio, sobre todo de las sonatas de las cuales era un apasionado, las cuales constaban de cuatro piezas independientes llamados “movimientos”, como composición instrumental . Además de muchas cosas que desconocía totalmente sobre la música clásica. Él, quizá como justificación de su existencia me platicó sobre la vida de grandes compositores que terminaron su paso por este mundo, presos de la miseria y el vicio del alcohol.
Traté de ayudarle, lo recomendé con un amigo director de una orquesta, pero Alberto ya no tenía remedio, el vicio fue mayor que sus deseos de volver a encausar su vida. Cuando murió mi padre, toda su ropa se la regalé para que luciera mejor presentación y le dieran ganas de rehabilitarse al reformar su figura. Todo fue infructuoso. Cuando carecía de dinero, le vendía la ropa al ropavejero para adquirir las raciones o dosis necesarias para él y su tío. Lo mismo hacía con el dinero que le entregaba como pago por la ejecución de la selecta música con que nos deleitaba en las reuniones con mis amigos. Todo era destinado para su vicio.
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Presuroso, cargando el instrumento, me encaminaba hacia el barrio. Tenía mucho tiempo de no ir a visitar a mis amigos. Mandaría a buscar a Betoven y le entregaría su saxofón, preguntándole cual había sido la causa de haberlo pignorado, ya que para él representaba toda su vida y sin poseerlo, no tenía sentido su existencia. Recuerdo que una vez me comentó que si perdiera su saxofón, él dejaría de vivir.
Llegué al bar y el mesero me dijo que tenía mucho tiempo de no verlo y no sabían donde buscarlo. Desconocían donde se quedaba. Haciendo memoria, según me contó, di con la ciudad perdida donde vivía y me encontré el solar baldío. Desanimado, preguntando por aquí y por allá, el voceador de la esquina, en su puesto de periódicos, me informó:
---Un incendio provocado quizá por los dueños del terreno para desalojar a los inquilinos, cuya miseria no les redituaba ninguna utilidad la ocupación del predio ni por trámites legales los podían correr, el fuego era la mejor solución. El tío, invalido, sin poderse levantar, murió calcinado no quedando resto alguno para ser sepultado. Desde este suceso, Betoven dormía en la calle, en el lugar donde lo encontraba la noche o su estado de embriaguez, ya no le permitía caminar. Eso sí, siempre abrazando el estuche donde guardaba a su instrumento. –Nuevamente, desalentado, por rutina le pregunté dónde lo podría encontrar y mostrándome un semblante sombrío, me contestó:
---Betoven desapareció del barrio durante tres o cuatro meses, no lo sé a ciencia cierta, sin conocer nadie su paradero. Hace dos días que reapareció. Lo vi muy enfermo y ya sin su saxofón, por la calle de Santo Tomás. Lo más seguro es que lo encuentre afuera de la cervecería pidiendo para un trago. –Con tristeza y meneando la cabeza en forma negativa, me dijo finalmente, quebrándosele las palabras:
---Ya no tiene remedio, ya no tarda en morirse.
Rápidamente me trasladé a la calle de Santo Tomás, llegando justo a tiempo. Afuera de la cervecería donde lo conocí, pasos adelante del acceso, sobre la acera y recostado contra la pared, yacía moribundo. Parecía dormir e, hincándome frente a él al mismo tiempo que un grupo de curiosos me rodeó, le hablé:
---Alberto, maestro… soy yo, su admirador. –Abrió los ojos y me reconoció, esbozó una sonrisa y muy quedo, trató de decirme algo, balbuceando:
---Hace mucho que no lo veo… lo busqué…
---No se esfuerce maestro, mire lo que le traigo, su saxofón. –Lo saqué del estuche y se lo entregué. Extendió los brazos, lo tomó, con dificultad se sentó y acercó la boquilla a sus labios y trató de ejecutarlo… ya no pudo. A duras penas escuché lo que me dijo:
---No puedo complacerlo con la música de su predilección… ya me voy a morir… mejor consérvelo usted, se lo regalo… cuídelo mucho, es mi vida. –Lo abrazó, estrechándolo fuertemente, lo acercó a su boca, lo besó… y llorando, me lo entregó.
Me levanté, de inmediato le pregunté a la bola de curiosos donde podía encontrar un medico cerca y me informaron:
---El doctor Garduño, esta aquí, dando la vuelta a la esquina, señalándome el lugar… -Fui por él; pero cuando llegamos a su lado, Alberto había fallecido; el doctor verificó su estado diciendo que no había nada más que hacer por él. Guarde el instrumento en su estuche, acomodé al difunto de forma normal boca arriba, modificando la posición contrahecha de cómo había muerto. Me levanté y me dirigí a la delegación cercana a dar parte de su defunción.
Al regresar, la gente piadosa le colocó una sábana que en algún tiempo fue blanca, traída de no sé dónde, varias veladoras encendidas y un platito para depositar algunas monedas, como cooperación para el entierro del difunto. El Ministerio Público dio fe y la ambulancia muertera lo recogió.
Alberto no tenía ningún pariente cercano que lo reclamara y para evitar que terminara en la fosa común, asumí la responsabilidad y al término de la autopsia y los trámites legales, lo recibí y procedí a enterrarlo en la misma fosa donde años atrás, según me lo platicó en una de sus charlas, sepultó a su padre.
Al sepelio, que partió de la delegación, acudió toda la fauna más increíble de sus amigos: Sus compañeros músicos de la murga callejera, los teporochos del barrio, pepenadores, raterillos, el mesero, el voceador y unas señoras vestidas de negro expertas en rezar y llorar. Todos ellos muy pobres, miserables, pero guardando un respeto con mucha dignidad por la muerte de uno de ellos, de uno de su propio equipo.
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Siempre consideré al saxofón como el instrumento que en su ejecución, sus notas vibran irradiando sensualidad, con una suavidad deslizante que aporta a los sentidos una ensoñación, un viaje de ida al universo del amor y sólo con una interpretación inspirada, como las que realizaba Betoven, se efectuaba el deseo supremo que la música como bella arte, cumplía su cometido al embelezar nuestra imaginación, colmando de inspiración a mi ser.
El saxofón aún lo tengo en mi poder, guardándolo en la sala de mi casa. Aquí le rindo culto al instrumento de mi predilección. Nunca supe porqué o quién lo empeñó ni quién obtuvo beneficio de esa pignoración. Al verlo, me preguntan cómo lo obtuve y les miento, no cuento su historia. No se ejecutarlo ni pretendo aprender ni dejo a nadie que lo toque. Únicamente, cuando estoy solo o en ciertos momentos que paso por una depresión, recostado en mi sofá y cerrando los ojos, evoco a su espíritu y sé que acude, toma su saxofón, lo interpreta magistralmente, lo escucho y me complace con su música ahora celestial, reconformándome.
Jamás olvidaré su historia, la trágica vida de Betoven que como a tantos otros, se trastocó por el devenir del destino inconmensurable que nos rige y marca el sendero de cada individuo, de cada artista, de sus éxitos o sus fracasos, de sus triunfos o de sus derrotas, de sus enterezas o sus debilidades, que como en el caso de Alberto, pudo haber sido el sendero de un gran músico, talvez el de un… Beethoven.
Max Villareal.
Abril de 1998.
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