Por: Max Villareal.
A: Antonio Santana, mi gran amigo de Maravillas.
La palabra “NAUALLI” significa en la lengua de nuestros antepasados: “Brujo o Hechicero”. Así le designaban también a todos los que practicaban alguna magia, ya sea de las consideradas como blancas o ya sea de la magia negra. Se les contrata para atraer al novio o novia; para tener amor y dinero; curar o enfermar a cualquier persona; limpiar o aplicar el mal de ojo; regresar maridos que abandonaron a la esposa y hasta provocar la muerte de un enemigo.
Ya castellanizada la palabra, el pueblo la pronuncia: “Nagual”. En algunas regiones, la zapoteca por ejemplo, cuando nace un ser, el padre pinta con cal un círculo alrededor de la casa o jacal. Cuando el primer animal que pise la raya de cal y deje su huella marcada en el polvo, el recién nacido adopta el nombre del mismo y junto con el nombre cristiano asignado al momento de su bautizo, es nombrado. Así conocemos personas que se llaman: Pedro ratón, Juan conejo, etc... Este animal es el “nagual” del niño y será su compañero desde el momento de nacer, hasta su muerte. Invocándolo le proporcionará protección, cuidado, ayuda, corno si fuera su ángel. En estas etnias, nagual y ángel, son sinónimos.
En otras regiones, el nagual es un espíritu maligno. Puede poseer cualquier cuerpo, ya sea esté con vida o esté muerto. Esta posesión digamos demoníaca, adopta una doble personalidad: la de una bestia y la de humano, cambiando la fisonomía a su arbitrio: de animal a humano y de humano a bestia. En esta última posesión regularmente se manifiesta como una bestia carnicera, mostrando toda la vileza de su espíritu. Comete asesinatos, perversiones, y su presencia o aparición ha formado historias y leyendas de terror, en torno suyo.
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Don Eustorgio era un campesino exitoso, cuyas tierras siempre le brindaron buenos frutos. Desde muy pequeño, empezó a cultivar los terrenos de siembra primero como peoncito, luego trabajando a medias las tierras y por el esfuerzo dedicado pudo ir comprando sembradíos hasta obtener la hacienda que ahora disfrutaba. Toda su vida le dedicó sus esfuerzos y sus desvelos a la tierra que tanto amaba. Por su edad —no siendo un anciano— y su enfermedad, realizaba las faenas sencillas. Unos diez años antes empezó a sufrir de reumas, a tal grado que ahora para caminar se apoyaba en un bordón. Este mal lo achacaba al haberse mojado los pies en todas las faenas que realizaba en las fosas y jagüeyes; en los aljibes o acequias; para retirar el azolve que obstruía los canales que conducen el agua que se almacenaba en dichas concavidades, útil para el riego de sus tierras de labranza. Los trabajos pesados lo realizaban sus dos hijos varones auxiliados con tres peones que trabajaban a su servicio.
Con mucha dificultad caminaba, por tanto recorría sus tierras a caballo. La propiedad a pesar de no ser muy extensa, incluía dentro de sus límites un cerro cubierto de encinas; montículo que marcaba el inicio de una sierra toda cubierta de fagáceas: encinos blancos y amarillos, de madera muy dura, cuyo fruto es la bellota. El encinar se mantenía completo, sin contaminaciones ni taladores, un verdadero bosque con su fauna en equilibrio compuesta de familias de: roedores, integrada por ratones, topos, conejos, ardillas, lirones; félidos, como garduñas, gato montés y uno muy chiquito que en la región le llaman, onza. De los cánidos aparecían de vez en cuando unos coyotes; muy perseguidos por los agricultores, ya que acostumbraban bajar hasta las granjas para devorar a las aves de corral, que los campesinos criaban para consumo personal.
