domingo, 3 de enero de 2010

CUENTO: Pancho Francisco

Por Max Villareal


A: Marcelino Montoya, mi primer maestro de obra, del cual aprendí los primeros

conocimientos de la albañilería.


Siempre consideré que tuve mucha suerte durante el ejercicio de mi profesión. Tantos años de andar de obra en obra, de andamio en andamio, subiendo y bajando en rampas fabricadas sobre un tablón de madera o sobre vigas cuando el claro para cruzar entre dos apoyos, era mayor. En tablones a los que se clavaban unos pedazos de barrote o de duela para formar unos escalones mal hechos o cuando mejor nos iba, sobre unas escaleras hechizas también de madera sin respetar una medida exacta entre los peldaños al clavar pedacería de madera sobre unos polines o sobre unos barrotes para que la escalera pesara menos; escaleras que usábamos tanto en obras pequeñas como medianas; o ascendiendo o descendiendo por andamios metálicos, los cuales tienen integrados a su estructura una escalera marina que nos facilita el acceso a los pisos superiores con mayor seguridad o cuando el edificio constaba de muchos niveles, utilizábamos la plataforma de madera que la grúa viajera necesita en el extremo del cable de la pluma para cargar los materiales y subirlos a los niveles que se encuentran a mayor altura, plataforma que nos depositaba en el piso que requeríamos subir sin sufrir el cansancio de llegar por nuestro pie al lugar deseado, para ordenar y supervisar los trabajos que desarrollaban los obreros de la construcción. Tantos años en los que no tuve accidentes graves, afortunadamente.

El primero muy aparatoso por cierto, sucedió durante el proceso de la cimentación del edificio de una delegación del Distrito Federal. Era tiempo de lluvias y para bajar hasta el nivel de la plantilla de la losa de cimentación a menos ocho metros del nivel del terreno, lo hacíamos por el talud al cual le hicieron unas incisiones formando los escalones. Llovía, y el terreno resbaloso y…¡Bajan! …patiné y caí rodando hasta el fondo y con el impulso que traía, continuó mi caída hasta el fondo de una cepa llena del agua que se precipitaba. Los albañiles me sacaron totalmente mojado y lleno de lodo en todos los pelos del cuerpo. Subí al terreno natural, me trasladé a mi casa, me bañé, cambié de ropa y una hora después estaba al frente de la obra ileso, sin ningún rasguño ni moretón ni dolor.
El segundo, no obstante que el maestro de la obra me indicó que no subiera a la cimbra de la losa que se iba a colar, dado que le habían aplicado el aceite respectivo para evitar que el concreto se adhiriera y dicha superficie se encontraba resbalosa, cimbra que en forma de octágono con el centro más elevado que el perímetro para dar la apariencia de un hongo, forma que iba de acuerdo al proyecto para techar los puestos del mercado de flores que se construía. No le hice caso, subí para revisar el acero de refuerzo colocado y al caminar por la orilla de lo cimbrado, resbalé y caí cuan largo soy… pero sobre un montón de arena que un camión acababa de descargar para utilizarlo en el colado. La arena amortiguó mi caída, me incorporé de inmediato sacudiéndome el polvo de la arena impregnado en mis ropas. El maestro desde arriba me dijo:
Ya ve Arquitecto, se lo advertí… y no me hizo caso.
Tú tienes la culpa --le respondí-- tuve que subir porque no confío en ti, ya que el armado es muy especial y tu sólo sabes hacer puros chilazos. –Todos rieron y no pasó a mayores mi caída.
Construyendo una secundaria por los últimos confines de la delegación Álvaro Obregón, en un inmueble de cinco niveles en dos cuerpos independientes, pero unidos por las circulaciones verticales --escaleras-- no al mismo nivel, sino a medio piso entre cuerpo y cuerpo. Al terminar el último colado de la losa de azotea, para bajar al nivel inferior tenía que cruzar brincando el pretil que protegía el hueco del cubo de luz central. Por una esquina de este cubo, teníamos que dar paso al otro pretil estando a trece metros de altura hacia abajo. Al apoyar mi pié en el segundo pretil, la rodilla me falló, los meniscos muy dañados en mis tiempos de deportista no funcionaron doblándose mi cuerpo y proyectando mi caída hacia el vacío. No supe como, pero me pude impulsar hacia el interior de la construcción al cuarto nivel, cayendo al piso, rodando y por el impulso mi cuerpo continuó girando por el área cimbrada de la rampa de la escalera hasta el siguiente piso. Perdí el conocimiento, recobrándolo instantes después cuando se acercaban mis ayudantes a auxiliarme. Me levanté, adolorido, con una rodilla hinchada como melón y con raspones en la espalda y fuerte dolor de cabeza… de lo demás, nada roto ni fuera de su lugar. Éste fue mi tercer percance y salvo el susto, al día siguiente trabajé normalmente en la obra.

Clavos que atravesaron mis botas encarnándose en la planta del pie; otros que rasgaban mi ropa y rasguñaban mi piel, tropezones, rodillas raspadas, golpes en las espinillas con las varillas o los polines, pantalones y camisas rotas y párenle de contar. Accidentes leves en tantos años que no afectaron para nada mi trabajo. No como a un oficial albañil que me siguió por muchas obras, iniciándose conmigo como peoncito y escalando las posiciones de trabajo hasta llegar a especialista en la colocación de cerámica. Éste tuvo un solo accidente, aunque por causa externa a la obra; pero grave, aparatoso y de consecuencias mortales.

