Por Max Villareal
A: mis compañeros de Iniciación Universitaria, con motivo de los primeros cincuenta años de conocernos.
Se contoneaba con donaire y cuando la melodía la obligaba a realizar un salto, la amplitud de la falda parecía que la elevaba, como si en realidad flotara en el aire. No la olvidaré nunca. Cierro mis ojos y recuerdo con que alegría y salero danzaba las rutinas españolas y los estruendosos aplausos que recibía cuando terminaba. Me extasiaba cuando la veía bailar.
Admiraba su cuerpo hermoso, grácil, con una cintura pequeña, flexible, que marcaba en forma prominente sus caderas y muy abultado el trasero. Sus piernas tan bien formadas que, cuando al pasar caminando frente a nosotros con gracia y con pasos cadenciosos, meneando su cuerpo de armoniosas formas, a todos nos causaba un deleite voltear a verlas.
Éramos alumnos de Secundaria, ella un grado superior al que yo cursaba y dos años mayor de edad que la mía; pero muchos años de diferencia a su favor, en astucia y experiencia sobre la vida, que nosotros todos adolescentes, todavía no salíamos del cascarón.
Sus compañeras la envidiaban además de que por su gran belleza, por su habilidad para atraer, conservar y alejar a los muchos compañeros que la pretendían. Casi nadie la llamaba por su nombre, era más bien conocida por el mote que le dábamos por su gran afición al baile español, le decíamos todos: “La Torera”.
En las ceremonias escolares conmemorando las fiestas Patrias o en días festivos o especiales, nunca faltaba el bailable español donde ella figuraba de manera principal. Todos los muchachos nos sentábamos en el suelo alrededor del cuadro que limitaba el área de los festejos, esperando con ansia y morboso placer, verla bailar. Con generosidad en las vueltas del baile y por el vuelo de su falda, nos mostraba sus muslos blancos, torneados, de dureza de carnes visible, rematados en la parte superior por un calzoncito siempre de color rojo, arrancando gritos -y suspiros míos-, de la mayoría de los muchachos.
Fue la Reina de la primavera de la escuela. Al ceñirse la corona en las sienes sobre su pelo castaño claro, largo y ondulado, enmarcaba su rostro de rasgos finos, ojos zarcos, nariz respingada y labios carnosos en una pequeña y sensual, boca. No sólo fue Reina de la Secundaria; sino la Reina mía, el personaje onírico de mis primeros escarceos amorosos.
Al año lectivo siguiente pasó a la Preparatoria, por tanto dejé de verla un año completo, y fue motivado por recordarla y sólo por aspirar el aire y el aroma que emanaba cuando pasaba a mi lado, que me inscribí en la misma escuela donde estaba ella alistada. Nunca se fijó en mí, creo le parecía insignificante; o quizá, pensaba para erradicar esta idea, que yo era muy pequeño en edad, para ella.
En los pasillos al tenerla frente a mí, me quedaba mudo. No podía articular palabra alguna; le temía, aunque en silencio la amaba, me daba miedo la forma extrovertida de su carácter y del trato conque nos dominaba, desde alumnos, docentes, oficinistas y hasta al Director, cuando nos pedía que le diéramos gusto en lo que ella deseaba. Al pasar al segundo año, fue electa Reina de la Preparatoria y madrina del equipo de fut-bol y yo, el más devoto de sus vasallos.
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Trabé amistad con Pepe, un condiscípulo que se acercó a mí para nos reuniéramos ya fuera en la biblioteca o en su casa, para estudiar juntos y le ayudara en sus estudios, sobre todo en las asignaturas que le causaban problema su aprendizaje.
De personalidad tímida, apocado, muy retraído, fui su único amigo. Ya con la confianza adquirida y después de reunirnos muchas veces en la biblioteca, me invito saliendo de clases a su casa. Él vivía con sus abuelos maternos. Sus padres, siendo aún muy niño, murieron en un accidente aéreo.