Aves, muchas. Pájaros de todo tipo, desde el minúsculo colibrí hasta grandes cuervos. Gallináceas de paso: las codornices en gran cantidad; las nocturnas como lechuzas y búhos no faltaban. En fin, toda una ecología protegida por las encinas, que además, con las ramas secas les proporcionaban a sus hogares, leña y carbón para sus asadores y para el horno panadero de sus cocinas, no necesitando talar ningún árbol para utilizar el combustible que requerían.
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Había recurrido a toda clase de remedios para curarse las reumas. Cultivó en forma muy privada oculta a todas las miradas, una mata de marihuana, cuyas hojas después de su corte las secaba al sol. Una vez secas las introducía en una botella que contenía alcohol alcanforado, dejando reposar la preparación durante ocho días en un cuarto que no recibiera la luz del día. La octava noche sacaba la botella al centro del patio para que se serenara —de preferencia cuando era noche de luna llena—, para recibir las influencias celestes nocturnas. A la mañana siguiente podía empezar a frotarse las piernas cuatro veces al día y por la noche, al acostarse cubría la zona frotada con un lienzo de lana calentado previamente. El remedio, al terminarse el licor contenido en la botella, le duraba su efectividad una semana; luego, empezar otra vez el tratamiento.
Cansado de tantas aplicaciones y consejas, prefirió acudir con un médico muy acertado para la cura de su mal, cuyo consultorio se ubicaba en la ciudad de México. Con la recomendación de un amigo suyo que había sido sanado por este doctor, concertando cita, acudió a su consulta.
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La sala de espera del consultorio no mostraba como decoración en sus muros, cuadros alusivos a la práctica de la medicina; no, sino presentaba escenas de actos de cetrería y caza de especies menores. En el privado del doctor, al acceso en su turno respectivo, vio en la pared del fondo, unas cabezas disecadas de venados, formando un círculo en cuyo centro estaba colocado el título universitario del doctor.
A una indicación del doctor, que lo sacó de su abstracción, lo invitó a sentarse. Dejó a un lado el bastón de apoyo y al acercarse al sillón para tomar asiento, observó al especialista: éste, de edad madura, tez blanca, luciendo una barba muy bien cuidada. Su bata impecablemente limpia y presencia agradable que le inspiró confianza. Se acomodó en el asiento y recargó su espalda en lo mullido del sillón.
Fue revisado con todos los aparatos más modernos practicando en ellos, una serie de ejercicios especiales para determinar el grado de su enfermedad. Al término del examen le extendió la receta explicándole la posología respectiva y las rutinas musculares que debía realizar en su casa para completar el tratamiento que le prescribía. Le aseguró una gran mejoría después de quince días de aplicación y que al término de dos meses, se restablecería en un ochenta por ciento de su enfermedad.
El reumático campesino, luego de recibir la receta y pedir más explicaciones sobre su tratamiento y quedar plenamente satisfecho de su consulta, no resistió las ganas de platicar con el doctor, fuera del problema de sus achaques, y así lo hizo:
—Doctor, según veo le gusta mucho la cacería, ¿Verdad? -mirando al mismo tiempo el muro lateral a la pared donde lucían las cabezas de venado, destacando una panoplia con armas de todo tipo, especiales para la cacería.
—Sí Don Eustorgio, me gusta mucho. En cuanto tengo un poco de descanso, lo ocupo para salir de cacería. Es muy relajante para mí. Me tranquiliza después de lo complicado que es la práctica de mi profesión, -le contestó el especialista.
—Mire doctor, donde vivo hay un bosque muy bonito, donde se pueden cazar muchas especies. Cuando tenga algo de tiempo, le recomiendo que me visite. — ¿Queda muy lejos de la ciudad el pueblo donde usted vive? -muy interesado en el comentario del agricultor, lo interrumpió.