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Conocí a un muchacho que nació en una ranchería semi abandonada del Valle del Mezquital, muy al norte de la población de Ixmiquilpàn, en el estado de Hidalgo. Unas cuantas casuchas construidas con todo tipo de material y habitadas sólo por ancianos, madres y niños pequeños; ya que estos niños en cuanto crecen y tienen capacidad para desarrollar cualquier actividad, abandonan su tierra natal. Los varones se incorporan a las zonas urbanas y las mujeres a labores domésticas, las más de las veces, siguiendo los pasos de su padre y hermanos mayores que emigran a buscar nuevos horizontes en los centros de población, donde hay trabajo para ellos y, casi siempre, ya no regresan a su pueblo, volviéndose estas rancherías en pueblos muertos, sin actividad alguna, ya que la agricultura está vedada en esta zona: tierras tepetatosas, en donde solo crecen biznagas y todo tipo de cactáceas y aparte, no hay ni gota de agua. No llueve por estos lares.

Este muchacho llamado Francisco, llegó a México capital. Deambulando se plantó frente a una de las obras que yo tenía en proceso de construcción; hambriento, pidiéndome trabajo, no limosna, para poder comer. Me dio compasión su aspecto y lo puse a trabajar efectuando labores de limpieza de la obra, provisionalmente, pues aún no cumplía la edad necesaria para darlo de alta en la nómina. Francisco mostró, desde el primer momento, muchas ganas y disposición para efectuar las faenas encomendadas tan disímbolas en una construcción.
Al término de la jornada del primer día, lo vi sentado, en cuclillas, a un lado de la puerta de entrada de la obra y le pregunté:
¿Qué haces aquí Pancho Francisco? --Involuntariamente lo llamé así en recuerdo de un personaje creado por la magistral pluma de Gabriel Vargas (sí, el de la familia Burrón), cuya profesión era de un albañil media cuchara casado con Cuataneta, ambos inmigrantes campesinos llegados a la capital, por la miseria existente en su pueblo natal. Él, sólo levantó los ojos mirándome con mucha humildad y me explicó que no tenía donde quedarse ni a donde ir, que se encontraba solo en la ciudad y me pedía permiso para quedarse a dormir en la obra.
-¡Súbete al carro! --Le ordené, abrí la portezuela trasera y abordó, curiosamente no se sentó en el asiento posterior, sino se acuclilló entre el asiento y el respaldo delantero. Al notarlo le pregunté la causa de esa posición en que se había acomodado y me contestó que no quería ensuciar el asiento, ya que sus ropas estaban muy sucias y llenas de tierra. Sonreí de su respuesta y le dije:
-Siéntate bien. Mañana sacudes la vestidura y lavas bien el carro.
Me detuve en un puesto de tacos y le ordené los suficientes en dos paquetes, uno para que cenara y el otro para que por la mañana, desayunara. Mientras los engullía, le ordené que me esperara allí, que no se moviera, que en un momento regresaba por él. Me trasladé a un centro comercial para comprarle una colchoneta y un cobertor y a mi regreso, al subirse, noté que no traía ningún paquete. Intrigado le pregunté:
-¿Y los tacos para mañana, no te los dieron?
-Sí --me contestó-- pero ya me los comí. --Sonriendo, lo regresé a la obra, le dije al velador que tenía permiso para quedarse en la obra, le di unas monedas para que desayunara y entregándole las cobijas, le dije: -Las cuidas y mantienes limpias, y cada semana me vas abonando para que cubras su costo.

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Pasaron varios años y por tanto, varias obras. Pancho Francisco fue aprendiendo el oficio de la albañilería; de chalancito cuando llegó, a aprendiz y luego ayudante de todo. A su mayoría de edad pudo ingresar a la nómina de la obra y cobrar el salario mínimo como peón de albañilería.
Muchos eran sus deseos de superación, tales que al salir de la jornada diaria, luego de bañarse de la cintura para arriba, en los tinacos donde almacenábamos el agua para la obra o en la toma de agua oficial, como lo hacen la mayoría de los albañiles, se cambiaba de ropa y acudía a la escuela nocturna que habitualmente –en esos tiempos-- impartían clases en las escuelas primarias, para mejorar su rudimentaria escritura y lectura que había aprendido en la escuela rural de su pueblo.
Continuó durmiendo en las obras y comiendo si no en demasía, sí lo indispensable para mantenerse en condiciones para el rudo trabajo que desempeñaba. Muy previsor, ahorraba su dinero no aceptando las invitaciones de sus compañeros para correr juergas de borrachera en las cantinas cercanas a la obra, ahorros que motivaron que acercándose un fin de año, se acercó a mí pidiendo permiso para hablarme:
-Patrón…
-Ya te he dicho que no me llames patrón, soy el arquitecto de la obra.
-Disculpe patrón; pero es que se me dificulta mucho decirle arqui…této.
-Bueno, ¿qué se te ofrece?
-Es que, perdóneme…--Y a media lengua, por tratar de hablar rápidamente, le entendí que quería que le guardara sus ahorros ya que temía que se los fueran a robar en la obra o en un camión, ya que las últimas semanas de diciembre quería ir a su pueblo, a visitar a sus familiares después de seis años de trabajar a mi lado y llevaría sólo lo suficiente para sus gastos, pidiéndome permiso para ausentarse esos días y le guardase el resto de sus ahorros hasta su regreso.
Al día siguiente lo llevé al banco más próximo y le abrí una cuenta personal, donde le enseñaron como seguir depositando su dinero ahorrado. De esta manera, Francisco, tras sus años de aprendizaje, pasando de peón a media cuchara y ahora convertido en un oficial de albañilería muy competente, con su tarjeta de ahorros en la mano, se sentía muy orgulloso de su bonancible situación económica.
Pasó muy rápido como siempre, el tiempo. Terminé la obra y empecé otra por una zona muy alejada de la anterior. En Xochimilco construiría unos departamentos de interés social para el Infonavit y a su inicio, ya no conté con Francisco pues éste no regresó a la obra después del permiso concedido y sin conocer el sitio de la nueva obra, le perdí el rastro al oficial albañil preparado bajo mi mando, por varios años.