En una accesoria de la propia casa, el abuelo atendía una tlapalería de su propiedad y con el producto de las ventas mantenía el hogar y a él, sus estudios. No tenían problemas económicos; con comodidad y hasta con ciertos lujos llevaban sus vidas. Sus gastos eran mínimos y a Pepe le daban todo para sus necesidades escolares pero él se ganaba su sustento. Al salir de la escuela, llegando a casa, se colocaba al frente del negocio. Lo atendía y administraba, sustituyendo al abuelo. Al cerrar, se dedicaba a preparar sus clases y sus tareas que de vez en cuando, entre semana y siempre los sábados, acudía para cumplirle la promesa de ayudarle en sus estudios.
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Hija única de un matrimonio separado -su madre huyó con otro hombre y no se volvió a tener noticias de su vida-, vivía con su padre y una madrastra que le importaba poco la vida de su hijastra. No la cuidaban, sólo le exigían que llegara temprano a casa, se portara seria y se vistiera con sobriedad. Recomendaciones que no cumplía, ya que desconocían su proceder en la escuela y el libertinaje de que hacía gala. Para cambiar su vestimenta, saliendo de su casa vestida como la obligaban, en la mochila guardaba las faldas cortas o de baile, las cuales llegando al 'depa" o baño de mujeres, de inmediato se enfundaba para lucir el despampanante par de piernas que todos admirábamos.
Aurora -tal era el nombre de la Torera- conducía su vida de 1iviandad en las clases, rodeada y asediada por los muchachos y por la envidia de sus compañeras. Un condiscípulo que desde niño trabajó en el medio artístico como cómico, la invitó a formar parte del elenco de extras en un programa de televisión. Para ella, fue la puerta de acceso a otro mundo; al mundo que siempre quiso pertenecer y consideraba suyo.
Para asistir a la producción de los programas a los cuales era citada para trabajar como bailarina, le causaban problemas para llegar temprano a casa. Le habló a su padre sobre sus inquietudes de ser artista y le permitiera trabajar en la televisión.
--Papá, quiero pedirte permiso para llegar tarde a casa, sin tu autorización he acudido a realizar unos castings en la televisión y me han aceptado, nada más que me citan para actuar en algunos programas y éstos se realizan por la tarde y no puedo llegara la hora que me pides que debo cumplir.
--¡No hija! No hay permiso, primero están tus estudios.
--Compréndeme papá, quiero seguir la carrera artística, te juro que no voy a descuidar el estudio. Necesito el certificado de Prepa para ingresar a la Academia y estos primeros programas me sirven de práctica y experiencia.
--¡Esa es mi condición! Tu certificado del bachillerato y después puedes trabajar en lo que quieras y llegar hasta las diez de la noche; no más tarde. -Y el diálogo se terminó. Aurora, callada se retiró a su recámara, se metió en la cama y entre las almohadas, estalló en lágrimas.
Dado su carácter y acostumbrada a qué nada se le negaba, sin hacerle caso a las recomendaciones del padre, La Torera continuó asistiendo a los programas que se realizaban por las mañanas, faltando por lo tanto, a las clases. Al final de año como consecuencia reprobó varias materias. No teniendo la preparación para presentar exámenes extraordinarios, al año siguiente se inscribió sólo para cursar las materias que debía, como alumna irregular. Para mí, la máxima alegría. La alcancé en el grado superior. Fue mi compañera de grupo y de banca, la veía todos los días y al saludarla por las mañanas y aspirar su fragancia, con eso tenía pagado mi día y justificaba mi asistencia a la escuela.
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A los dos meses de iniciadas las clases, Pepe y yo estábamos en la biblioteca. En cuanto la vi que entró, se me alteró el pulso. Empezó a recorrer con la vista a todos los que sentados en torno a las mesas, estudiábamos. Su vista se cruzó con la mía y sonrió. Muy segura como siempre, dirigió sus pasos hacia mesa. Nuevamente al acercarse a mí, perdí el habla. No sabía a qué se aproximaba. Al estar frente a mí sólo la pude observar. Portaba una blusa escotada, que dejaba ver el nacimiento de sus pechos. Bajó más el cuello de la blusa, rebasando la curva tersa de sus hombros, a medio brazo; quedando en línea recta sobre sus senos. Al tiempo que me saludaba se inc1inó acercando su cara junto a la mía, y me dijo:
--¡Hola Garza! Te ando buscando… -En esa posición, inclinada, no usando sostén, me mostró toda la magnificencia de su busto. Me quedé de una sola pieza ¡No le escuché nada!