--¡No doctor! Muy cerca, a menos de ciento treinta kilómetros. Cuando guste lo invito, no se arrepentirá de su paseo. —Al concluir de explicarle como llegar a su casa, se levantó apoyándose en el bordón, y de pie escuchó:
--Qué le parece Don Eustorgio, si dentro de dos meses al término de su tratamiento puedo ir a visitarlo por dos motivos; uno: revisarlo médicamente, y dos: para disfrutar de dos o tres días dedicados a mi deporte favorito, la cacería. ¿De acuerdo?
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--Viejo, no te olvides que mañana es día de luna llena —le comentaba a Don Eustorgio, su esposa muy preocupada—, aconseja al médico que no se les ocurra ir de cacería por la noche. No le digas el motivo. Por ser gente muy instruía, no cree en estas cosas. --No mujer, no creo que lo hagan, en fin, ya veremos. -El matrimonio anfitrión en soledad, platicaba aún sentados a la mesa, mientras el doctor, su esposa e hija, se tiraban una siestecita, en seguida de la suculenta comida que saborearon, tiempo después de su arribo y de la charla de sobremesa que entablaron para afirmar su amistad.
Habían llegado al filo de las once de la mañana, completando la familia del invitado, dos muchachos, sus hijos; los cuales en lugar de descansar al final de la comilitona ofrecida como primer cumplido de la invitación, salieron con sus escopetas cuatas rumbo al bosque, acompañados del hijo menor de Don Eustorgio, joven dos o tres años mayor que los invitados.
Los muchachos regresaron al final del crepúsculo vespertino ya con el pendiente de sus padres, motivado por el desconocimiento de la zona; llegando muy contentos al obtener una buena caza: Cinco codornices, tres conejos y un par de ardillas. De inmediato los muchachos destazaron y prepararon con los condimentos especiales que trajeron y con el achiote que la señora de la casa les dio, para asarlos al carbón en la parrilla especialmente construida en el hogar del campesino. Mientras degustaban como cena los animales cazados, los hijos entusiasmados se dirigieron al padre:
--¡Papá! Hay que organizarnos mañana por la noche, para salir de caza en una lamparada. Hay muchos conejos, codornices y quizá cacemos alguna pieza mayor… el lugar está ¡Increíble!
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La leyenda empieza en el siglo XVII cuando se construyó por estos rumbos
Trajo de España para casarse a una Infanta de buena estirpe, Doña Ximena, que le resultó estéril. No le dio hijos. El hacendado, urgido de tener descendencia, la cual continuara el dominio de estos territorios, para resarcirse de esta anomalía, comenzó a violar a cuanta mujer tenía a su alcance: esposas o hijas de sus peones. Cuando una de estas indefensas señoras procreaba un hijo, mandaba traerlo a su presencia para verificar si llevaba su sangre, esperando que heredara los rangos de su raza. En ningún caso fue positivo para él, el parecido de las criaturas. Todas nacieron con rasgos autóctonos, sangre de la madre indígena.
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En los confines de la hacienda vivía una joven muy hermosa, llamada Xochiatlapalli –Pétalo de rosa- que se volvió su obsesión. La joven india se le rebeló, no se dejaba mancillar por el bárbaro español. Cuanta treta imaginaba para poseerla, la muchacha las evadía. Obligó a sus padres a entregársela so pena de quitarles la vida. Ellos obedecieron convenciendo a Xochiatlapalli que se entregara, y así fue; pero, en la primera oportunidad que tuvo huyó hacia el monte. Don Alonso organizó una batida para localizarla y acorralándola, como si fuera una bestia, la capturó. Regresó a los peones a la hacienda y, en ese mismo lugar la hizo suya, mancillando su honor. El español la abandonó en el lugar, permaneciendo la muchacha tirada, sin querer levantarse. Allí pensó que moriría, se sentía impura y no deseaba seguir viviendo. Al ver que pasaron varios días y la mujer no regresaba, Don Alonso la fue a buscar llevando un cántaro de agua y alimentos. La encontró en el mismo lugar, desfalleciente. Con todas las atenciones permaneció a su lado hasta que se restableció completamente, pero aún así la mujer lo siguió rechazando, no quería tener nada con él. Esta rebeldía y el carácter demostrado que aún ante la muerte sólo conseguía su desprecio, hizo que Don Alonso se enamorara perdidamente de Xochiatlapalli. A su regreso la llevó a vivir a la Hacienda disponiéndole una habitación entre los cuartos de la servidumbre, exclusivo para los dos. Allí la visitaba todas las noches dedicándole desde su violación, una fidelidad completa como prueba del gran amor que le profesaba; pero de Xochiatlapalli solo recibía su desprecio. Al tiempo la mujercita parió un hermoso par de niños, gemelos, blancos de piel y cabello rubio, con ojos de color azul; que al tenerlos en sus brazos Don Alonso consideró que era el día más grande de su vida.