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Todos los contratistas que nos dedicamos a la industria de la construcción, pasamos por el doloroso trance de afiliar la obra que iniciamos con el sindicato mexicano de alarifes de la República Mexicana; sindicato que es parte fundamental de la C.T.M., por el número de agremiados que lo integran. Siempre se inicia con un convenio celebrado entre el representante sindical y la empresa, según el monto de la obra y el tiempo de ejecución de la misma. Puede ser de lo más simple: una cuota única y ya. También muy fácil, una cuota de afiliación y una iguala mensual. Pero, lo más ominoso comprende la cuota de afiliación, la mensual y el cobro semanario de las cuotas obreros sindicales que se le debe retener a cada obrero. Este pago siempre lo efectúa el contratista, aunque esté indicado como retención en la nómina para aportación sindical del obrero; éste se niega a que se le descuente de su raya. Los ingresos al sindicato por este rubro son cuantiosos con un gran saldo a su favor, por los pequeños pagos que hace cuando son requeridas sus funciones jurídicas en defensa de sus agremiados.

Por muchos años, el representante del sindicato con mi empresa fue Carmelo, de apellidos desconocidos para mí. Sólo Carmelo y ya. En las pláticas previas que sosteníamos al afiliar la obra o cuando vez en cuando coincidía su visita con mi presencia en la obra, platicando de otros tópicos, conocí algo de su vida por boca de él mismo, vida de la cual se sentía muy orgulloso, por los éxitos que había acumulado.

Provenía de un pueblo perdido en la geografía de algún estado, no supe cual, incorporándose también a la construcción. Hábil por naturaleza, en una asamblea del sindicato con unos obreros renuentes de ir a la huelga por la omisión de las cuotas sindicales del contratista, renuencia motivada para evitar que la fuente de trabajo se cerrara, habló a favor del sindicato convenciendo a sus compañeros. Este hecho llamó la atención del líder sindical, incorporándolo primero como su guarura y carga portafolios, luego su secretario, para de lleno finalmente entrar a las lides corporativas de lucha gremial como representante del sindicato. En este tiempo lo conocí y él me tuvo en gran estima, pues fue conmigo con quien celebró su primer contrato y por tanto, me entregó su primera placa de afiliación de obra a su sindicato; contando a todos sus conocidos que yo era su padrino sindical. Y efectivamente así fue, siempre me llamó Padrino y no por el nombre de mi profesión. Y otra cosa, Carmelo tenía un gran parecido corporalmente, no de su cara, con Francisco. Cuando se presentaba los sábados a la obra para cobrar su iguala semanal, de lejos lo confundía con el oficial albañil, preguntando si ya se había presentado nuevamente a trabajar, sacándome de mi confusión, el obrero que se encontraba más cercano a Carmelo.
El progreso de mi ahijado sindical, fue muy ostensible. Su situación económica se convirtió en excelente y el ejercicio del poder que comenzó a tener, lo fue alejando de su inicial comportamiento. Comenzó a ser prepotente con todos los contratistas exigiéndoles cuotas fuera de los tabuladores aprobados, considerándose el representante que mayor cantidad de banderas rojinegras colocó en las obras.
Los contratistas se quejaron en la Cámara Nacional que agrupa a los constructores, y se formó una comisión para dialogar con el líder principal de la sección de alarifes. Carmelo fue citado a comparecer con resultados nada buenos para él. Se le llamó la atención por su comportamiento y obligado a acatar las órdenes de su jefe. Esta manifestación de su conducta y regaño de por medio, suscitó un rompimiento entre ambos directivos sindicales, pretendiendo Carmelo separarse del sindicato y formar él una nueva sección donde sería el líder único.
Comenzó a grillar a su antiguo jefe, acudiendo a pedir audiencia con el vetusto jefe máximo de la C.T.M., éste según supe después, lo calmó, no quería escisiones en sus sindicatos y una rebeldía de Carmelo, le podría costar muy caro, diciéndoselo como una amenaza velada, dado que su jefe llevaba muchos años de antigüedad y disciplina y tenía por derecho, su apoyo; él debería acatar las órdenes de su líder y no causar problemas sindicales. Estaba advertido.