--¡Mira, no seas malito! Tu eres muy bueno para dibujar... ¡Ándale!, dibújame las láminas de Física ¿Sí? ¡Ayúdame por favor!
-Yo, no le oía, continuaba impresionado. Recibí por instinto un block de dibujo; pero solo veía impresas en mi retina las copas y el círculo rosa nacarado de los botones del busto más maravilloso que jamás había visto y menos tan de cerca… Hizo una brevísima pausa, esperando que yo algo le contestara, luego volteó hacia donde estaba Pepe y le habló:
--¿Y tu quién eres? No te conozco. Eres guapo tienes lo tuyo, ojos verdes… -impresionándome, venciendo su timidez, desapareciendo su tibio carácter, fuera totalmente de su forma normal de ser, Pepe se levantó, impidiendo que continuara hablando, la saludó con una sonrisa: --José, pero llámame Pepe, Pepe Castillón a tu mandato y tu fiel servidor. -Alargando su mano y pretendiendo darle un beso en la mejilla, que con un ligero y gracioso movimiento ella rechazó, le dijo:
--¿Mi fiel servidor? Algún día te tomo la palabra ojala no te arrepientas. -Se dirigió nuevamente hacia mí y con la mirada de sus ojos zarcos -a los cuales no se les podía negar nada-, suplicante y a la vez ordenándomelo, me agradeció:
--Gracias Garza, el próximo lunes hay que entregar, por favor ¡No me falles! -Me mantuve callado, sin moverme de la silla. Al despedirse se volvió a inclinar y me dio otra probada ocular de su turgente busto, se acercó más a mí y me besó la mejilla. Se incorporó y colocó el cuello de la blusa en su lugar, dio la vuelta y se retiró. La vi retirarse con su cadencioso caminar recibiendo una sinfonía de chiflidos de admiración de todos los que llenaban el salón de estudios, provocando la ira de Chuchito el bibliotecario, al que de cariño le decíamos Franky por su enorme parecido con el monstruo Frankestein. En cuanto salió, me sacaron de la ensoñación en que me encontraba inmerso, las palabras de Pepe:
--Sabes qué, Garza; hace pocos días la soñé y yo le tengo mucha fe a mis sueños, se me han cumplido siempre ¿Y qué crees? ¡Soñé que va a ser mi esposa!
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Llegó el tiempo de los exámenes semestrales y al salir de la clase de matemáticas, La Torera se acercó a mí, muy zalamera, diciéndome:
--Oye manito, ando muy falla en matemáticas, no quiero reprobar, dame unas clases, prepárame para el examen. –Me lo dijo repegándose a mi cuerpo en un medio abrazo, acercando su boca muy cerca de la mía, casi rozando sus labios con mi piel, que si yo hubiera volteado, de seguro me habría besado. Fijó sus hermosos ojos azules en mis ojos y volvió a decírmelo ahora suplicante:
--Si no me enseñas, no paso la materia y mi padre me mata y tú serás el causante de mi muerte, ¡Ándale¡ Enséñame, ¿sí
--Mira mi Torerita, yo soy muy exigente para preparar una materia, si piensas estudiar, sí. Si sólo piensas en chacotear, ni lo sueñes. Por las tardes, poniéndonos de acuerdo, voy a la casa de Pepe a estudiar juntos y a ayudarlo en lo que se le atora. Si quieres, reúnete con nosotros y te preparo no sólo en matemáticas sino también en las demás materias que llevas en las cuales igualmente vas muy mal. ¿Qué dices?
--Lo que tú digas y ordenes Garza, por aprobar matemáticas, que para mí es como si estudiara chino, iría hasta el infierno. –Y yo por sentirla a mi lado, muy junto, iría hasta el fin del mundo.
Mi amigo, cuando por las tardes la Torera llegaba a su casa, antes y después de la clase especial para ella, se transformaba. La primera tarde le presentó a sus abuelos, le mostró la casa, el establecimiento, sus pertenencias. Se mostraba muy amable, atento, era otro su carácter ante ella; para mí era un verdadero desconocido.
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Poco antes de terminar el año lectivo, el abuelo de Pepe murió de un paro cardiaco; motivado por ello, abandonó la escuela, se tuvo que poner al frente del negocio y de la casa. No quiso dejar sola a la abuela en su aflicción. Sabía que la soledad podría ser la causante de que ella también abandonara este mundo, por eso la acompañaría y entre ambos, se mitigaría el dolor que los embargaba.