Doña Ximena, celosa y enfadada por los amoríos de su esposo, cuando el hacendado español tuvo que salir de viaje por asuntos propios de
Cuando regresó el español, a más de un mes de su salida, en tanto descendió de la carretela y dejó los utensilios de viaje, corrió en busca de la indígena. No la encontró. La servidumbre amenazada por la patrona, calló. No obstante, alguien aconsejado por la esposa, esparció el rumor informándole a Don Alonso, que al punto de su viaje, cargando a sus hijos, Xochiatlapalli había huido con rumbo desconocido y no supieron más de ella. Había desaparecido.
Cuentan así mismo que en el sitio donde fue la sepultura de los niños, crecieron dos encinos blancos con las mismas ramas, el mismo follaje, la misma altura, iguales como si fueran gemelos. En el cerro que está en mi propiedad, existen un par de árboles semejantes a los que cuenta la leyenda. Desconozco si sean los relacionados con esta historia.
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Don Alonso recorrió las rancherías, comunidades, pueblos y las haciendas vecinas, y nadie le dio razón ni de la madre ni de los hijos. Pasa ron varios años antes de que tuviera noticias. Un peón le platicó que una noche que rondaba el bosque para cazar, a lo lejos vio correr a una mujer, detenerse e hincarse frente a unos arbolitos y que empezó a llorar…, la reconoció: era Xochiatlapalli.
A partir de ese día, el español efectuaba rondas nocturnas montando a caballo acompañado de los caporales que lo protegían, sin dar con ella. Posteriormente como sentía que no corría peligro, sólo, sin guardias realizaba la búsqueda. En la cima del monte, a medianoche, bajaba del caballo y gritaba con todas sus fuerzas el nombre de la india, que hasta la hacienda el viento transportaba sus lamentos, que se escuchaban como gemidos lastimeros, que espantaban tanto a los indígenas como a los perros iniciándose una ladrería ensordecedora. La gente del pueblo se acostumbró a su llanto, ya sin sentir miedo y al escándalo de los canes. Una noche de luna llena, ya no regresó. Su caballo a paso cansino, llegó a su caballeriza por la querencia, al amanecer.
Doña Ximena, alarmada por la ausencia de su marido, aún a sabiendas que todas las noches se ausentaba su esposo en la búsqueda de la mujer que había mandado matar, al no regresar por el día, organizó su búsqueda encontrándosele entre dos arbolitos, con el cuerpo despedazado por las fauces de un coyote; pero en su rostro no reflejaba terror, más bien aparentaba un rictus de tranquilidad.
Los restos del español fueron enterrados en la hacienda. La esposa con remordimientos, pensando que el ánima del difunto regresara para recriminarle sus hechos, abandonó la finca y regresó a su tierra natal. El pueblo, cobrándose las tropelías que Don Alonso les hizo, saqueó y posteriormente quemó el caserón, exhumando el cadáver del hacendado con la creencia de encontrar un tesoro con el cual se había enterrado. Sus restos, esparcidos en el terreno, fueron presa fácil de los roedores y sus huesos se hicieron polvo rápidamente sin tener ya un lugar de descanso final y…poco a poco, a la enorme construcción el tiempo la convirtió en ruinas, que es lo único que queda y que se puede visitar de la anteriormente próspera hacienda.