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Carmelo, no obstante el regaño y sometido a filas nuevamente, prosiguió con su rebeldía manejándose en forma independiente, teniendo relaciones con su jefe sólo para lo más indispensable. Acaparó una buena fortuna y aunque dilapidaba buena parte de sus ingresos en mujeres y borracheras, pudo construirse una casa por la colonia Agrícola Oriental.
Considerándome siempre como su padrino, las invitaciones de su parte para que lo acompañara, eran muchas. Únicamente aceptaba las que celebraba en su casa ya que de esta forma no participaría en sus francachelas. En uno de estos convites, su aniversario de casamiento, le comunicó a su esposa lo que momentos antes me había solicitado:
-Mira mujer, le he pedido aquí al Arqui, que sea el padrino de nuestra hija, ahora que va a cumplir sus quince años, así, será padrino por doble partida, de mi hija y mío, aparte de que seremos compadres, ¿qué te parece?. –La señora, que ostensiblemente demostraba que la relación con su esposo ya no era buena, por las continuas infidelidades que descubría con mucha asiduidad; repudiando el ademán cuando trató de abrazarla y retirando el brazo que cruzaba su espalda, me dijo cambiando de actitud:
-Que bueno Arquitecto, que bueno que aceptó ser nuestro compadre, me parece el padrino perfecto para mi hija y yo creo que… --Carmelo, interrumpiéndola, tomó la voz para decirme: -Nada más que pase este tres de mayo Arqui, nos ponemos de acuerdo, mi hija cumple años a fines de mayo, el día 30, el día de San Fernando. –Yo accedí a su petición, asintiendo sólo con un movimiento de cabeza ya que el futuro compadre de inmediato puso en mi mano una copa para brindar por la próxima celebración, impidiendo que dijera palabra alguna.
Desgraciadamente, esta ceremonia de padrinazgo no se llevó a cabo conforme lo había planeado Carmelo. El tres de mayo, en la obra principal que llevaba a cabo el gobierno del Distrito Federal, presidiendo el agasajo las autoridades de Obras Públicas, los representantes del contratista y los miembros principales del sindicato, festejo en el cual presentaron un gran show con bailarinas y toda la cosa, en honor de los albañiles que participaban en la construcción del inmueble.
Como casi siempre sucede al término de la comida, ya pasados de copas los participantes, alguno de ellos rompe la armonía del festejo con conatos de pleito. Esta vez le tocó ser el actor principal de la bronca, a Carmelo. Envalentonado, frente a los obreros retó a su jefe para ver quien era el más fregón, argumentando que como él controlaba a más personal que todos los demás miembros del sindicato, él debería ser el líder de la sección y no el tipo que tenía enfrente y además, que era un cobarde ya que no se atrevía a responderle como lo pedía, a golpes.
El jefe se levantó, se despidió de los invitados y se retiró de la fiesta, no quería problemas; pero eso sí, antes de irse dio órdenes precisas a sus guaruras. Éstos, en cuanto se retiró Carmelo acompañado de una de las bailarinas del ballet, lo siguieron e interceptaron su vehículo antes de entrar a un motel de la avenida Zaragoza; encañonándolo lo conminaron a que se bajara del auto y en cuanto lo hizo, fue golpeado en la cabeza con la cacha de una pistola perdiendo el conocimiento. Lo subieron arrastrándolo al auto de los guaruras y el que daba las órdenes les indicó que lo esperaran cuadras adelante. Enseguida se subió al auto de Carmelo intimidando a la mujer, amenazándola con el arma que portaba en la mano. Inició la marcha dirigiéndose al motel y en la habitación designada, la hizo suya y posteriormente a sangre fría, la asesinó de un balazo, ahogando el tronar del disparo con una almohada. Limpió todas sus huellas tanto de la habitación como del auto y dejando éste en el garaje, subrepticiamente salió primero del cuarto y después del motel sin que el encargado y la vigilancia, se dieran cuenta de su salida.
Abordó el auto de sus compinches en el lugar indicado y a una orden suya enfilaron rumbo a Nezahualcoyotl. Muy al oriente, en la confluencia del bordo de Xochiaca y el canal de La Compañía, en terrenos de Chimalhuacan, bajaron el cuerpo de Carmelo que aún permanecía sin sentido. Sacaron de la cajuela del auto una pala y una maceta, herramientas propias de albañilería y a golpes en la cabeza, lo mataron, desfigurándole totalmente el rostro, dejándolo irreconocible. Le colocaron la pistola del que daba órdenes en la mano y oprimiendo el gatillo, dispararon, recogiendo el casquillo percutido y plantando la pistola en su cintura, presionada por su cinturón. Aventaron el cuerpo entre unos maizales; pasos adelante tiraron en diferente sitio las herramientas utilizadas para masacrarlo, subieron al auto y en unos segundos, desaparecieron.