A mi sugerencia y aceptación para que terminara la preparatoria, Pepe les notificó a los maestros el motivo de sus próximas inasistencias a clases, pidiéndoles permiso para presentarse únicamente a los exámenes ordinarios, comprometiéndome yo como siempre, a darle las clases necesarias para que estuviera al corriente de los conocimientos que nos impartían los maestros.
Fue obvio, que gracias a los buenos resultados obtenidos del semestre, aprobando todas sus materias, la Torera nos acompañaba a estudiar, sino todas las tardes debido a que continuaba asistiendo a los estudios de televisión, no dejaba de aprender con nosotros.
Una tarde, antes de empezar la lección, estando solos en la pieza que utilizábamos como salón de clases, ya que Pepe aún no cerraba la tlapalería; la Torera, triste, preocupada, pidió mi atención. Me extrañó su comportamiento, no obstante su seriedad, sin imaginarme lo que escucharía, a cada frase que me decía divagaba en mi mente los sentimientos que me inspiraba su presencia.
--Garza, yo te estimo mucho. –Y yo la adoraba.
--Te estoy muy agradecida por tu ayuda. –Y yo por tenerla a mi lado estaba muy satisfecho.
--Te tengo mucha confianza y no sé que hacer… ¡Aconséjame! –Se quedó callada; entonces si me alarmó, la vi meter su cabeza entre sus brazos con la barbilla tocando su pecho y jalando aire, me espetó: --¡Estoy embarazada! Llevo tres meses, no lo sabía hasta ahora al medio día cuando consulté a un doctor, él me lo comunicó. Si lo sabe mi padre, voy a tener muchas broncas…
Mi razón se nubló, ante sus palabras la ilusión por ella se desvaneció. Sentí correr mis lágrimas por el interior y haciendo un esfuerzo para evitar que brotaran y forzando mi voz evitando el nudo que se me hizo en la garganta que me impedía hablar, le contesté:
--¡Cásate con el responsable!
--¡No puede, el muy desgraciado es casado!
Pepe entró a la habitación y escuchó las últimas palabras de Aurora y oyó el consejo que le decía con mi voz que se entrecortaba en mi garganta por el sentimiento de rabia que contenía:
--Mira Torera, faltan tres semanas para los exámenes finales. Deja de ir a la televisión. Asiste a clases y con mi ayuda aprobarás el curso. Con la constancia de estudios tu padre te dará su avenencia para que trabajes, oculta lo más que puedas tu embarazo, busca donde vivir y con el pretexto de alguna salida a locación, te sales de casa. Próximo al parto, avísale a tu padre y afronta todo el problema.
Ella inclinada, pensativa, calló y empezó a sollozar. El silencio que se hizo al respetar las lágrimas de la Torera, lo rompió Pepe al hablarle de la siguiente manera:
--Y si tienes dificultades fuertes y dudas sobre lo que te aconseja Garza que debas hacer, no te preocupes, si tu padre te corre de tu casa: ¡Óyelo bien! Yo le doy mi nombre a tu hijo, aquí puedes vivir, gano lo suficiente para darte lo que necesites… ¡Cásate conmigo!
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Pepe rentó un local en una próspera zona comercial y el pequeño changarro en lo que era la tlapalería, se convirtió en una gran ferretería. El progreso fue evidente, tanto comercial como económicamente y aunque no les faltaba nada, sentimentalmente las cosas no funcionaban, su matrimonio era un fracaso. Aurora, la madre, después de nacer el bebé, lo atendió el primer mes, luego le importó un comino negándole la alimentación materna y todo tipo de cuidados que requería el pequeño, dedicando su tiempo solo a ella. Se cuidó, hizo mucho ejercicio y dietas y a escasos dos meses del parto, su cuerpo no estaba igual al que lucía de soltera: ¡Estaba mejor! Con los rellenos perfectos que el embarnecimiento por la maternidad, había adquirido.
Ahora, con el negocio fuera de la casa, sin contar con el control de su esposo y sin su permiso, no pasaba de medio día cuando bien arreglada dejaba a su hijo al cuidado de la abuela y salía de casa para continuar con sus relaciones artísticas. Ella no podía mantenerse en la inactividad que le imponía la vida de esposa.