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--Al transcurrir de los años, las tragedias se olvidaron, pero por ciertos sucesos misteriosos, empezó el recuerdo nuevamente en las siguientes generaciones. Cuando alguna persona incursionaba en el bosque -preferentemente en noches de luna llena- para cazar alguna especie animal, se les aparecía una mujer, una india muy bonita que se mutaba en coyote matando y destrozando a dentelladas a las personas, sin devorarlas. Esto fue relatado por algún sobreviviente o testigo de los hechos, cuyo testimonio fue trasmitido de boca a boca, sin saber con certeza si los acontecimientos fueron verídicos. En cierta ocasión atacó a un campesino que llevaba cargando un cántaro lleno de agua, al ver la aparición de la mujer, salió a la estampida dejando su vasija. A la mañana siguiente hallaron el recipiente entre los arbolitos, vacío, sin estar quebrado. La gente la relacionó con la muchacha india y desde ese tiempo la llamaron “
--Y hoy es luna llena y usted es de piel muy blanca, doctor. Es mejor que desistan de su lamparada y prefieran ir de cacería con luz del sol.
--¿Y usted Don Eustorgio ha visto a esta aparecida o fantasma de la mujer? –A la pregunta del médico, el campesino contestó, dando por terminada la narración de la leyenda de Xochiatlapalli:
--¡No! Nosotros nunca la hemos visto, únicamente he reconocido los cuerpos desgarrados que se han encontrado. Sólo le cuento la historia que corre de boca en boca por estos lugares, para que tome las previsiones necesarias.
No sirvieron las recomendaciones. Al contrario, la leyenda incentivó el deseo morboso de los hijos del doctor por correr la aventura. A parte de que iban bien preparados con armas para defenderse de cualquier fantasma que se les apareciera, no creían en aparecidos ni en nagualas ni en las leyendas. Tomaron a chanza la narración de Don Eustorgio.
Al momento de la partida, la esposa del médico impresionada por la historia, se quitó del cuello una cadena y se la entregó:
--¡Toma, llévate este crucifijo! De algo te servirá y te puede proteger de los demonios. -El campesino moviendo negativamente la cabeza, le objetó:
--¡De nada le va a servir! La naguala se aparece por venganza, no por cuestiones religiosas. -Por angas o por mangas, el doctor se colgó en el cuello, la cruz bendita que le entregó su esposa.
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El único que llegó montado a caballo hasta el inicio del bosque de encinas, por su mal reumático, fue Don Eustorgio; los demás a pie. Los hijos del campesino y los tres peones que trabajaban con ellos, armados con tambores y lámparas especiales que se colocaron sobre la frente, desplegándose en abanico, empezaron la batida. El doctor y sus hijos, por el lado contrario, estratégicamente colocados, agazapados, empuñando sus escopetas, esperaban el paso de la caza. Don Eustorgio, sentado en una piedra al lado de sus huéspedes, pasaba de mano en mano una cantimplora llena de agua, denotando un claro nerviosismo, no controlado.
Pasaron muchos conejos que fueron presa fácil de los cazadores. De repente, se produjo un silencio... Ya no se escuchó el sonido de los batidores… A escasos veinte metros del lugar se entrevió una sombra femenina que sollozaba a intervalos, luego se oyó un largo lamento que puso de punta todos los vellos de la piel de los cazadores. El doctor se controló y disparó hacia donde se movía la sombra…
Se escuchó el aullido de un coyote y movimiento de ramas entre le espesura. Fueron hacia el lugar, buscaron y no encontraron nada. Sin escucharse sus pasos ni el ruido producido, llegaron los batidores espantados. Ya estando el grupo reunido, el campesino, al mismo tiempo que les comentó lo que vieron, colocó la metálica cantimplora sobre el tronco de un encino que sobresalía del terreno.