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Tres empresas teníamos en conjunto el total de la obra. Se trataba de la remodelación y ampliación de la Secundaria Nº 4, por San Cosme. Una de ellas, la encargada de reparar y reconstruir todo el casco viejo de la antigua escuela, considerado como monumento histórico y colonial. La otra, la reparación de las aulas existentes y la construcción de otra nave de aulas nuevas.Yo, la construcción de los edificios para los talleres en los cuales se enseñarían diversos oficios y técnicas para la industria, como nuevas disciplinas para capacitar desde temprana edad, a los jóvenes que no pudieran cursar una carrera universitaria o superior.
A dos semanas de haber iniciado la parte de la obra que me correspondía, frente a mí, en la oficina que tenía dentro de la obra, se presentó un albañil:
-¿Cómo está patrón, se acuerda de mí?
-¡Quiúbo Pancho Francisco! ¿Dónde has andado todo este tiempo?
-Por ahí patrón, dándole duro a la chamba, gracias a Dios no me ha faltado.
-¡Caray hombre! Han pasado ya tantos años desde que te fuiste y ya no regresaste, ¿pues qué te pasó? --Pancho Francisco me contó que se quedo varios meses en su pueblo, primero por motivo de la enfermedad de sus viejos y luego por problemas de sus tierras. Que en ese tiempo se casó con una muchacha de allá y ya tenía dos hijos que ponía a mi disposición. Que cuando regresó ya no me encontró y que había trabajado en varias empresas. Que con el producto de sus ahorros pudo poner casa, allá por los Chamapas, en Naucalpan, y se había traído a su mujer e hijos. Que ahora trabajaba para la compañía que remodelaba las fachadas antiguas de la escuela. Lo miré detenidamente y efectivamente, no había cambiado nada, se mantenía igual como años antes, quizá más maduro y el parecido con Carmelo seguía siendo enorme. Algún día pensé en presentarlos, verlos juntos, a ver que se decían entre ellos.
-Y ahora que lo encuentro patrón, a ver si me da chamba nuevamente.
-Sí, como no, nada más termina el compromiso que tienes con esa empresa y de inmediato vienes a trabajar conmigo. Ahora anda, regresa a ponerle, a dar golpe, ya después platicaremos con mayor calma.
Pero ese momento, no llegó. Celebramos varios días después el esperado tres de mayo, el día del albañil. Las tres compañías hicimos en conjunto la reunión. Tres cruces, pero un solo festejo todo apegado a los usos y costumbres de estas celebraciones. Frente a la mesa donde estábamos todos los directores de la obra y específicamente delante de mí, se acercó mi conocido llevando una cuba en su mano:
-Salud patrón, es la primera vez que le digo salud, luego de tantos años de estar con usted. -¿Qué ya tomas? –le contesté.
- Muy poquito patrón, dos o tres nada más, sólo para alegrarme, no para emborracharme. Pues así se empieza y luego ye envicias, no quisiera que te volvieras borracho y después irresponsable, --lo recriminé al mismo tiempo que levantaba mi vaso y brindaba con él, recomendándole que ya se retirara antes de que hubiera broncas. Se terminó su cuba y tranquilamente se alejó de mi lado. Procuré que todos los albañiles se comportaran bien calmando a los posibles rijosos, teniendo finalmente un saldo blanco. Cuando me disponía a salir del festejo, a la hora de subir a mi auto, vi salir de la obra a Pancho Francisco, solo, no sé si tomado, sin pensar que sería la última vez que lo vería con vida

Al día siguiente, los ayudantes de Francisco montaron el andamio metálico con cinco piezas, formando una torre de casi ocho metros de altura, sobre la banqueta, ancha de por sí, de la calle Rivera de San Cosme. Estaría trabajando colocando las cornisas de cantera en los dinteles de las ventanas coloniales del segundo nivel. Toda la mañana trascurría normal, cuando de pronto el chofer de un autobús México Tacuba Atzcapotzalco, perdió el control del vehículo, se subió a la banqueta arrollando a dos peatones y lanzándose contra la torre metálica, derribándola y proyectando al albañil hacia abajo, volando metros adelante para caer sobre el arroyo vehicular. El camión no se detuvo, continuó su marcha, huyendo, aplastando en su viaje el cuerpo inerme de Francisco, pasándole las llantas sobre su cabeza, dejándolo instantáneamente muerto. Cuando me llamaron, llegué a su lado estando ya tapado con una sábana blanca que se encontraba tinta en sangre. Levanté una de sus orillas y me llevé una horrible impresión que aún perdura en mi recuerdo. Su cabeza había dejado de serlo, sólo era una maza sanguinolenta; de sus rasgos físicos, no quedaba nada conocido.