Muy a su pesar, se descuidó. Un año después volvió a embarazarse, motivando que su carácter cambiara, estando siempre alterada, al borde de la neurosis. Odiaba estar en ese estado, la recluía de la vida de luces y diversión y más le molestaba desconocer si el responsable de la paternidad era su esposo o, alguno de los muchos a los que se entregaba en las francachelas a las que solía acudir para conseguir por ese medio, los contratos para actuar y bailar.
Casi al quinto mes de estado se lo comunicó a su esposo. Pepe le recriminó su forma de seguir viviendo sin el respeto para su matrimonio y le impidió salir de casa. Deseaba que su hijo, ahora sí el suyo, no tuviera complicaciones y se provocara un aborto por la vida disipada que llevaba la madre.
La Torera se sintió prisionera y a Pepe le hizo la vida de cuadritos. Sólo esperaba que llegara de trabajar para manifestarle su malestar. Que la abuela no servía para nada; que no alimentaba a tiempo al niño; que el no la sacaba a pasear o de perdida a cenar por las noches, que estaba recluida con el futuro hijo como rehén y más y más pretextos. No obstante, Pepe no le reprochaba nada, le aguantaba todo contar de no disgustarla más y le negara, como seguidamente acontecía, tener relación conyugal. No era capaz de contrariarla; Pepe la amaba.
Nació el segundo bebé y Aurora lo rechazó de inmediato, todos los cuidados se los dejó a la abuela. Teniendo la prohibición de salir so amenaza de que Pepe la iría a sacar de donde fuera y le haría un escandalito que le causara problemas con su relación artística, aceptó tal disposición pero, comenzó a organizar fiestecitas en su casa invitando a sus amigos del ambiente en que movía. Encerraba a la abuela con los niños en una recámara y le daba vuelo a la hilacha con sus pachangas, las cuales muy a su pesar, las terminaba antes de que llegara su esposo, obligando a la abuela a que limpiara los restos de la reunión y que se mantuviera callada sin decirle nada a su hijo, amenazándola si no lo hacía, que ella se iría de la casa llevándose a sus nietos.
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Pasó mucho tiempo sin que nos viéramos, hasta una noche que llegó a visitarme. Nuestra amistad no se terminó con la boda. Nunca le tuve celos por haberse casado con la mujer que fue mi amor secreto. La pasión que sentí por la Torera terminó justo al tiempo de escuchar la confesión de su estado. Si bien sabía que nunca iba a ser para mí, aún siendo alegre, alocada; yo la sentía limpia y pura y me había equivocado. Y más lo comprendí al sentir que su comportamiento, cuando se comprometió con mi amigo, no era honesto, que nunca cambiaría su manera de ser. Muy sutilmente para evitar un enojo que llegara a separar nuestra fraternidad, le comenté que no le convenía casarse. Pero el soñó que sería su esposa y eso sería: su esposa.
Al entrar en la casa nos saludamos con la misma familiaridad que teníamos cuando fuimos condiscípulos:
--¡Hola Garza! ¿Cómo estás?
--Bien Castillón, y a ti ¿Cómo te va? ¿Qué tal tu vida de casado? Porque según se, los negocios van muy bien. -No me contestó, meneó la cabeza en sentido negativo y volvió la cara para decirme: --Te vengo a visitar por dos motivos: Primero quiero que seas testigo del registro de mi hijo y luego que seas su padrino. El viernes próximo serán los dos actos… -le interrumpí: --¡Oye! Sólo que sean por la tarde, ya sabes que voy a la facultad y tengo compromisos que no me gustaría incumplirlos. –Rápidamente me contestó: --El registro será a las dos de la tarde en la delegación, salimos a comer y luego nos dirigiremos a la iglesia, el bautizo está fijado a las seis de la tarde.
--¿Y quién va a ser la madrina?
--Una amiga de mi mujer, dizque artista de la televisión.
--Aceptado, y ¿Cuál es el segundo motivo?
--Que hables con Aurora. No me entiende, no me hace caso. Sigue con su vida disipada, con los deseos de ser artista y sólo veo que se envicia más. Á ver si a ti te escucha, ¿Me echas la mano?