Nada se escuchaba, persistía un silencio completo, ninguna rama se movía ni se oía ruido alguno producido por animal o ave, o por los pasos del grupo al crujir de la hojarasca. El bosque se encontraba silente; los cazadores alterados, con los nervios de punta continuaron caminando. Al llegar cerca de donde se encontraban los encinos gemelos, un muchacho gritó espantado a la vez que señalaba:
--¡Allí está el coyote…¡
Parado sobre sus patas traseras, recargando las delanteras sobre uno de los encinos, notándose el brillo metálico de una cantimplora a su lado, el animal gimiendo, rascando la corteza del árbol, se dibujaba a la luz de la luna. La voz del agricultor no se escuchó cuando exclamó:
--¡Es un gran lobo, no es coyote! -Grito ahogado por el estruendo de tres tiros que al unísono dispararon las escopetas...
Desapareció el animal y al instante, en medio de los árboles, resplandeciente por una luz celeste, flotando, vestida con un huipil blanco sobre una manta iluminada por la misma luz de origen desconocido, con los brazos abiertos, exhalando una larga queja, se dirigió hacia ellos el espectro de la muchacha.
Todos se quedaron de una sola pieza, aterrorizados... El doctor, sacando fuerzas de su perdido control, instintivamente levantó el arma y volvió a disparar... Los perdigones cruzaron la silueta fantasmal, sin tocarla, sin detenerla... El espectro avanzó directamente hacia el médico y la materia o fluido de la aparición cruzó su cuerpo impregnándolo con un vaho álgido, fétido. Se detuvo a unos pasos de ellos, dio la vuelta soltando una carcajada sardónica, terrífica; transformando su pálido pero bello rostro en el de un espantoso lobo con las fauces babeantes, hambrienta de venganza; oscilando en el aire, sin tocar el suelo...con un gruñido pavoroso, los atacó.
El grupo de cazadores no resistió más. Dejando caer las escopetas, las armas cortas, los tambores, lámparas y todo lo que les estorbaba para correr libremente, iniciaron una huida sin detenerse ni voltear hacia atrás, rumbo a la casa del reumático agricultor.
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Aún siendo de madrugada, el médico despertó a su esposa y a su hija. Los hijos subieron el equipaje y antes de abrir la portezuela, uno de los muchachos lo observó y asombrado exclamó:
-- ¡Papá, no tienes cabello! ¡Estás pelón! El médico miró su rostro en el espejo lateral del auto y… ni pelo en la cabeza ni cejas ni pestañas ni barba en la cara ni vellos en los brazos; abriendo su camisa observó solamente unos pocos en el pecho en el pequeño espacio de piel donde se le repegaba el crucifijo colgante de su cuello.
No esperó más. Apestando a rayos por la impregnación en su piel y en la ropa del fluido del espectro, abordaron su vehículo y sin despedirse, huyeron de la casa.
Don Eustorgio que se olvidó del caballo, llegó corriendo unos pasos atrás del médico. Se sentó en la mecedora del pórtico de su casa, secándose con el pañuelo el sudor segregado quizá por la carrera o talvez por el pánico que todavía le hacía temblar su cuerpo. Al levantarse para pedir que le prepararan un té que le calmara los nervios y evitar que el susto le provocara algún daño, se dio cuenta que no le dolían las piernas. Al parecer las reumas desaparecieron, no le molestaron
en ningún momento durante el frenesí de la carrera, ni antes ni después del descanso en la mecedora. Se sentía muy bien. Entró a la casa, sorbió lentamente de la taza que contenía la infusión caliente y mordió el pedazo de pan duro que le daba en la boca su esposa; tomó su bastón y lo arrojó al fogón de la cocina… y sonrió levemente:
¡Estaba curado!
Max Villareal.
Julio de 1998.
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