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El día posterior a los hechos, me encontraba frente al Servicio Médico Forense; aunque yo nada tenía que ver con la muerte de Francisco por trabajar éste con otra empresa, le ayudaba con los trámites respectivos a Narcisa, su viuda, a pedimento de ella misma pues el difunto le había contado de mi participación en su vida y que recurriera a mí en caso de necesitar ayuda. Así mismo, le ayudaría con la documentación necesaria para los trámites ante el Seguro Social y pudiera cobrar la indemnización de ley por la muerte de su esposo. De pie en la puerta, esperaba que saliera luego de que había sido llamada para que identificara el cadáver, como diligencia para que le devolvieran el cuerpo.
Apesadumbrado, aún no reponiéndome del fatal accidente, di un brinco cuando me tocaron el hombro. Volteo y veo a una señora toda vestida de negro, que me dice sorprendida:
-¿Cómo, usted ya lo sabía? –reconociéndola, era la esposa de Carmelo.
-¿Sabía qué señora?
-Pues que mataron a Carmelo. –Irrumpiendo en lágrimas que me parecieron exageradas.
-¡Cómo! –grito sorprendido, no dando crédito a lo que me dice-- desconozco que haya pasado. Dígame que sucedió. –Y entre sollozos y sonadas de nariz, me cuenta:
-Pues que mi esposo desapareció anteayer, luego de la fiesta del tres de mayo a la que asistió y ayer por la tarde lo encontraron tirado por el pueblo de Chimalhuacan, no se más ni sé a que haya ido por esos lugares. Me pidieron que viniera a identificarlo, dicen que su cuerpo está aquí y a eso vengo, nada más que nadie vino conmigo, vengo sola, acompáñeme usted, por favor. –Aún no recuperando mi estado de ánimo, alcancé a decirle que estaba esperando a otra señora que había venido a lo mismo, que me esperara un momento y enseguida la alcanzaba. No pude articular más palabras. Me quedé quieto, de una sola pieza; estaba impresionado por lo sucedido. De momento me encuentro ante dos personas conocidas y muy allegadas a mí, muertas. Francisco y Carmelo. En cuanto la pierdo de vista por el acceso a la que hubiera sido mi futura comadre, me doy ánimos y la sigo. En ese momento sale Narcisa hecha un mar de lágrimas, dirigiéndose hacia mí y a mi pregunta, me responde:
-Es imposible que lo reconozca, está desecha su cara y a los oficiales y al médico les contesté que sí era él, no me quedaba de otra. No podría verlo nuevamente, no puedo creer que mi Pancho hubiera muerto de esa forma tan terrible. –La abrazo consolándola y la acompaño a que tome asiento en el interior del recinto. La dejo, me dirijo hacia la sala cuando sale la esposa de Carmelo, expresando a grito abierto lo espantoso que habían dejado a su esposo. Me abraza y la conforto permaneciendo así varios minutos, hasta que llegan a su lado el oficial de turno y el médico legista para que firme la identificación del cadáver. Ya más calmada, le suplico que se siente, que descanse, que se recupere de la impresión, cuando penetran al local su hija y demás familiares. Me separo de ella y me doy alientos para entrar a verlos. Pido permiso al policía a cargo, presento mi credencial con mi filiación y me dejan pasar. La morgue está vacía, sólo al fondo sobre dos mesas de granito, separadas por otra fila de mesas, están dos cuerpos cubiertos con una sábana blanca, ambos se notan desnudos. No hay más cadáveres. Me aproximo al primero. Levanto la orilla de una sábana y la bajo de inmediato. Me dirijo a la otra mesa y hago lo mismo y la vuelvo a bajar rápidamente. Me calmo. Controlo mi impulso de salir corriendo del lugar. Tranquilizado, descubro cada cuerpo y aparte de que sus cráneos están impresionantemente desfigurados, con las espantosas cosidas dadas a los cuerpos por la autopsia de ley efectuada a cada uno de ellos, la escena es horrible, no está uno acostumbrado a estos hechos. Pero, vuelvo a observarlos, el parecido de los cuerpos era casi idéntico, tal como se muestran era difícil identificar quien era quien; sólo cuando leo la tarjeta como ficha oficial que tenían sujetada al pie, supe que cuerpo correspondía a cada uno. Aunque, aún así, era muy comprometido identificarlos. Los cubro nuevamente y no creo que pueda volver a verlos. Antes de salir de la morgue, doy vuelta y los observo de lejos; si en algún momento pensé en vida presentarlos, para que se vieran frente a frente y reconocieran el gran parecido físico que tenían, ahora muertos, estaban juntos, mesas entre ellos, sin verse. Muevo mi cabeza con un movimiento que denota mi tristeza y abandono el depósito de cadáveres, dirigiéndome a la sala de espera para ver en que soy necesario a las afligidas viudas.

Tiempo después, se despiden de mí ambas mujeres. Parten con sus difuntos. Una, con la carroza, para la colonia Agrícola Oriental. La otra, con un servicio fúnebre especial, para su tierra, allá por Ixmiquilpan, allá por el Valle del Mezquital, allá donde se encuentra la ranchería semi abandonada donde están sus padres, allá donde nació Francisco.

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-Pero comadre, se tiene que vestir.
-Pues vístanlo ustedes, comadre. Yo no puedo verlo. Está horrible.
-Al servicio fúnebre le hubiera encomendado que le arreglaran la cara, que lo maquillaran para lo vieran sin ese aspecto que tiene.
-¿Sí? ¿Y sabe usted cuanto cobran esos angelitos? ¿Y para que lo arreglo, sólo por unas horas, si lo vamos a cremar. Tapamos la caja, que nadie lo vea y ni quien lo note. Así que, aquí esta la ropa, si quieren vestirlo, adelante; por mí, que se vaya encuerado.