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La Torera, segura de los actos de su vida, no aceptaba ningún reclamo. En cuanto el compromiso contraído con el productor para trabajar en algún programa que le permitiera regresar temprano a casa, escapaba a los estudios de televisión; ya sea para ocuparse como simple bailarina en el ballet de relleno que acompañaba a los cantantes o, como de las modelos que encerraban en unas jaulas colgantes o, ya sea como actriz principal de los reventones que se organizaban entre los artistas, de los cuales era asidua concurrente y primordial participante; pero de progreso como artista, nada. Era únicamente carne de cañón. Al día siguiente de una de estas reuniones, llegué a visitarla:
--Comadre, ¿Cómo estás? -Pasado medio día, en bata y pantuflas, recién levantada, sin maquillaje – aún muy hermosa-, me recibió.
--Como me ves… con la cara de cruda y sufriendo la resaca de la fiesta de ayer en honor de un productor que me va a dar un papel en la próxima telenovela; pero ¿Qué aires te traen por acá? Pepe esta trabajando y regresa hasta la noche.
ya ni la amuelas comadre, sigues viviendo como soltera, olvidas que eres casada y te vale Pepe y tus hijos; te estás enviciando con el alcohol… debes bajarle el volumen a tus actos.
--El que le debe bajar el volumen eres tú… Mira maestro, porque fuiste mi maestro en la escuela; pero no en la vida. Si alguna vez te pedí un consejo, es que estaba confundida y ahora me arrepiento de haberlo hecho, porque en la vida, debes saberlo, yo soy la maestra, tengo la experiencia que tú nunca has tenido ni llegarás a tener. A Pepe le cumplí lo que me pidió: Darle su nombre a mi hijo y me casé con él. Como premio le he dado un hijo suyo. Eso me pidió y eso le di; pero no prometí darle mi vida. Esta es muy mía y hago de ella lo que me parece. Bastante hago con respetarlo permaneciendo a su lado y junto a mis hijos. ¿Alguna objeción?
Con la cola entre las piernas, sin dar respuesta a su muy clara explicación, me levanté, despedí y salí de su residencia.
Días después, al llegar a su hogar antes de lo habitual, en medio de la fiesta organizada por Aurora, Pepe sorprendió a su mujer en fragoroso idilio con un amigo. Sin hablarle, abrió la puerta de la recámara de su madre, entró, cargó a sus hijos y acompañado de ella misma, salió de la casa. Al día siguiente muy temprano, estando aún dormida compartiendo el lecho con el amigo ocasional, sin darse cuenta de la presencia de Pepe, éste en una camioneta de mudanzas, sacó las pertenencias de la abuela, la de los niños y las suyas, cerró la puerta y abandonó el hogar que le brindó a la hermosa Torera, con la amargura y el dolor que le había causado su infiel comportamiento, cerrando el lamentable capítulo de su vida de casado.
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Sola, continuó con su vida ahondándose cada día más en el vicio. Al término de las fiestecitas, desvelada, al tener llamado por las mañanas para actuar, comenzó a tomar pastillas para no dormir y luego para calmar sus alterados nervios por el insomnio producido. Al ser insuficientes los efectos de las dosis de las píldoras, empezó a probar las drogas de alto riesgo con las consecuencias que ello le causaría: se volvió adicta.
En una reunión que terminó en orgía de sexo y narcóticas, a queja de los vecinos por el escándalo que hacían, llegó la policía. El distribuidor de la droga, partícipe infaltable en las fiestas, al ver dormida por el uso del estupefaciente a la Torera, abrió su bolso y depositó los paquetitos con las dosis de cocaína que llevaba para su venta. Al efectuarle un registro a cada invitado al festejo, la detuvieron junto con muchos de sus compañeros y a ella, por consumo y posesión de droga fue encarcelada y sometida a juicio. Para pagar los gastos de abogados y poder salir bajo fianza, se vio en la necesidad de vender la casa que compartió con su esposo y que éste, a su divorcio, le entregó como reparto de los bienes por la disolución del matrimonio. Al término del juicio fue declarada culpable y sentenciada a cumplir varios años de prisión en el reclusorio femenil.