Al amanecer del día siguiente, durante el velorio de rigor, bebiendo un café acompañado de pan de dulce como desayuno, la comadre que ayudó a vestir a Carmelo platicaba con la viuda, comentándole sus experiencias:
-Perdóneme comadre que quizá me meta en lo que no me importa y me inmiscuya en sus asuntos privados; pero no me puedo quedar callada, lo que pienso comadrita, es que va usted a extrañar mucho a su esposo. Hombres como él, hay pocos.
-Qué lo voy a extrañar, si nos tuvo abandonadas por andar de borracho y mujeriego, me dio muy mala vida el desgraciado. Ya ve, las investigaciones de la policía dicen que mató a una vieja en un hotel y que quizá, su esposo o amante se vengó matando a Carmelo. Con esos ejemplos, ¿cree usted que le iba a tener cariño o respeto? Además, ya ni me hacía caso.
Pero cuando le hacía caso o cuando se acordaba de usted, debe haber sido muy feliz.
No le entiendo comadre, ¿qué me quiere decir?
Le repito, hombres como él, hay pocos. Y se lo dice alguien que conoce mucho de ello. Ya sabe que me casé y después me he arrejuntado varias veces.
¡Ay comadre!, dirá que soy muy pendeja, pero no la entiendo.
Que su esposo estaba muy bien dotado para hacer el amor y usted debe haber sido muy feliz con él, ¿ahora sí me entiende?
¿Se refiere usted comadre, a cuando hacíamos el amor? ¡Cuál feliz! Si el desgraciado más tardaba en montarse que en bajarse. Yo no sé por qué tenía fama de mujeriego, si a mí ya no me tocaba, es más, dormíamos en camas separadas desde hace mucho.
Pues yo no sé, pero por lo que vi, no lo creo nadita.
Eso me lo dice porque cuando lo vistió, ¿lo vio desnudo?
Sí comadre, así es como llegó, sólo traía unas sábanas con las que lo taparon y lo vi.
Pues vamos a verlo. –Se levantaron las dos mujeres y pidieron a los pocos asistentes que se encontraban a esa hora acompañando al difunto, que se salieran un momento, porque la viuda se iba a despedir de su fallecido esposo y quería hacerlo a solas. Previamente tomó una toalla y le pidió que una vez destapada la caja, le cubriera la cara, no lo quería volver a ver, que de por sí, con tan sólo la única vez que lo vio en la morgue, nunca lo olvidaría.
Cumplido su deseo, de inmediato le aflojaron el cinturón, le bajaron el pantalón levantando ligeramente el cuerpo por las piernas, de un tirón hacia abajo recorrieron la truza dejando al descubierto las partes nobles del muerto y antes que la comadre le señalara sobre lo que se estaba refiriendo en su charla, se escuchó un grito:
-¡Éste no es mi esposo! ¡Éste no es Carmelo!

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Salí tarde de mi casa, era sábado y no tenía que ir a mi despacho, únicamente a la obra y eso al mediodía; aprovecharía la mañana para arreglar algunos asuntos personales que tenía pendientes, cuando al abrir la portezuela de mi auto, llegó a toda velocidad un taxi, frenando frente a mí. Descendió una señora conocida, que horas antes había estado acompañándola en el velorio y dándole el pésame por la muerte de mi amigo, mi ahijado del sindicato. Muy acelerada me preguntó si conocía el domicilio de Francisco, yo con extrañeza le pregunté el porqué, si no tuvieron relación alguna en vida los difuntos, si no se habían conocido. Entonces me platicó, hablando muy rápido, farfullando las palabras, lo que sucedió horas antes:
Que el cadáver que velaron no era el de Carmelo. Que había ido a la morgue y le dijeron que sólo había otro cuerpo depositado con el que tal vez se confundieron y le dieron sus datos. Luego supo que había sido albañil mío, que por eso me encontró allí, que conocía a la esposa del otro difunto y yo sabía por donde quedaba la ranchería a donde lo trasladaron y preguntando, consiguió mi domicilio y ¡qué bueno que dio conmigo!
-Pues mire, sólo sé que vivía adelante de Ixmiquilpan, en una comunidad llamada Boybadhá rumbo al pueblo de Naxthey; aunque nunca he ido sé más o menos como llegar. Les voy a hacer un croquis para que ustedes puedan localizarlo.
-No, yo le suplico que nos acompañe. Por la amistad que lo unió con Carmelo, se lo pido. Sólo a usted lo conoce la viuda. Sólo a usted le podrían hacer caso para aclarar esta difícil situación. Se trata de algo delicado, explicarle lo sucedido y cambiar los cadáveres sin más trámite y sólo usted es el indicado para mediar en este embarazoso asunto. ¡Dígame que si va con nosotros! ¿Verdad?

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Una hora después al frente de una comitiva, salía para la tierra de Francisco. En la vanguardia mi auto con mi esposa, la viuda y su hija; atrás, en otro vehículo los parientes de la señora y la comadre de marras, la iniciadora de todo este relajo; en la retaguardia, la carroza con el ataúd y el cadáver equivocado.
Pasada la una de la tarde llegamos a la ranchería. Todo estaba desierto, no había una sola alma a quien preguntarle por la casa del difunto. Regresé a Boybadhá y allí una anciana que estaba sentada sobre una viga a manera de silla, me informó que todos los vecinos habían acudido al entierro, que ella no había ido por que ya no estaba para esos trotes, que ella iría dentro de poco pero en el interior de una caja. Que primero irían a la iglesia y de allí partirían al cementerio, que esa era la tradición, que tenían como una hora de haber salido para allá todos los de este pueblo e indicándome, a señas en forma muy costumbrista, como llegar al sitio solicitado.
Regresé tomando una desviación de terracería antes del pueblo cercano llamado Las Emes. Unos cientos de metros más, dimos con la iglesia y atrás notamos que se encontraba el panteón. Justo llegamos cuando salían del servicio religioso. Nos bajamos y me presenté ante Narcisa, ella asombrada por nuestra presencia, aunque le noté un rictus de alegría dentro de su pena porque no esperaba que la acompañara yo, que había sido el jefe de su esposo y estuvieran más amigos haciéndole compañía a Francisco y a ellos, que eran tan pobres para que se fijaran en sus personas.
La esposa visitante y sus parientes vieron pasar el sepelio, adelante el difunto en una caja sencilla de madera de pino, aparente pintada de gris, sin adornos de tela, cargado a hombros por los más jóvenes del pueblo, luego Narcisa, sus hijos y los parientes próximos, en seguida todo el pueblo, cerrando el cortejo la banda de música local compuesta por cinco personas, todos habitantes del lugar, tocando marchas y melodías originarias del pueblo.
Con la mirada le hice una seña a la esposa de Carmelo y me acerqué a Narcisa, le dije que detuviera un momento el cortejo, que tenía que explicarle algo. Ella se detuvo y se salió del grupo, a un lado del camino. Sus hijos al lado de ella, llorando preguntaban que pasaba, por qué estaba yo allí. Se acercó también el delegado del pueblo, escuchando lo que trataba de decir. Empecé a explicarle que había una equivocación, que…--interrumpiendo mi intromisión, se interpuso la mujer, diciendo:
-No, no pasa nada. Siga adelante señora, yo soy la que está equivocada, discúlpenos y la acompañaremos, estamos con usted en su pena y dispénsenos también usted señor, continúen. –Unos minutos después y habiéndose reiniciado la marcha del sepelio, le pregunté a la señora que había sucedido y me aclaró con unas palabras en las que sí se notaba su angustia:
-No es justo. No puedo detenerlos. Para que hago el cambio, sólo le causaría una gran aflicción. Esta pobre mujer y esta gente no se lo merecen y tal vez no lo entenderían. Además, sólo lo detendría porque este desgraciado no se merecía este entierro, es un lujo para él. Y a ver dígame, es correcto que traiga de regreso a Carmelo para cremarlo y… ¿qué voy a hacer con sus cenizas?, seguramente las depositaré en una iglesia y luego abandonarlas, por mí difícilmente iría a verlo. De su familia no conozco a nadie ni nos presentó a algún familiar ni nos dijo donde nació. El vivió su vida, mi hija y yo fuimos toda su familia y nunca nos tomó en cuenta.
Traigo todos los documentos necesarios del difunto como si fuera Carmelo, por si se presentara algún problema legal. Voy al municipio, a Mixquilpan dice usted, y haré todos los trámites legales para enterrar a este hombre en este mismo sitio, aquí en su tierra, si es posible junto a Carmelo, para que los rezos que le hagan le lleguen también a él. Imagínese, lo regreso, hago las gestiones necesarias para su cremación, ¿Cuánto tiempo pasa? y el cuerpo comenzará a apestar. No, aquí se queda. Algún día si me acuerdo, si pienso en mi esposo o me arrepiento de esta decisión, vendré hasta acá a visitarlo o tal vez lo exhume y traslade sus restos a la capital, previa aclaración del error que se cometió. Así sería más fácil explicárselo a su viuda. Creo es lo mejor, ¿no considera que esta solución es la más correcta? –Yo permanecí callado respetando su idea y su manera de razonar, dejaba mi opinión fuera del problema.
A las seis de la tarde todo se había terminado, se enterró a Francisco junto a Carmelo. Nos despedimos de Narcisa y de toda su familia luego de aceptar la comida que prepararon para todo el pueblo. Comimos escuchando los compases de la banda que no dejaba de amenizar o quizá disminuir la pena de la familia. Compartimos el pan y la sal con esta gente tan humilde, pero tan franca y sincera, que todo lo da y nada espera recibir.

Viniendo de regreso, manejando por la autopista mis pensamientos se centraron nuevamente en lo que creí posible, juntar a Francisco y a Carmelo para que vieran la gran semejanza que tenían sus físicos y ahora, tal como los vi en la morgue, mi idea se realizaba en la sepultura, hoy en día y para siempre, estarían juntos.

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Por la noche muy cansado, recostado en mi cama, no podía conciliar el sueño. La fiesta terminó muy tarde. Aceptamos la invitación que quedó pendiente por la ausencia de Carmelo: en una ceremonia religiosa nocturna, apadrinamos los quince años de su hija Fernanda, dejando pasar unos días después de su cumpleaños como respeto y luto para el difunto. En mi insomnio cavilaba sobre los sucesos acaecidos unas semanas antes y en lo injusto que fue la vida en un caso y lo muy justa que fue, quizá en el otro, no lo sé; posiblemente si Carmelo hubiera hecho caso de las amenazas del sindicato, no habría pasado nada. Pensaba y también recapacitaba, sobre los accidentes que se suscitan en las obras, que ninguno, llámense ingenieros u obreros tenemos la vida comprada, que si no hemos tenido daños graves, como lo dije al inicio, es por que hemos tenido mucha suerte.
Crucé mi brazo bajo la almohada para ceñir a mi esposa junto a mí, acercándola, la besé en la frente y antes de cerrar mis ojos, di gracias a Dios por lo bien que me había protegido durante tantos años de ejercer mi profesión.




MAX VILLAREAL.
octubre del 2006.

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