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En la fiesta del bautizo de un par de gemelitas de las que yo fui su padrino, hijas de mi doble o más bien triple compadre Pepe, el cual muchos años después de su separación se había casado, me comentó que al regreso de entregar un pedido de su ferretería, pasó frente a un cabaretucho de ínfima categoría en cuya marquesina leyó el nombre de la vedette que encabezaba la variedad del lugar, nombre que con focos de colores decía: “La Torera”; imaginándose que quizá esta artista y nuestra compañera, fuera la misma persona Con curiosidad o más bien con deseos de volver a verla, días posteriores me programé para asistir al cabaret y efectivamente, en un rincón del antro, en un tapanco de forma diagonal a unos tres metros sobre el nivel de las mesas, a los sones de un cuarteto de músicos, todos estridentes y desafinados ejecutando melodías españolas, cantaba y se contoneaba muy ligera de ropa, una mujer de antigua belleza, bien maquillada, en cuyo rostro destacaban unos hermosos ojos azules.
Al término de su show, bajó y se mezcló entre los parroquianos, sentándose a la mesa de unos hombres que la invitaron, empezando a beber con ellos, fichando por las copas que se consumían. Yo, de pie, en la barra de la cantina, no dejé de observarla. Dos horas después se levantó bien ebria; me vio y con pasos trastabillantes es caminó hacia mí, hablándome con voz aguardentosa:
--Dame un cigarro, guapo… -Enseguida dé encendérselo, me pidió:
--Invítame un trago, una copa de coñac, ¿Sí? -marcando en su faz una mueca que aparentaba ser sonrisa. Tomándole del brazo y señalándole una mesa, le contesté:
--Ven a sentarte, te la invito. -Nos sentamos, pedí al mesero el servicio y ella se arrimó muy cerca de mi. Al momento le pregunté:
--Torera, ¿no te acuerdas de mí? –Y con palabras entrecortadas, no continuas, hipando, mirándome con los ojos semicerrados por la borrachera, me dijo en tono molesto:
--¿Quién chingaos eres tú? Yo soy Torera, no gitana, ¿A poco crees que por un pinche trago que me invitas voy a convertirme en adivina? -De un golpe se tomó la copa, cruzando los brazos sobre la mesa dejo caer la cabeza y se quedó dormida.
Pagué la cuenta y salí del lupanar, quedando impregnada en mi ropa, el olor a tabaco, a aguardiente de baja calidad, a perfumes baratos, a sudores masculinos y humores femeninos, que todos en una mezcla nauseabunda, provocaba vómito su aspiración. Y en mi mente, el recuerdo de una hermosa mujer que fue fuente de mis delirios amorosos, en los tiempos de estudiante preparatoriano.
No tuve ocasión de contarle a Pepe mi reunión con Aurora; pero una semana posterior al día de mi entrevista, se enteró. En la primera página de un periódico tabloide que en forma amarillista trata los asuntos policíacos, con grandes letras se leía: “Vedette ebria y drogada, roba y lesiona gravemente a un cliente del cabaret, en un hotel de paso". La foto de ella, muy clara, la retrataba sin lugar a dudas. Detenida y encarcelada, La Torera fue nueva mente huésped de la prisión para mujeres. Durante el juicio, quise hablar con ella, tratar de ayudarle, le llevé un abogado para su defensa, pero se negó a recibirme. Estando en prisión acudí como su amigo para verla, a reconfortarla, a darle un apoyo moral; pero mis deseos fueron infructuosos: No salió a la sala de visitas. Sola, sin familia, su padre fallecido, su madrastra sin importarle su vida y sus hijos reconociendo como madre a la ahora esposa de Pepe, La Torera se consumía tras las rejas de su celda.
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En compañía de mi esposa, almorzábamos dentro del mercado Jamaica los famosos huaraches con costilla, en un local del que éramos asiduos concurrentes. La noche anterior estuvimos presentes en la fiesta donde se celebraron los quince años de mis ahijadas, las hijas gemelitas de mi compadre Pepe.
Terminando nuestros alimentos y bajándolos con el contenido de una cerveza fría, salimos del mercado. Saqué el auto del estacionamiento e inicié su marcha. Al llegar a la esquina me detuvo las maniobras que realizaba para cargar la basura del mercado un camión trailer atravesado en la ca11e, obstaculizando totalmente la circulación. En ese momento, del lado donde viajaba mi esposa, se acercó una mujer cargando a una niña con un rebozo que brillaba de mugre, mostrándole una receta médica ya muy maltratada y sucia por el mucho uso que le habían dado. Con unas palabras pronunciadas entre dientes, sin entenderse claramente lo que decía, pedía ayuda económica para comprar las medicinas que la niña enferma que cargaba, necesitaba. Mi esposa subió el cristal de la portezuela, sabía que no acostumbrábamos dar ese tipo de limosna al tratarse sólo de indigentes que mentían utilizando esa treta para obtener dinero para sus vicios. Distraído, la observé: Su rostro muy ajado, arrugado como el de una anciana; la mano que enseñaba la receta, esquelética; sin embargo, al observar sus ojos me concentré en su rostro recordando a cierta persona. Con una señal de mi mano le indiqué que diera la vuelta hacia mi lado, observándola detenidamente al pasar frente al auto. De mi billetera aparté un billete de alta denominación y al llegar a mi lado se lo mostré. Se inclinó hacia la ventanilla del auto, fijó su mirada en mi, tomó el billete y tartamudeando me dio las gracias. Ante la sorpresa por el monto de la dádiva, me vio, abrió sus ojos zarcos ya no de un azul intenso como antes, sino grisáceos, de un azul triste, apagados, sin brillo. Un fuerte tufo de alcohol recibí en el rostro. Estaba ebria. Sin dar la vuelta, caminando hacia atrás por todo lo ancho del camellón, sin dejar de verme, moviendo los labios como pronunciando mi apellido, se alejaba. Con mi mano, con los dedos abiertos, el brazo fuera de la portezuela, le hice la señal de despedida y le hablé con palabras que expresaban mi cariño:
--¡Adiós Aurora! ¡Adiós Torera! ¡Adiós compañera!
Creo que sí me reconoció, con pasos vacilantes de sus piernas ahora entecas, tornó y aceleró su caminar. Llegó al sitio donde se depositaba la basura del mercado y sobre un montón de desperdicios, se sentó al lado de un hombre con la apariencia típica de un teporocho. Se arrebujó a su lado colocando a la niña entre los dos; de entre las piernas del individuo tomó una botella y bebió un corto trago, luego le entregó el billete y hablándole algo, me señaló. Cuando ambos levantaron su vista hacia mi, regresé la mirada al frente y ante la insistencia del claxon del conductor del auto tras el mío, al librar el trailer el arroyo vehicular, reinicié la marcha.
--¿Porqué le diste tanto dinero?, -preguntó mi esposa. --Tú no das limosnas y menos por esa cantidad.
--Porque lo necesita, su hija está enferma.
--¿La conoces, verdad? La llamaste por un apodo.
--La creí reconocer, por eso la llamé por varios nombres; pero, no me contestó a ninguno. No era la mujer que pensé conocerla.
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Durante el recorrido hacia mi hogar, traté de olvidar a la piltrafa de mujer que ante mis ojos se plantó; la mujer andrajosa y vestida con guiñapos de la que me despedí; la mujer con síntomas de ebriedad crónica que tartamudeó agradecida; la mujer asombrada que al caminar retrocediendo creí leer en sus labios murmurantes pronunciar mi apellido; la mujer de aquellos grandes ojos azules que aún ciertas noches soñaba con ellos; la mujer de aquel cuerpo que deidifiqué y nunca pude olvidar al contonearse tanto al caminar como cuando nos deleitaba con sus bailes; la mujer que con tan sólo aspirar su aroma al estar junto a mí, daba por bien pagado mi asistencia a la escuela; pero no pude… su evocación pugnaba por exteriorizarse y traicionar mis emociones.
Calles adelante cuando una señal de semáforo me detuvo, simulando que me sonaba la nariz, con mi pañuelo recogí unas lágrimas que escaparon de mis ojos, lágrimas que no mitigaron el dolor que me embargaba; lágrimas que brotaban al recordarla por su inolvidable presencia en nuestra vida de estudiantes y por el amor que le profesé; por la reminiscencia de su azarosa vida de la que recibió no sé si un justo pago convirtiéndola en una tragedia y a su cuerpo, en una sombra. La sombra de aquel hermoso cuerpo de la Torera que cobijó las primeras emociones sexuales de mi juventud…
Max Villareal.
Septiembre de 1998.
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